Violencia y neoliberalismo en Honduras disparan solicitudes de asilo político y refugio en el extranjero

TEGUCIGALPA, HONDURAS

(Por Brayan Flores) La violencia ejercida por el crimen y la que lleva a cabo el régimen de Juan Orlando Hernández, más la profundización del neoliberalismo e incremento descontrolado del desempleo, ha hecho que una fuerte cantidad de hondureños migren al exterior para salvar sus vidas.

Los connacionales se han visto obligados a pedir asilo político o estatus de refugiados en varios países, como último recurso para no ser considerados como migrantes ilegales y evitar una muerte segura en el país.

Sobre el tema, el defensor del pueblo, Roberto Herrera Cáceres, aseguró que, a la fecha, se incrementó en casi 100 por ciento el número de hondureños que pidieron refugio en otras naciones, es decir que unas 16,424 personas se acogieron a esta figura para ser admitidos legalmente.

En 2014, unas 8,200 personas ingresaron de manera irregular a varios países, entre ellos, EE.UU. donde pidieron ser admitidos como refugiados para obtener cierta protección y evitar ser deportados a Honduras y tendrían una inevitable muerte por la galopante ola de violencia que padecen más de ocho millones de personas.

Ariel Rodríguez es uno de los 16,424 connacionales que pidieron refugio para salvar su vida. Contó a ConfidencialHN que se vio obligado a huir rumbo a EE.UU. por las amenazas de muerte que recibió por mareros que lo presionaron para que “brincara” (formar parte) de la organización criminal.

Aunque no dijo en qué ciudad de EE.UU. se encuentra en este momento, por temor a represalias, contó que “me vine en 2014 de la colonia San Francisco de Comayagüela porque los mareros amenazaban con matarme. Creyeron que me iba a integrar y me anduvieron persiguiendo y presionando para que me hiciera marero. Preferí marcharme para ponerme a salvo”.

Dejó en Honduras a su esposa e hija recién nacida al cuidado de algunos familiares para que pudieran estar a salvo. Quiere verlas y no puede, pues salir de EE.UU. implicaría no poder regresar más por las duras normas migratorias. Tuvo que acogerse al estatus de refugiado para poder permanecer legalmente en la nación del norte.

Cada semana, Ariel manda de forma puntual la remesa para que la mujer y su hija puedan vivir con dignidad y forma parte de más del millón de hondureños residentes en EE.UU. que mantienen a flote a la empobrecida economía hondureña. Aunque estén separados, sabe que su familia se encuentra con vida y eso lo reconforta.

Cifras del Foro Social de la Deuda Externa (Fosdeh), señalan que las remesas superan los tres mil millones de dólares y se convirtió en el principal componente de la economía nacional y el costo humano es evidente.

Las penurias de este joven y el resto de la diáspora son utilizados en el discurso del régimen nacionalista para jactarse del crecimiento económico, a cambio de unas palmadas en el hombro por los organismos internacionales, quienes se “congratulan” por tales “proezas” que ha hecho la actual administración.

En cuanto pueda, dijo el compatriota a este periódico, iniciará los trámites para regularizar su estatus en ese país y, más adelante, espera traer a los dos seres que dejó en la Honduras dominada a sus anchas por Juan Orlando Hernández para reunificarse y vivir en paz el resto de sus días.

Por ahora, Rodríguez vive con su madre, hermana y una tía –furibundas nacionalistas que se marcharon del país en 2005 por falta de empleo y la profundización del neoliberalismo llevado a cabo por el expresidente Ricardo Maduro–; ellas viven de manera irregular y deben permanecer ocultas para evitar ser detenidas y deportadas a Honduras.

Sobre el tema, el Alto Comisionado de la ONU para los DDHH, dijo en 2015 que las solicitudes de refugiados pasaron de 1,500 en 2019 a más de cuatro mil al cierre de 2014, elevándose en más de 160 por ciento, según datos del organismo.

Al trasluz de esta revelación, la mayoría de hondureños que pidieron refugio en el exterior se produjo después del golpe de Estado del 28 de junio de 2009, cuando la represión de la dictadura de Roberto Micheletti inició una masiva cacería de opositores que desembocó en el asesinato de más de 200 personas ocurrida en las movilizaciones contra el tirano y durante los toques de queda.

Desde entonces, la violencia política y la ejercida por bandas criminales y maras dispararon la huida de compatriotas que dejaron todo atrás para conservar la vida y se han visto obligados a comenzar de cero.

Mientras tanto, el orlandismo se empecina en reelegirse en un país donde la violencia se convirtió en política de Estado.

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