Perfil: Teodoro Bonilla y la humillante caída de un cuadro del poder

TEGUCIGALPA, HONDURAS 

(Por Brayan Flores) Corría 2009 cuando Teodoro Bonilla apenas aparecía en las cámaras de televisión para “defender la institucionalidad” en tiempos de eterna corrupción del sistema de administración de justicia, de golpes de Estado, violaciones a derechos humanos y persecución política y judicial, contra quienes fueron apartados del poder.

Eran tiempos en los que nadie imaginaba el meteórico ascenso del entonces presidente de la Asociación de Jueces y Magistrados de Honduras, quien era beligerante, legalista a carta cabal, a decir de sus declaraciones a periodistas…era tan legalista que hasta denunció en 2011 al  entonces titular del Parlamento y hoy presidente, Juan Orlando Hernández, de presionar a los magistrados de la anterior Corte Suprema de Justicia respecto a los juicios contra exfuncionarios del gobierno que presidió el derrocado Manuel Zelaya.

Esa feroz batalla lo hizo ir escalando alto, muy alto; llegó tan alto y tan lejos que se cayó por su soberbia y obcecada obediencia al poder. Hablaba el viejo filósofo holandés Spinoza sobre la soberbia y la calificó de una sobreestimación de uno mismo. Eso pasó con el legalista Teodoro: se sobreestimó y creyó que hacer los favores a los poderosos y aliados políticos de su Partido Nacional, sin medir los riesgos de los traspiés que cometiera, le permitiría privilegios (aun los tiene) y, en consecuencia, disfrutar de los ilimitados privilegios del poder.

Teodoro es del caliente sur de Honduras; su hermana es la viuda del prominente Rubén Callejas Valentine, padre del expresidente Rafael Leonardo Callejas; ambos son concuños. Antes de ser deportado de EE.UU. en 2006 por corrupción, el exjefe de Estado tenía la mala fama de querellar –sin que lo supiera, excepto sus abogados– a quienes se atrevieran a señalar las irregularidades cometidas en su gobierno.

VAE VICTIS. El exizquierdista Marvin Ponce y el periodista Rodrigo Wong Arévalo supieron en carne propia que al entrometerse con Callejas, las querellas aparecían por arte de magia y los acusadores también. Siempre defendió el expresidente que la torcida justicia hondureña y la inefable jueza Mildra Castillo lo había absuelto y, junto a juezas que olvidaron el juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, dieron al carismático expresidente, una tras otra, dieciséis cartas de libertad.

Ay de aquel en aquellas épocas que se atreviera a tildar de corrupto al exmandatario…las acusaciones estaban seguras y, así, Callejas se blindó de cualquier ataque a su honorabilidad. Jamás se pudo esclarecer el fracasado proyecto habitacional Ciudad Mateo, el Chinazo, el Petrolazo, Brazos de Honduras y otros sonados casos de corrupción que se registraron en su mandato. O como dijo el rudo jefe galo Breno cuando venció a la todopoderosa Roma –con la misma soberbia que describe Spinoza–, Vae victis! (¡ay de los vencidos!).

Quedó en lírica aquella canción de la campaña electoral de 1989 cuando el pegajoso jingle de radio y televisión destacaba las virtudes del Biónico: “…que bajen los frijoles, ¡sí! ¡Sí! Que no haya corrupción, ¡sí! ¡Sí!…” enamoró a activistas e incautos para que confiaran en aquel hombre que, según el ultrarreaccionario senador republicano Jesse Helms, era “uno de los presidentes más corruptos del planeta”.

El defenestrado vicepresidente del fallido Consejo de la Judicatura siempre fue apegado a Callejas, tanto por sus nexos familiares como por su filiación política, aunque Teodoro ha sido gremialista, a juzgar por sus posturas firmes y mediáticas cuando presidió por varios años la Asociación de Jueces y Magistrados. En teoría, el abogado contaba con protección del poder y lo hizo inmune por un tiempo.

De pronto, eran frecuentes las consultas de los duchos cronistas judiciales a Teodoro Bonilla, quien hablaba con vehemencia y, de cuando en cuando, con sectarismo nacionalista sobre temas de la Corte Suprema de Justicia. El puesto de líder de los funcionarios de ese organismo –y de cualquier otro gremio como el de los abogados– suele dar muchas ventajas a sus directivos, más aun, a quienes lo presiden: pueden conectarse con el poder sin necesidad de sudar la camisa, mucho menos, de hacer llamadas para concertar citas con los altos administradores de justicia. Basta “tocar un par de teclas” para acceder a los líderes.

