La energía de la masa

(Por Víctor Meza) No me refiero a la célebre fórmula de Albert Einstein. Escribo sobre la masa, ese conglomerado humano que mueve sociedades, rediseña los Estados y cambia, modifica o desvía los infinitos cursos de la historia. Es la masa que, como escribió Elías Canetti, en su célebre libro ‘Masa y Poder’, puede y logra cambiar el curso de la humanidad entera. Aunque muchos lo niegan y otros tantos se resisten a aceptarlo, lo cierto es que la masa también se cansa.

Sufre cansancio colectivo, cierto hastío, un relativo hartazgo por sus condiciones adversas y muchas veces intolerables. Y cuando eso sucede, opta por repliegues momentáneos, retiros temporales que sirven, entre otras cosas, para acumular nuevas fuerzas y retornar con nuevos bríos. Es una cierta ofensiva pendular que, sin perder el hilo de la continuidad, encuentra momentos de reacomodo, abandonando para retornar, replegándose para volver, acumulando para acometer…

Quien pretenda mantener la cuerda tensa y pensar que la masa se mantendrá activa en forma indefinida y constante, ni sabe mucho de masas ni tiene el olfato político necesario para dirigirlas. Pero el verdadero liderazgo no solo requiere olfato, necesita conocimiento, esa fuente de intuición acertada que permite captar el momento oportuno, la condición precisa, el tino envidiable para encontrar la consigna adecuada, el llamado correcto que moviliza y conduce. Es célebre la consigna leninista, en medio de la convulsión conspirativa de octubre de 1917, cuando se preparaba el asalto al Palacio de Invierno en Rusia, que aconsejaba, mejor dicho instruía: ‘hoy es temprano, mañana será tarde’. Y esa noche, los bolcheviques, al escuchar el cañonazo de la fragata Aurora, fondeada en el puerto del entonces San Petersburgo, se lanzaron a la aventura revolucionaria más trascendental del siglo veinte… y triunfaron.

La masa, su energía y actividad, su despliegue, sus marchas y embestidas tienen sus momentos oportunos. Es obligación del líder descubrirlos y aprovecharlos, casi intuirlos, para organizarlos y conducirlos. No bastan las arengas triunfalistas ni el griterío incesante. Las consignas, si son correctas, deben corresponder a cada momento estelar de la masa, a cada estado de ánimo colectivo. En eso reside, entre otras cosas, la sabiduría de los verdaderos líderes. Deben saber intuir, olfatear, descubrir el ánimo coyuntural de la masa para asimilar y organizar sus más profundos e inmediatos anhelos, para convertir los sentimientos y las ideas en irresistible fuerza material.

Las protestas contra el golpe de Estado en el año 2009 mostraron un espontaneísmo inicial muy positivo, que fue punto de partida para el pluralismo colectivo, la creatividad dispersa y caótica, pero siempre constructiva; la imaginación desbordada y el espíritu vivo de la inventiva popular. Siempre he creído, guardando las proporciones del caso y sucumbiendo a la tentación de las comparaciones, que el segundo semestre del 2009 en Honduras fue nuestro mayo francés, aquel maravilloso movimiento iniciado por los estudiantes parisinos en el inolvidable año 1968.

Fuimos capaces de generar más historia de la que podíamos consumir, para decirlo en forma de parodia utilizando la frase célebre de Winston Churchill sobre la región de los Balcanes en la Europa mediterránea. Fuimos maravillosamente ingeniosos, generamos una dinámica innovadora y novedosa cargada de creación vibrante, llena de imaginación transformadora, fuimos pueblo en acción. Hoy, en las protestas contra el fraude electoral, la reelección y el continuismo autoritario, otra vez la masa da muestras de creatividad e imaginación popular, además, por supuesto, de entrega y valentía.

Otra vez la gente en la calle, solo que ahora más organizada, con mayor comprensión – preámbulo de la conciencia – sobre las razones últimas y primarias de su protesta colectiva. Esta vez su entendimiento es mayor y, por lo mismo, su voluntad, más que espontánea y súbita, luce más consistente y reposada, aunque no por eso menos enfurecida y justa. Pero, no lo olvidemos, la masa se cansa, se repliega, se refugia y acumula nueva fuerza. Se encierra en su círculo de ira, de furia contenida pero explosiva en ciernes.

Luego vuelve, cuando menos se lo esperan, cuando ya creían haber recuperado la placidez de sus banquetes, el disfrute pleno de sus fortunas, el placer de la vida gratis, siempre a costa de los dineros públicos, siempre fruto de la usurpación y el saqueo del Estado. Es el momento que ya vaticinó el poeta Juan Ramón Molina –los poetas casi siempre son profetas– al decir que volarán ‘vencidos y rendidos/ del solio conmovidos/ por un social y breve terremoto…’.

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