martes, noviembre 24, 2020
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Ante el fin coincidente de David Romero y Juan Marsé

(Por Óscar Armando Valladares*) Un día después del deceso en Honduras del periodista David Romero, expiró el escritor español Juan Marsé Carbó, el 18 y 19 de julio, sucesivamente. Varios meses atrás, Romero había sido aprehendido -mediante un despliegue policial impresionante- en los estudios de Radio Globo, y condenado a diez años de prisión en una causa de orden privado, pretextada para acallar las acaloradas denuncias que propalaba por el medio auditivo en mención. Al margen de los aconteceres de su vida personal, de sus opiniones a ratos enfrascadas con sectores de la oposición, lo esencial de su derrotero periodístico deja un surco prolongado y su muerte, sobrevenida en circunstancias signadas por la “adversidad”, se inscribe en el martirio habido en once años continuos.

De Marsé, afamado fue su salto olímpico de aprendiz de joyero a novelista autodidacta, lúcidamente comprometido con la temática suburbial clasista, como en el libro que dio por sentado su oficio, Últimas tardes con Teresa, premio Biblioteca Breve, cuyo protagonista, Manolo Reyes, calza un apodo malsonante que Guillermo Díaz-Plaja santurronamente omite, y es este “Pijoaparte”: jovenzuelo de bajo origen, llevado a playas barcelonesas “como el fragmento de un naufragio remoto”.

Es socio de una cuadrilla de malvivientes dedicados al robo de motocicletas; ducho en chulerías, busca con su talante de conquistador seducir a una muchacha perteneciente a la burguesía, clase sobre la que Marsé satiriza a balón parado e igualmente se declara anticlerical por principios. Teresa, universitaria exenta al parecer de prejuicios sociales, acaba siendo otra víctima amorosa del truhán Reyes, escudado como político de mentirijillas.

La relación sensual y sexual entre Teresa y Manolo -ella, hija de los Serrat y fiestera en la villa que los suyos poseen en la Costa Brava; él, inmigrante del Sur-, constituye el eje de la obra y plataforma denunciatoria de “una sociedad corrompida -como acota Diaz-Plaja- que oscila entre el señoritismo y unas vagas ilusiones de rebeldía”, inoperantes -según el crítico y académico- “en el plano de la realidad”. La detención del joven pone término a su andar, quedando el resto de los protagonistas “crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá; abnegados, indefensos y resignados, llevan su mala conciencia de señoritos, como los cardenales su púrpura, a párpado caído, humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas, en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas”, en palabras del autor.

Otro de sus libros, “Si te dicen que caí”, de 1973, tuvo que publicarlo en México por la censura del régimen de Francisco Franco, usurpador del poder entre 1939 y 1975. Suma, además, su producción narrativa los títulos Encerrados con un solo juguete, Esta cara de la luna, La oscura historia de la prima Montse, La muchacha de las bragas de oro (premio Planeta), El amante bilingüe, El embrujo de Shanghai, Rabos de lagartija, Un día volveré, etc. Obtuvo el premio Cervantes, en 2008. Había nacido en Barcelona el 8 de enero de 1933.

Vuelto a la Honduras del estado pandémico y del golpe de Estado, no sorprendió la tiesa indiferencia mostrada por el clan de mala sangre que controla el país, ante el final desatendido del periodista Romero, contrapuesta a la movilización en caravanas de personas y vehículos que, pese a la estirada cuarentena, despidieron sus restos y acuerparon a los dolientes.

Los mensajes admonitorios y los señalamientos que elevó con frecuencia, quedaron varios de ellos grabados y filmados, los cuales fueron vistos y recordados antes y después del funeral. Con papeles en mano, exclamaba en las tomas de archivo: ¡Pueblo hondureño, levántate! ¡No callen! ¡No tengan miedo! Hoy soy yo al que persiguen; mañana puede ser cualquier director de medios que proteste. ¡Yo voy a estar preso, pero muchos de ustedes se darán cuenta de mis denuncias! ¡Que las antorchas se levanten de nuevo! ¡Cuando se agachan las cabezas, los dictadores tienen listas las guillotinas! A Lidieth, su esposa: ¡Sigue la lucha! ¡No eche pie atrás!

Ante el fin coincidente del incisivo novelista ibero y del aguerrido comunicador catracho, dos reflexiones de Camilo José Cela: La muerte es una amarga pirueya de la que guardamos recuerdo los vivos. Descansan en la paz de la memoria, aquellos amigos a los que no queremos olvidar porque nutren nuestra nostalgia.

*Columnista hondureño y publicado en diario La Tribuna el 29 de julio de 2020. 

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