Retos y desafíos de la oposición

(Por Víctor Meza) Comienza un nuevo año y el Presidente lo inicia haciendo unos cuantos cambios sustanciales en su equipo de gobierno. Mueve a unos para promover a otros, recoloca los peones en su tablero político y, en nombre de una supuesta e incontaminada disciplina laboral, alega que lo hace para evitar el contagio de la política electoral con las actividades cotidianas de la Administración pública. ¡Y todavía hay bobos que le creen…!

O sea que el régimen continuista se dispone a replantear sus prioridades y tareas en aras de privilegiar el esfuerzo reeleccionista. Los funcionarios que salen, casi todos personajes de probada confianza en el entorno presidencial, serán incorporados de inmediato a las comisiones de campaña electoral encargadas de impulsar y llevar a feliz término el proyecto del continuismo presidencial, sin importar cuán ilegal y abusivo sea éste o cuán antidemocrático y peligrosamente explosivo pueda resultar… Lo importante es que se cumpla la voluntad omnipresente del mandamás de turno.

Esta situación plantea ante la llamada oposición política retos y desafíos que, si no se gestionan con la habilidad e inteligencia debidas, pueden resultar desastrosos desde el punto de vista político. En primer lugar, las fuerzas de la oposición, unidas o separadas, deben entender que su acción no puede ser otra cosa que la combinación audaz de métodos formales en el seno de la institucionalidad estatal y métodos menos convencionales en el espacio de la presión ciudadana y la protesta callejera. La mezcla de estos mecanismos – las instituciones y la calle – es la única forma en que los primeros puedan hacer viables a los segundos y viceversa.

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Pero, para ello, no solo es necesaria la voluntad unitaria y su proclamación pública. Es preciso también que muchos de esos dirigentes abandonen sus poses de vedetes ajadas y estrellas de escasa luz en un firmamento cada día más oscuro. El vedetismo y la pretensión de ser imprescindibles no les favorecen. Al contrario, los exhiben muy mal y perjudican a la oposición en su conjunto. La política, al margen del humor inherente, también demanda una buena dosis de seriedad.

Para entender esta simple dialéctica de los hechos políticos, es preciso tener claro lo siguiente: hay partidos que nacen en la calle, tal es el caso del partido de Libertad y Refundación (Libre), pero que se instituyen formalmente en el seno de la institucionalidad estatal. Al formalizar su existencia legal, esos partidos deben pagar un precio: el precio de someterse a las reglas de las instituciones formales del Estado. Si, como es el caso de nuestro país, esas instituciones son débiles e ineficaces, sometidas a la voluntad omnímoda del gobernante y, por lo mismo, vulnerables y, con demasiada frecuencia, corruptas, entonces el precio a pagar puede ser mayor y más dañino. Al entrar en el juego político electoral, el partido que viene de la calle sufre algo así como una metamorfosis funcional, se “institucionaliza”, por decirlo de alguna manera y, al hacerlo, pierde irremediablemente parte de su energía primigenia y de su fuerza de origen. Su legitimidad social, a veces de manera muy discreta y casi imperceptible, sufre deterioro y se erosiona en el seno de sus bases.

La única forma de recuperar el vigor debilitado es la acción pública en la calle y la protesta social. Una protesta que combine las demandas de la masa opositora con la presión de la ciudadanía activa. La simple oposición política de carácter partidario es buena, pero no basta. Se requiere mezclarla con la presión y el rechazo ciudadano. La oposición ciudadana resume las aspiraciones de una amplia masa de electores que no siempre tienen una definición partidaria concreta, pero que rechazan con igual convicción el proyecto continuista del partido de gobierno. En esa franja de ciudadanos descontentos, sin preferencia partidaria concreta, reside una fuerza social y política de inestimable valor, que ningún dirigente, si en verdad se comporta como tal, puede ignorar o menospreciar.

O sea, pues, que los partidos y sectores sociales de la oposición no sólo tienen la obligación de mantenerse unidos y coherentes en su acción; también deben contar con una visión política común en lo que respecta a los electores independientes que no declaran simpatía partidaria alguna.

Pero, para ello, no solo es necesaria la voluntad unitaria y su proclamación pública. Es preciso también que muchos de esos dirigentes abandonen sus poses de vedetes ajadas y estrellas de escasa luz en un firmamento cada día más oscuro. El vedetismo y la pretensión de ser imprescindibles no les favorecen. Al contrario, los exhiben muy mal y perjudican a la oposición en su conjunto. La política, al margen del humor inherente, también demanda una buena dosis de seriedad.

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