Democracia, poder, y desigualdad

(Por Filiberto Guevara Juárez) “Se puede definir el poder, como la mayor o menor capacidad unilateral (real o percibida) o potencial de producir cambios significativos, habitualmente sobre las vidas de otras personas, a través de acciones realizadas por uno mismo o por otras”. Ahora bien, en política el poder se ejerce a través de distintas formas de gobierno tales como: autocracia, teocracia, monarquía hereditaria, oligarquía y democracia.

Hasta el momento actual de la historia de la humanidad, ninguna de dichas formas de gobierno ha logrado solucionar el ingente problema de conferir al ser humano la libertad y dignidad plena; sin embargo, aunque “La democracia no sea una solución completa, es una parte esencial de la solución” y, susceptible de perfección en el proceso evolutivo de cualquier Estado, que haga factible un mayor compromiso social del Gobierno en pro de la libertad y dignidad del ser humano.

En dicho sentido, según el autor británico Bertrand Russell, “La solución completa no se encontrará limitándonos a las condiciones políticas, porque se debe tener muy en cuenta, la economía, la propaganda (poder mediático) y la psicología en cuanto se relaciona con las circunstancias y la educación”; agregando además que, “los méritos de la democracia son negativos: no asegura un buen gobierno, pero previene ciertos peligros”. En tal sentido, se reconoce que uno de los grandes peligros que afronta la democracia es precisamente la anarquía, debido a que, “la cuestión del grado de libertad que es compatible con el orden no puede ser establecido en abstracto.

Lo único que se puede decir es que donde no hay una razón técnica para una decisión colectiva debe haber alguna poderosa razón relacionada con el orden público si se ha de limitar la libertad”; hasta puede afirmarse que, en el proceso de organización social y evolución política del Estado, se puede pasar por momentos de anarquía que obliguen a un gobierno- como poder constituido-, ha utilizar el poder rigurosamente dentro de un marco relativamente legal, que finalmente resulte ser menos dañino que la anarquía misma, la cual por su naturaleza caótica afecta a toda una nación.

El otro gran peligro que entraña la anarquía como mal extremo, es que sus efectos negativos sobre la nación son menos predecibles que el ejercicio del poder despótico. Así pues, ninguno de los dos males anteriormente mencionados son deseables si se pretende vivir en una auténtica democracia; pero no debe quedar la menor duda que la anarquía es inconmensurablemente más dañina que el despotismo. Sin embargo, la forma democrática de gobierno, es quizá la única que permite solucionar satisfactoriamente los conflictos de intereses mediante el diálogo entre las partes en pugna.

Lo único es que para que dicho diálogo surta el efecto deseado, deberá ser franco y sincero en un ambiente de tolerancia y respeto mutuo entre seres humanos racionales; porque lo político no deja de ser un asunto humano por su naturaleza misma, demostrándose que, “en asuntos humanos todo acuerdo o convenio se logra mediante el diálogo franco y sincero o no se logra en lo absoluto”.

Etimológicamente democracia significa poder del pueblo, que lógicamente implica a la mayoría; pero en una sana democracia la mayoría no deberá oprimir a ninguna minoría, sea ésta política, social, religiosa, étnica… etc; y mucho menos deseable es que una minoría oprima a la mayoría, tal como generalmente sucede en las forma de gobierno autocrático, oligárquico y teocrático.

Aunque la democracia no asegure per se un buen gobierno, sí previene contra el deleznable mal de la tiranía, que como es sabido conduce a la dictadura opresiva que más temprano que tarde provocará inevitablemente la alteración del orden social, tal sucede en muchos países del mundo, sobre todo en el Medio Oriente, donde predominan los gobiernos autocráticos y teocráticos con pocas excepciones, como la del Estado de Israel, donde la forma democrática y republicana de gobierno ha hecho posible el desarrollo integral de su población, en plena libertad y dentro de un marco de Estado de Derecho.

La falta de democracia está indisolublemente ligado al problema de la desigualdad en el mundo. Se sabe al respecto, según el actual Papa Emérito Benedicto XVI que, “las ideologías simplifican con frecuencia de manera artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la dimensión humana de los problemas.” En dicho sentido el actual Papa Emérito Benedicto XVI, en su Encíclica “Caritas in Veritate”, afirma que: “la riqueza mundial crece en términos absolutos pero aumentan también las desigualdades en los países ricos, nuevas categorías sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas.

En las zonas más pobres, algunos grupos gozan de un tipo de súper desarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo << el escándalo de disparidades hirientes>>… En muchos países pobres persiste y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lazaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón, como en cambio Pablo VI deseaba.”

En torno a la desigualdad, Benedicto XVI, en su Encíclica “Caritas in Veritate”, también afirma que: “hoy, muchas áreas del planeta se han desarrollado, aunque de modo problemático y desigual, entrando a formar parte del grupo de las grandes potencias destinado a jugar un papel importante en el futuro. Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía son pobres, los cuales pueden sufrir, además de antiguas formas de explotación, las consecuencias negativas que se derivan de un crecimiento marcado por desviaciones y desequilibrios.”

Con el flujo de conocimiento e ideas a través de las tecnologías de la información y comunicación como la internet, ha crecido en los pueblos un marcado deseo por la forma de gobierno democrático; y esto a la vez, impulsa la creencia en dicho método político hasta convertirse en una pasión en función de la libertad y dignidad humana como valores supremos a alcanzar en sociedad, tal como sucede en países como Egipto, Libia, Túnez, Jordania y otros países del norte de África y el Medio Oriente, gobernados por autócratas o una especie de monarquías absolutas con fuerte dosis de fundamentalismo político religioso.

Es probable que en dichos países como en los países latinoamericanos, principalmente la población joven, esté tomando cada vez más conciencia que, “para la protección de los gobernados únicamente se ha descubierto hasta ahora un método que es en cierto grado efectivo: la democracia”; porque “desde el punto de vista de los gobernados, es hacer que el gobierno tenga en cuenta, no solamente sus propios intereses, sino también los intereses de aquellos sobre los que ejercita el poder”.

En dicho sentido, las formas monárquicas, autocráticas y oligárquicas del ejercicio del poder presentan el gran problema que, “no se puede confiar que la minoría cuide los intereses de la mayoría”. Eso solo lo hace posible la forma democrática de gobierno que en su más alto grado de perfección garantiza el gobierno de la mayoría, pero con respeto a las minorías, fundamentado en el estado de derecho.

Otro de los grandes retos que afronta la democracia, es que no es posible hacer un buen gobierno sin una opinión pública favorable, debido a los muchos conflictos de intereses en la nación misma, pudiéndose afirmar categóricamente: “que la opinión pública es el poder decisivo en los asuntos sociales”. Quizá la principal forma para que un gobierno democrático tenga el éxito deseado, sea lograr que la mayor parte de la población participe del poder político y que consecuentemente se haga corresponsable del éxito o fracaso de un gobierno.
El ejercicio del poder en democracia está indisolublemente ligado a la ética del poder.

Es así, que Bertrand Russell, en su obra EL PODER, afirma categóricamente lo siguiente: “entiendo por ética antidemocrática la que separa a cierta porción de la humanidad y dice: estos hombres (seres humanos) deben gozar de las cosas buenas y el resto existe simplemente para suministrárselas”; concluyendo que, “el objetivo último de los que poseen el poder (y todos tenemos alguno) será promover la cooperación social, no en un grupo ni contra otro, sino en toda la raza humana”.

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