Un diario publicó el 6 de septiembre de 2013 que el Poder Legislativo que encabezaba Hernández, había creado y nombrado al nuevo Consejo de la Judicatura y la Carrera Judicial; como siempre, el nefasto bipartidismo pactó para que su maridaje siguiera intacto: era nombrado Jorge Rivera Avilés, a la sazón, presidente del Poder Judicial como el número uno del Consejo y Teodoro Bonilla era su compañero de fórmula en la vicepresidencia. Rivera ha sido un reconocido activista liberal y Bonilla un convencido cachureco.

Tampoco se quedaron atrás los otrora concejales, el nacionalista Rolando Argueta, hoy titular de la Corte; los cuestionados Celino Aguilera y Francisco Quiroz. Además, fueron integrados la exjueza Liliam Maldonado y Julio César Barahona. La coyuntura la supo aprovechar Bonilla para posicionarse y tener trenzados contactos con altos funcionarios políticos y judiciales.

EL NUEVO TORQUEMADA. El propósito del Consejo de la Judicatura era supervisar el actual de todos los empleados y funcionarios de la carrera judicial o, en buen español, ser el jefe de personal del Poder Judicial. No fue así. Bonilla usó esa posición para más privilegios, persecución contra jueces y empleados que no obedecieron sus órdenes. Eran echados a la “hoguera” del desempleo. Teodoro se había reencarnado en el implacable Tomás de Torquemada, defensor insobornable del catolicismo y confesor de los reyes españoles: persiguió a todo aquel que no era católico y mandó al infernal fuego a más de diez mil personas. Todo en el nombre de Dios.

Ese organismo se volvió el brazo castigador del Partido Nacional dentro del sistema de administración de justicia. El activista, el servil y el pusilánime se hicieron feroces inquisidores y quienes pelean por una correcta aplicación de la ley se volvieron dianas de tiro: al menor error fueron echados por el Consejo usando tretas legales.

Mandó al suplicio del desempleo a la jueza Nelly Martínez, porque no halló indicios racionales para encarcelar al exsecretario de la Presidencia, Enrique Flores Lanza, acusado de presunta corrupción. También cargó contra el comedido exjuez de sentencias José Dimas Agüero Echenique, porque no aceptó presiones para mandar a la cárcel al periodista David Romero, quien denunció la corrupción en el Ministerio Público y que le ha valido una aberrante condena de prisión por tres jueces dóciles y amantes del salario mensual, a la medida y talla de los intereses del corrupto poder.

ENCARCELAR A DAVID. El exjuez no vio urgente atender la querella contra el comunicador, pues consideró en ese momento que el juicio debía esperar, según la carga procesal y citó hasta finales de 2015 a las partes en disputa para dirimir la querella.

Luego de haberse cruzado quejas y reclamos con el inspector general de la Corte, narró, “en ese momento llamó el abogado Teodoro Bonilla, el concejal, le expliqué lo que estaba pasando, que estaba el Inspector ahí y me dijo que le pasara al inspector, este habló con él y después me volvió a dar el teléfono. Entonces Teodoro me dijo vengase con el inspector a mi oficina, le devolví el teléfono y el Inspector repitió el abogado Teodoro quiere que vayamos a su oficina, entonces le contesté, váyase usted solo, no voy a ningún lado”.

Es acá donde Teodoro visualiza su futuro como el mandamás de la honorable Corte Suprema de Justicia…ya se venían las audiencias y el engorroso controvertido proceso de selección de magistrados. ¡Zas!, se convierte en un “representante especial” del presidente Juan Orlando Hernández para que el juicio se acelerara y se condenara ipso facto a Romero, quien venía de denunciar la megaestafa contra el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS) que superó los siete mil millones de lempiras, provocó la muerte de unas 2,888 personas, según datos independientes y llenó la faltriquera del nacionalismo que realizó en 2013 una virulenta campaña proselitista.

– No… mire Echenique, tengo entendido que en su sala tienen un juicio contra el periodista David Romero Ellner, –dice Bonilla al juez Echenique.

– Sí, hombre, contesté. Creo que ese juicio va a comenzar el 11 de junio. Yo le presido ese juicio, –agregó.

– No, mire, “el hombre” quiere que el periodista sea condenado, –le ordenó el concejal Bonilla– y añadió que si estaba dispuesto a ayudar.

–Vamos a ver que se puede hacer, –responde Echenique viendo a los ojos a su interlocutor– fíjese que tengo que regresar a la oficina, le dije, y hasta ahí llegó la plática con él.

