Elecciones y convicciones

(Por Víctor Meza) A medida que se acerca el momento crucial del proceso electoral, el día en que los electores deberemos acudir a las urnas y depositar nuestros votos, se presiente un cierto clima de creciente crispación en el ambiente político. Es como si fuera una percepción de riesgo en ascenso, una inquietante y dispersa intuición que nos previene y advierte… Al principio pensé que se trataba de una incipiente paranoia electoral, pero pronto he comprendido que en realidad se trata de un sentimiento cada vez más difundido, especialmente entre los observadores atentos, nacionales y extranjeros, de la forma en que evoluciona el proceso electoral y la manera en que se comportan los diferentes actores que participan activamente en el mismo.

La certidumbre de triunfo invade los espacios políticos y contamina los discursos de los tres candidatos principales. Cada vez que tienen oportunidad, le aseguran al público su certeza de victoria, su convicción arraigada de que a finales de noviembre serán ya los presidentes electos o reelectos de estas honduras. El problema es que no puede haber tres presidentes; apenas uno de ellos logrará salirse con la suya y hacer que los otros dos se queden a medio camino. Y ahí está el problema: el que tiene la certeza de ganar, a lo mejor no está preparado para perder, es decir no está dispuesto para aceptar el triunfo ajeno.

Y el problema se vuelve más complejo si agregamos el componente del fraude. Abundan las sospechas y denuncias sobre un posible fraude electoral. Hay quienes afirman, con exceso de euforia, que ya está montado y que, por lo tanto, las cartas ya están servidas y la suerte echada. Si así es, ¿qué sentido tiene entonces la competencia electoral, para qué gastar esfuerzos y recursos en un torneo cuyo resultado ya está listo y determinado? Si la posibilidad de fraude es muy grande, mayor debe ser el espíritu de vigilancia ciudadana y el control social sobre la gestión electoral. A mayor sospecha, mejor control.

Entre más grande es la duda, mayor y mejor debe ser la observación meticulosa del proceso. Y, sobre todo, mayor y más consistente debería ser la participación ciudadana. Una adecuada vigilancia sobre el proceso electoral y, en particular, sobre el desempeño de los organismos estatales encargados de gestionarlo, no solo es necesaria, es condición indispensable para la transparencia del proceso, la derrota del fraude y, en consecuencia, la legitimidad de los resultados.

Por lo tanto, en lugar de propagar el espíritu fatalista de que ya el fraude está montado y la reelección es inevitable, la oposición debería afinar sus instrumentos de control y denuncia, a la vez que ampliar sus esfuerzos de movilización y presión ciudadanas. A todos nos interesa que las elecciones sean pacíficas y ordenadas, pero también creíbles y aceptables.

Las posibilidades de construcción democrática dependen, en gran medida, de procesos electorales limpios y transparentes. La democracia, entre otras cosas, es el espacio de la incertidumbre, regido por reglas del juego claras y equitativas que nos permiten ganar o perder, dejar de ser gobierno para convertirnos en oposición o, al revés, salir de la llanura y alcanzar la cima gubernamental. Un verdadero demócrata debe estar siempre listo para asumir con tranquilidad y sosiego la posibilidad de tales mutaciones.

Pero, por lo visto, la certidumbre exagerada y la convicción casi irracional del triunfo personal, no siempre permiten asumir las alternativas con la racionalidad debida y el autocontrol necesario. Habrá quienes piensan que una derrota electoral es la puerta segura para el acoso judicial o el autoexilio apresurado. Para ellos, no hay duda, el triunfo electoral es algo más que un simple desafío político. Es, en verdad, una cuestión de libertad o encierro, de tranquilidad o acoso, de hostigamiento o retiro placentero, de sosegada permanencia o evasión constante.

El que la debe la teme, dice el refrán popular, y no son pocos, por desgracia, los compatriotas que tienen sobrada razón para aferrarse al poder y no admitir por ningún medio el triunfo de sus opositores. Así es que, como puede verse, las causas de la exagerada certeza del triunfo pueden ser varias y diversas. Las hay de todo tipo, desde las que nacen, retorcidas y laberínticas, en el fondo del ego individual, hasta las que se alimentan del miedo y la angustia por un eventual castigo a los desmanes y abusos cometidos, no sin antes pasar por aquellas que surgen de la simple inocencia, la candorosa candidez y la ingenuidad combinadas. Las hay para todos los gustos, por lo visto.

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