La violencia

(Por Víctor Meza) Sin ánimo de ser aguafiestas o ave de mal agüero, pero me temo que se acercan tiempos todavía más difíciles para la sociedad hondureña. Tiempos de crispación creciente y animosidad contenida, estimuladas, sin duda, por el proceso electoral que ya ha comenzado. Las características de tal proceso, los elementos polémicos que contiene y la decisión del partido gobernante de continuar a como dé lugar en el ejercicio del poder público, son elementos suficientes (hay otros más) para presagiar épocas de turbulencia social, ingobernabilidad y desestabilización política. El continuismo, de una u otra manera, conduce a la crisis, alterando las reglas del juego político, dañando la democracia y vulnerando el Estado de derecho. La historia así lo confirma.

Vivimos momentos de tensión interna y atención externa. Tanto factores endógenos como elementos de carácter exógeno se combinan y entremezclan, produciendo un estado de intranquilidad latente, como si el país entero estuviera a la espera de sucesos impredecibles, acontecimientos nuevos que podrían estremecer los débiles andamios de nuestro precario ordenamiento jurídico.

El proceso electoral ha comenzado, sin hacer previamente los debidos ajustes para adaptarlo a la nueva geografía política conformada por los resultados de las votaciones en las elecciones del año 2013. De ahí se desprende una situación conflictiva: las viejas reglas del juego electoral se convierten en una camisa de fuerza para las nuevas fuerzas políticas en contienda. Esta dinámica de tensión entre el viejo modelo electoral, diseñado para la competencia bipartidista, y el nuevo escenario político, convertido en espacio multipartidista, genera contradicciones que, si no son debidamente manejadas y resueltas, pueden resultar peligrosas y hasta explosivas. Así como se oye, sin alarma catastrofista o visión de diluvio.

meza

Abatidos como estamos por la violencia criminal, que tiene causas claramente sociales, entre otras, muy mal haríamos en sucumbir ante la violencia electoral, por razones puramente políticas. Pero el riesgo es grande y está ahí, frente a nosotros, sin ocultarse. Si no queremos verlo, es por nuestra preferencia por la ceguera y la condenable tendencia de evadir las soluciones racionales en la búsqueda torpe de la componenda y el acuerdo urdido bajo la mesa. Si a la violencia social se suma la violencia política, vamos a entrar en una pendiente de descalabro y zozobra que todos vamos a lamentar.

Nuestros países vecinos sufrieron las consecuencias de la violencia política en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Hoy, algunos de ellos sufren las consecuencias de la violencia social. Nosotros, como siempre, parece que vamos hacia atrás, de la violencia social hoy presente a una violencia política ya superada en el entorno regional. Es la vieja tendencia a la involución histórica, a llegar tarde a las citas con los tiempos, a retrasar lo más posible el arribo a la modernidad. Espíritu conservador que, con frecuencia, se oculta tras la máscara de un falso liberalismo nacional.

La violencia engendra siempre más violencia y acaba convirtiéndose en una espiral caótica e incontrolable. El autoritarismo político genera impotencia y estimula la frustración social, cuna apropiada para las reacciones violentas. El ciudadano que se siente burlado, cortado en sus libertades y opciones, acorralado por la crisis y no encuentra salidas racionales a su frustración, puede desembocar en la violencia como fórmula única de desahogo y falsa solución.

Y, para complicar más la situación, si el Estado enfrenta la violencia política de la misma forma que lo hace con la violencia social, las cosas pueden ir para peor. Miremos el reciente pasado del entorno regional y aprendamos sus lecciones, buenas y malas.

No pretendo ser un profeta del desastre, pero tampoco quiero ser un desastre como profeta. Simplemente intento hacer la lectura más objetiva y fría de los hechos y tendencias que van conformando las coyunturas políticas y sociales que vive nuestro país. Si los vemos con la objetividad indispensable, comparándolos con experiencias recientes, locales o foráneas, no podremos menos que concluir en lo siguiente: estamos caminando, sin guardar el debido equilibrio, sobre el filo de la navaja, al borde del abismo. Estamos a tiempo de rectificar y retomar la senda correcta, la de la construcción de una sociedad democrática y un verdadero Estado de derecho. Después puede ser muy tarde.

About the author

Related

Loading Facebook Comments ...

JOIN THE DISCUSSION

error: Contenido protegido, comparta nuestras publicaciones en su red social de preferencia!