El origen del mal y la libertad

(Por: Filiberto Guevara Juárez) El origen del mal en el mundo, indudablemente puede abordarse desde varias perspectivas; sin embargo, la perspectiva teológica es quizá la que mejor permite aproximarnos al conocimiento de las verdaderas causas que lo origina. Es por eso, que resulta válido recurrir a fuentes como la Santa Biblia y a profesores y teólogos expertos en el tema, como el actual Papa Emérito Benedicto XVI. Al respecto, resulta que, en el año 2000, el periodista Peter Seewald, muy versado en asuntos teológicos; le hizo una entrevista al entonces prefecto de la fe y cardenal, Joseph Ratzinger; preguntándole sobre diversos temas de índole teológico.

Dicha conversación se llevó a cabo en la Abadía de Montecassino, del 7 al 11 de febrero del año 2000; de la cual surgió posteriormente el libro titulado: “Dios y El Mundo”, cuya primera edición fue publicada en junio de 2005; casi dos meses después de que el Cardenal Ratzinger fuera electo Papa. En dicha obra Benedicto XVI, da respuesta magistral a aproximadamente 500 preguntas, sobre múltiples temas que deben interesar a todo ser humano, y entre ellas se encuentra: el origen del mal en el mundo.

Dedicado al actual Papa Emérito Benedicto XVI. Quizá, el más grande teólogo viviente. Con motivo de su anuncio personal, a su viaje próximo, a la morada del Padre Celestial que, nuestro Señor Jesucristo le tiene preparada.

Aunque el mal en el mundo se puede identificar y medir históricamente, lo cierto es que debido a su complejidad en cuanto a su origen, se tiene que recurrir siempre a los relatos míticos en las distintas culturas; ya que según Benedicto XVI, “el vocablo mito se sigue interpretando hoy en sentido positivo, como una especie de expresión visionaria de realidades que superan los sentidos, conteniendo pues, una verdad superior a la de lo meramente fáctico.” Es quizá por eso, que Peter Seewald, al interrogar sobre el tema al entonces Cardenal Ratzinger, recurre al comentario siguiente: “el mito dice que originariamente los espíritus del cielo gozaban del esplendor de la gracia y de la gloria.

Podían contemplar y adorar a Dios y eran completamente felices. Pero uno de esos ángeles, Lucifer, sucumbió a la tentación del orgullo y se rebeló contra el Señor. Él y sus compañeros tuvieron que pagar por ello cayendo al infierno.” Citando también a San Pablo el cual dijo: “por tanto descubro la ley de que el mal existe en mi a pesar de que quiero hacer el bien…”. Peter Seewald, hace entonces, las siguientes preguntas: ¿Por qué creó Dios a Satán? ¿Por qué el rey del cielo tuvo que fabricarse un enemigo? La respuesta magistral y contundente de Benedicto XVI, fue la siguiente: “La historia de la caída de los ángeles no está contada directamente en la Biblia, sino que se ha desarrollado a partir de diferentes textos con el correr del tiempo. Pero en la Biblia sí aparecen espíritus malignos. No al principio, pero poco a poco se fortalece la certeza de que no sólo existen los ángeles buenos, sino también seres espirituales malignos, que actúan sobre el mundo y sobre las personas, amenazándolas, e intentando arrastrarlas abajo con ellos. Pero en modo alguno se puede afirmar que Dios haya creado a Satanás… Dios solo creó el bien. El mal no es una entidad autónoma, sino que sólo es imaginable como negación de un Ser en realidad bueno. Ése es el único punto al que puede aferrarse, porque la mera negación no puede existir.”

No del todo satisfecho con la respuesta, Peter Seewald, pregunta: “¿Qué aspecto tiene la tentación?” He aquí la respuesta del entonces Cardenal Ratzinger: “insistamos: Dios no ha creado un dios del mal, no ha colocado a su lado un antidios. Lo que ha creado es la libertad y la circunstancia de que nuestra capacidad de comprensión a menudo no resiste ésa libertad.”