Sabía que el controvertido concejal fue denunciado por otros colegas por presuntos abusos de autoridad y fueron traspapeladas por arte de magia. En el fondo sabía que el orlandismo movía su superestructura para que la orden se cumpliera y se cumpliera, porque el presidente no acepta ni el más mínimo error. Haber desobedecido el mandato le costó el ostracismo y fue enviado a un oscuro cubículo donde realiza labores de defensa pública.

Una tarde de septiembre de este año, el director de Radio Globo confirmaba aquella orden que recibió Echenique a manos de Bonilla para mandarlo preso. “Me enteré por un amigo que Teodoro Bonilla recibió órdenes del presidente Juan Orlando Hernández para que me condenaran”, reveló.

CAÍDO POR CODICIA. El famoso “Ladrón elegante” de Texas, Steven Ray Milan, ya se había hecho mala fama asaltando bancos en varias ciudades de ese estado de EE.UU. No dejaba pistas porque aprendió a saber cuándo asestar el golpe y cuando esconderse de las autoridades. Una palabra a un gerente de una financiera asaltada fue el camino a su desgracia y condena a cadena perpetua. “Me saluda al FBI”, dijo Milan y esa frase lo condujo a una prisión de alta seguridad.

Ni Bonilla –guardando las distancias– ni Milan se parecen; Teodoro es honorable y Steven es un ladrón redomado. Tampoco se conocen, pero tienen un factor en común: fallaron en la estrategia. La soberbia los cegó hasta hacerlos caer en desgracia.

Un operativo antimafias, realizado en enero de 2014, llamado “Shalom” desarticuló una red de lavado de activos que era jefeado por uno de los primos del ex todopoderoso concejal Bonilla. La unidad anticrimen del Ministerio Público decomisó en San Pedro Sula unos 74 vehículos, armas de fuego comerciales y de uso prohibido, dinero en efectivo y se confiscó bienes inmuebles, según un reporte de la época.

Bien dicen que los lazos de sangre son más fuertes que el mismo amor de parejas; Teodoro se conmovió ante tan deplorable situación legal que afrontaba su primo Carlos Roberto Bonilla y llamó a la jueza nacional Delmy López y a la funcionaria judicial Liz María Núñez para que interpusieran sus “buenos oficios” para favorecer a su pariente y a Carlos José Fúnez.

“Como se recordará, por el caso “Shalom” también fue acusado el abogado Teodoro Bonilla, ex vicepresidente del Consejo de la Judicatura y la Carrera Judicial, quien según acusación del Ministerio Público cometió el delito de Tráfico de Influencias, al intentar beneficiar a un familiar suyo acusado en el caso mencionado, con la ayuda de Delmy Elizabeth López y Liz María Núñez”, dice el comunicado del Ministerio Público.

Según las investigaciones de la fiscalía Anticrimen, Carlos Bonilla y su empresa lavaron más de 74 millones de lempiras, mientras que Luis Antonio Lara pudo lavar alrededor de 59 millones de lempiras, cantidades que no pudieron comprobar su origen lícito.

Teodoro cometió un básico error: sabe que las llamadas suelen ser grabadas y jamás pudo demostrar ante un juez que quien llamaba no era él, sino otra persona. Hasta el más ingenuo lo sabe. El Ministerio Público, dirigido por el también nacionalista Óscar Chinchilla, no lo pudo salvar de la cárcel; aunque está en una cómoda casa guardando arresto domiciliario, Bonilla sabe que los días de gloria, oropel y neón han terminado.

Los “conectes” se han perdido y nadie quiere hacerse cargo de reflotar a un hombre que lo nubló la soberbia y la codicia por ser quien nunca será. Tampoco está su concuño y benefactor, Rafael Callejas, quien se declaró corrupto ante un juez federal estadounidense por haber participado en la red de sobornos de la FIFA y que puede vivir el último día de su vida en un penal de Nueva York si la condena es severa.

Bien dice aquel refrán de Cheakespeare “el poder humilla a los serviles y disfruta al hacerlo”; eso pasa hoy con el prisionero exconcejal, que espera ir a una cárcel común ante las pruebas irrefutables de haber querido ayudar al primo que incursionó en el crimen organizado, según pruebas del Ministerio Público.

Mientras vive esa pesada soledad, los amigos se han perdido, nadie quiere dar la cara por él y todos están empecinados en hacer legal al ilegal proyecto continuista del orlandismo que lo mandó a la vil soledad.

Se viene a la mente la película El Padrino, justo en el momento cuando Bill es esposado del volante de un sedán y le dice a su verdugo “no es nada personal, son sólo negocios”. El otro criminal se larga mientras Bill pretende arrancar el coche y vuela por los aires. “No es nada personal, son negocios”, dijo con frescura su asesino.

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