La providencia faraónica

(Por Víctor Meza) En días recientes, los hondureños, y buena parte del mundo, tuvimos la oportunidad de ver, gracias a la magia moderna de las redes sociales, un espectáculo triste y vergonzoso. Entre divertidos y apenados, pudimos ver a una agradable dama que dice ser la Canciller de la República, enfrentarse, indemne y sin excusas, ante la avalancha de críticas y reproches lanzados como misiles letales por la representante del gobierno venezolano en una de las tantas asambleas que suele realizar la Organización de Estados Americanos (OEA).

La representante del régimen no tuvo más argumentos (o será mejor decir argucias) que negar las evidencias y desmentir cifras y porcentajes que, dicho sea de paso, son en buena medida estadísticas oficiales. Un espectáculo digno de ver, oscilante entre lo sublime y lo ridículo, como dijo Napoleón Bonaparte al regresar a París con los despojos de su ejército vencido. La avalancha, cual alud indetenible, se produjo en respuesta a la iniciativa local de criticar al régimen venezolano. Nuestra delegación quiso pasarse de lista y, para quedar bien con los reales patrocinadores de la maniobra, se lanzó en tromba contra la delegación de Caracas.

¡Craso error! Querer jugar damero en el tablero del ajedrez. La mente provinciana tiene de vez en cuando destellos faraónicos y se reviste de un manto de mesianismo rural que, víctima del pensamiento ilusorio, confunde la grandeza con el simple espectáculo. El provinciano sucumbe ante el afán de grandiosidad y, cegado por el momentáneo destello, combina la tragedia con la comedia. Resulta tragicómico. Muchos se enojan porque se sienten burlados, menospreciados en su inteligencia; otros se ríen y celebran burlonamente las gracejadas del régimen.

Pero hay quienes ven más allá y descubren los hilos de la manipulación política, la escondida intención de distraer a la gente, desviándola en lo posible de sus preocupaciones válidas y cotidianas. Concentrarse en Venezuela para olvidarse de lo local. Perder tiempo y recursos en montar espectáculos colindantes con la cursilería, en un país tan lleno de problemas y angustiado por la inseguridad y la violencia predominantes, es, en el mejor de los casos, un acto de irresponsabilidad cuando no una grosera y repudiable tomadura de pelo.

El país no está para esas bromas de mal gusto ni para ese derroche lamentable de recursos. Gobernar es – debe ser – un acto de elevada responsabilidad, tanto personal como institucional. Del gobernante se espera una conducta de estadista, un comportamiento digno, a la altura de sus obligaciones frente al país y la nación entera. Pero cuando el gobernante convierte en práctica diaria el ejercicio de sus obsesiones provincianas y la búsqueda de sus sueños mesiánicos, el arte de gobernar se convierte en su contrario y se vuelve una cuestionable costumbre de mandar. El jefe ordena pero no gobierna, impone sus caprichos pero no administra el Estado, manda pero no conduce.

Y si por desgracia cree, además, que todo lo que hace y dispone es en beneficio de la patria para construir una Honduras mejor, poco le faltará para considerarse una especie de héroe nacional. Y, ya se sabe, no hay héroe más peligroso y patético que aquel que sabe que no lo es. La visión rural desde la provincia, lejos, muy lejos de cualquier percepción cosmopolita de la vida, nos conduce con frecuencia a un aislacionismo mental, que puede ser tan engañoso como desconsolador. Miramos el mundo desde el campanario pueblerino, con la espesura viscosa del talento municipal.

No importa si ya hemos salido de estas honduras y recorrido algunos países del mundo. Tampoco importa si hemos cursado estudios en universidades de la metrópoli. La cárcel mental de la provincia nos mantiene atrapados y encerrados en la burbuja ilusoria del paraíso natal. Siempre recuerdo el desconcierto de algunos compatriotas, compañeros míos en una universidad que era como un pequeño planeta, con más de cinco mil jóvenes de todos los continentes dispersados por las aulas, hablando en decenas de idiomas diferentes, con prácticas culturales tan diversas como sorprendentes.

Atrapados en la nostalgia por la lejana provincia, esos compatriotas eran incapaces de captar el significado de aquella inmensa riqueza cultural que los rodeaba y ponía a su alcance los más variados y maravillosos conocimientos y destrezas. Se refugiaban en la exaltación ingenua de los valores, supuestos o reales, de la añorada campiña local, magnificando siempre las bellezas y virtudes, reales o supuestas, de la patria lejana. La obsesión provinciana los llevaba hasta los bordes mismos del ridículo.

Hoy, viendo el espectáculo montado por la delegación hondureña ante la OEA, pienso en aquellos compatriotas que, avergonzados o divertidos, esconden el orgullo y lamentan tener ‘representantes’ como los que fueron a hacer el bochornoso acto ante los ojos del continente entero. Triste destino el de la provincia que, con ansias faraónicas, pretende salir de su pobre condición de servidumbre y sometimiento.

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