Úselo y tírelo: Cardenal expulsó a sacerdote que lo ayudó con mucho dinero

TEGUCIGALPA, HONDURAS

(PRIMERA PARTE) El cardenal Óscar Andrés Rodríguez transgredió cualquier norma moral, ética y espiritual cuando echó de la vida religiosa al sacerdote español Bernardo Font Ribot y optó por aplicar aquella máxima de que maldito el hombre que confía en el hombre al hacerle caso a sus íntimos colaboradores Juan José Pineda y Carlo Magno Núñez sin apenas escucharlo.

Asimismo, queda evidenciado la codicia del purpurado al aprovecharse de los recursos pertenecientes a Font; su oportunismo lo obligó a invitarlo ya que podría aprovechar el dinero en “beneficio” de la iglesia que preside y destinarlos al Seminario Mayor de Tegucigalpa, a fin de facilitar los costos de los viajes de “especialización” y descanso en EE.UU. y América Latina.

De nada le sirvió al sacerdote ordenado en Roma en 1969 haber fundado Canal 48, perteneciente al todopoderoso conglomerado mediático Fundación Católica Para la Comunicación Social, bajo control del purpurado, ya que la perversidad de un abogado hizo que Rodríguez lo desechara sin haber al menos indagado cómo ocurrió la supuesta estafa.

La indiferencia mostrada por el jefe religioso le provocó penurias emocionales, ya que fue puesto ante la sociedad como un vividor y truhán cuando resultó ser víctima de un engaño de Luis Arturo Elvir, a quien le compró una casa y con el paso de los años desarrolló depresión, sentimientos de vergüenza, complejos de inferioridad, síndrome de ansiedad y consumo de fármacos para tratar de estar tranquilo aunque las consecuencias en el organismo le han pasado factura.

El único pecado que cometió Font Ribot fue haber comprado una casa en 2001 y haberla permutado en 2003; pero descubre que es estafado por Elvir ya que le dio un solar baldío cuando debió ser una vivienda en la que supuestamente residía una persona y le pagaba alquiler por su uso.

El religioso, a su vez, la permutó por un bien inmueble de menor cuantía y cuando la otra parte -de nombre Filomena Torres- se percata que le estaban dando predio sin ningún servicio y le informa de la trama; el entuerto fue corregido, sin imaginar que ese error sería pagado con creces.

Ese problema, que en teoría fue resuelto mediante la anulación del traspaso ante el notario Ramón Matamoros, fue aprovechado por un abogado, Jorge Maradiaga, apoderado de Torres, para chantajearlo, sin el consentimiento de su clienta, al acusarlo de estafa ante los tribunales.

“En 2005 después de una sostenida labor sacerdotal y empresarial, el padre Bernardo Font Ribot recibe la infausta noticia de su separación de la iglesia católica, basada en una falsa denuncia, sin pruebas ni testigos o conclusiones de ningún juzgado pertinente”, afirma un dictamen privado hecho el 27 de enero de 2016 a favor del perjudicado.

Sin basarse en resoluciones legales, de por sí inexistentes, el vicario judicial Pineda mandó el 9 de febrero de ese año una carta al presbítero de la iglesia Espíritu Santo, Roberto Almendares Andino indicándole que Font ya no puede ejercer la eucaristía “ya que enfrenta cargos con la justicia hondureña”. Ocho días después, el 17 de febrero, el cardenal Rodríguez le retira las licencias para la “celebración de los sacramentos” y le ordena que no puede aparecer en actividades religiosas en la arquidiócesis capitalina.

Lo curioso del caso es que apenas habían pasado tres días de que el abogado embaucador lo denunciara penalmente y, en consecuencia, tanto el líder religioso como el vicario judicial actuaron de forma precipitada al no darle el derecho a defensa a Font Ribot o, al menos, que explicara en que consistió el entuerto y cómo fue resuelto. Los consejos de Núñez y Pineda anularon cualquier don de clemencia al colaborador del papa Francisco. Se impuso la ira y cualquier desviación ética para correr al sacerdote que vive sus días lidiando con los fantasmas de la depresión.

El cardenal mandó a decir por medio de una escueta, pero cruel carta al perjudicado que “debido a sus responsabilidades personales para con la justicia, a partir de esta fecha (9 de febrero) no tiene licencias para la celebración de los sacramentos…asegurándole mis oraciones, me suscribo”. Los favores que pidió para, presuntamente, beneficiar a la milenaria iglesia, se fueron al olvido y cualquier atisbo de misericordia, amor, comprensión  y contricción desaparecieron del expapable.