El ya aludido mito de Lucifer, que haciendo mal uso de la libertad y creyéndose igual a Dios se rebeló por orgullo; debe hacernos reflexionar mucho en el sentido de que la libertad absoluta no es buena, porque conduce a la autarquía o autosuficiencia al hacernos creer que no necesitamos de nadie. En dicho sentido Benedicto XVI, afirmó lo siguiente: “Cuanto más grande es un ser, mas autarquía desea poseer. Desea ser cada vez menos dependiente, cada vez una especie de dios que no necesita a nadie. Aquí surge esa voluntad de autosuficiencia que denominamos orgullo”.

Peter Seewald vuelve a preguntar: ¿se puede reconocer el mal? La respuesta del Cardenal Ratzinger fue la siguiente: “yo diría que el demonio es indemostrable. Pero la vivencia de que, al margen de la maldad humana, hay alteraciones y perturbaciones en la creación, una especie de poder de la envidia que nos arrastra y quiere hacernos caer, existe y así nos lo explican la Biblia y la fe cristiana. Pero nunca debe aparecer la idea del demonio como antidios, capaz de oponerse a Dios y desafiarle a combatir. Al final, la negación no ejerce poder alguno. El mal constituye una amenaza y una tentación constante, pero como adversario no está a la altura de Dios. Hemos de saber siempre que sólo Dios es Dios y, por tanto, aquel que se base en Él, no debe asustarse de las potencias Satánicas.”

En el libro “Dios y el Mundo”, Benedicto XVI, al continuar refiriéndose sobre el tema del mal, ante la pregunta de Peter Seewald ¿Qué pasa con Hitler? Entre otras muchas cosas respondió lo siguiente: “que una persona surgida de los más bajo –había vivido como un haragán y no recibió formación alguna- pueda convulsionar un siglo, tomar decisiones con demoníaca clarividencia y someter a personas incluso a personas cultas, es inquietante…”. Pero además, agrega más adelante: “Hitler fue un personaje demoníaco… un don nadie completamente banal. Y el hecho de que el poder del mal, se asentara precisamente en la banalidad revela algo de la fisionomía del mal: cuanto mayor se hace mas mezquino se vuelve, menos grandeza encierra… pero en cierto modo Hitler estaba inmerso en lo demoníaco, y creo que así lo demuestra la manera en que ejerció el poder, el terror y el daño que provocó.”

Al final de la entrevista, Benedicto XVI, deja bien claro que “el mal no tiene su origen en Dios, ya que al morir Cristo en la Cruz por nosotros, se nos muestra así el abismo del amor divino. No hay sombra en Él (es decir, Dios) dice al respecto la epístola de Santiago, lo oscuro procede de otro sitio; podemos confiar plenamente en Dios, lo demoníaco, el mal, no tiene anclaje alguno en Él y por eso, al final, cuando Dios sea todo en todo, nos liberará de la opresión del mal.” Para concluir sobre la temática abordada, Benedicto XVI afirmó lo siguiente: “Como es lógico esto plantea inmediatamente la pregunta de cuál es el origen del mal si no lo tiene en Dios. ¿Cómo puede entonces existir? Y si el mal vino sin Él (Dios) ¿es entonces el creador de todo? Nos topamos de nuevo con un problema abismal.

La respuesta cristiana y bíblica dice que procede de la libertad”, es decir, del mal uso de la libertad. Agregando además, “el mal no es una criatura nueva, algo espontáneo y real que exista en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser –porque el ser sólo procede de la fuente del Ser-, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura; sino algo parecido a una planta parásita. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo, igual que lo hace la planta parásita cuando se apodera de su hospedante y lo mata.

Por todo lo anteriormente expuesto, se puede concluir que la libertad absoluta entraña serios peligros como tal. Entonces, la libertad debería convertirse en un valor relativo dentro del marco de la ley, que evitando la anarquía y la corrupción, se manifieste en un orden social, que siempre deberá conducirnos al bien y a la justicia. Elementos éstos, que se reconocen como la principal razón de la existencia del Estado.

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