Los indiferentes

(Por Edmundo Orellana) Antonio Gramsci es, sin duda, una de las cumbres del pensamiento político moderno. Mussolini, temeroso del impacto de sus originales e influyentes tesis en contra de la naturaleza y praxis política del régimen fascista, ordenó al fiscal, con la aprobación del rey, acusar a Gramsci, quien, a la sazón, se desempeñaba como parlamentario. Fue acusado irrespetando su inmunidad parlamentaria y, por supuesto, fue condenado, inmediatamente después de que el fiscal pronunciara su tristemente célebre requisitoria: “¡Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años!”. Sin embargo, mientras purgaba su condena, siguió pensando y produjo su obra más conocida, “Cuadernos de la Cárcel”.

Nueve años antes su encarcelamiento, publicó un artículo suyo importante en estos momentos definitorios para la democracia hondureña, intitulado “Odio a los Indiferentes”, que me permito compartir con el distinguido lector.

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que solo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que solo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes”. Hasta aquí Gramsci.

El reclamo no tuvo eco entre sus contemporáneos que, indiferentes, vieron a Mussolini subir apresuradamente los escalones del poder, aferrarse a él y arrastrar al pueblo italiano, ya transfigurado, a la peor pesadilla de su historia moderna. Lo mismo ocurrió, con peores consecuencias, para el pueblo alemán, alucinado por los fogonazos de la histeria hitleriana. Pocos son los pueblos que no hayan vivido similares experiencias.

Este proceso electoral no se parece a los anteriores. Todo indica que de sus resultados dependerá el futuro de nuestra democracia y de nuestras libertades. Y esos resultados dependen de nuestra actitud. Si participamos masivamente definiremos nuestro futuro. Si somos indiferentes, otros lo harán por nosotros, particularmente los que históricamente se han burlado de la voluntad del votante para salvaguardar sus intereses, en perjuicio de los de la sociedad. Si los dejamos hacer, harán lo de siempre. No lloremos mañana como niños lo que hoy no pudimos defender como adultos.

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