Se impuso la soberbia, arrogancia y cualquier pecado capital para ignorar al sacerdote que prestó su vivienda para acciones religiosas y para dar posada a los curas que provenían del interior a realizar cualquier gestión ante la iglesia.

Durante una década, el sacerdote vivió (y sigue viviendo) con la dignidad vejada, inseguridad duradera, el deshonor público y privado, los sentimientos de pena e inseguridad para debatir “determinados temas y aspectos” junto al desprestigio que el triángulo del mal le hizo en cuestión de días y cuyos traumas siguen vigentes hasta el cierre de esta investigación. “El daño moral, por ser de magnitud imprecisa, no se puede calcular sobre la base de fórmulas o criterios predeterminados y sólo puede ser establecido mediante un juicio global y basado en la convención general de la reparación del dolor producido por la ofensa provocada y padecida”, concluye el peritaje que evaluó la conducta del perjudicado.

El trauma emocional bloqueó cualquier tipo de raciocinio, reflexión, toma correcta de decisiones y estados de ánimo de Font Ribot, cuya suspensión de ejercer el sacerdocio le trajo otros problemas, entre ellos, la pérdida de varias casas de alquiler en Puerto Rico, que fueron heredadas por su padre, “ocasionándole por consiguiente significativas pérdidas económicas que lo tienen en postración psicológica y material”.

En cada informe, ninguneado por el alto jerarca espiritual, se hizo constar que Bernardo Font Ribot ha sido tratado psiquiátricamente por una fuerte depresión que lo llevó en dos ocasiones a querer suicidarse, por lo que permaneció bajo intensas terapias para hacerle recuperar el amor propio o autoestima.

Al respecto, uno de los informes que pudo obtener este periódico, firmado por el galeno Emérito Pacheco Banegas, establece que su paciente que las penurias emocionales y que casi provocan consecuencias fatales. “…Una fuerte depresión que incluso lo ha llevado a dos intentos de suicidio. Sus sesiones de psicoterapia fueron una vez por semana hasta el mes de julio de 2010…en estos años ha desarrollado una depresión crónica lo que le impide desenvolverse en sus actividades cotidianas, por lo que se le recomienda terapias semanales”, indicó el médico en las constancias 003144 y 115736, extendidas en 2010 y 2013.

Asimismo, otra constancia establece que el paciente desarrolló diabetes mellitus tipo II desde 2008 y suele ser atendido de forma periódica por los episodios en los denominados “bajones de glicemia” que suele tener.

En una carta enviada por el religioso al prelado católico el 17 de diciembre de 2015 le recordó que ante la reiterada negativa de reintegrarlo en el cargo al no tener acusaciones penales ni sentencias judiciales, termina siendo hasta antiético. “Eminencia, es inconcebible que subalternos y personas foráneas amorales (tal como así es del conocimiento público la degeneración existente), carecen de toda moralidad al margen de su preparación académica o puesto social que ocupen, influenciando en usted para tomar acciones dañinas o relevantes”, reza el escrito del cura; en ella, hace referencia de manera tácita a los dos asistentes que terminaron aconsejando al cardenal que lo suspendiera de forma indefinida de brindar sacramentos.

“Monseñor: a usted lo han hecho equivocarse y debe así reconocerlo para resarcir el daño causado y levantarme la suspensión impuesta”, dice el texto firmado por el propio afectado. A la fecha, la única respuesta que ha recibido es el cruel silencio de un cardenal que lo tiró a la basura tras haberse aprovechado del dinero que tuvo en su momento Font Ribot.

Varios días atrás, el cura le recriminó su mutismo e indiferencia para reasignarlo a la iglesia donde perdonó pecados y administró los sacramentos. En una comunicación fechada 1 de diciembre de ese mismo año, indicó que todavía no tenía respuesta de su reincorporación a la vida religiosa y le suplicó piedad para dar por zanjada cualquier controversia.

“Comprenda monseñor, que su silencio es matador. No quiero pensar que me ignora y desprecia por la injusta suspensión notificada por el padre Juan José Pineda al padre Roberto Almendares y es reconfirmada por usted, tal como le pedí, necesitando reivindicar mi posición sacerdotal dentro del territorio arquidiocesano y resarcirme del daño moral y social que me ha causado”, plasmó en la misiva.

Mandó en la carta en poder de ConfidencialHN que “quiero morir en el seno de la santa madre iglesia apostólica y romana, sin ningún tipo de prohibición que jamás he merecido…Confío que un día los dos desencarnados nos abrazaremos con Jesús, con quien hemos colaborado en este mundo, usted como obispo y yo como sacerdote. Mientras tanto, lo seguiré recordando en mis eucaristías privadas”.

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