Monday, Jul 22, 2019
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Autonomía universitaria

(Por Edmundo Orellana) Por supuesto que no es sinónimo de extraterritorialidad ni de República, pero responde a principios de una tradición que viene desde la antigüedad y se encuentra en la esencia misma de lo que se entiende como civilización occidental.

Es en la Academia de Platón en donde encontramos el germen de lo que hoy conocemos como universidad, cuyo nacimiento se asocia a la reacción del célebre filósofo frente a la condena y muerte de su maestro, Sócrates, acusado de pervertir a la juventud y de no creer en los dioses aceptados por la polis.

Enseñar es una labor que no siempre es pacífica. El profesor que se apega a la tradición no tiene problemas. Pero aquel que, como Sócrates, provoca en el estudiante el impulso de dudar y de encontrar por sí mismo la verdad, es, sin duda, alguien sospechoso para la autoridad, porque, con el devenir de la dinámica de la sociedad, también podrían estar en duda los fundamentos de la autoridad misma.

Por eso, surge la necesidad de elevar un muro entre la autoridad política y la universidad, para que en sus aulas se discutan libremente las ideas, confrontando lo tradicional con lo moderno. Ese muro es la autonomía universitaria.

El conocimiento no debe ni puede estar condicionado por la autoridad política o académica. El gobierno no tiene autoridad cuando de la academia se trata; los docentes, por su parte, tienen libertad para enseñar no para imponer ideas. Es el estudiante quien decide libremente adoptar las ideas que, de las enseñanzas de sus maestros, estime idóneas.

Una sociedad cuyos estudiantes están obligados a pensar como ordena la autoridad, no está preparada para enfrentar el futuro. En la Edad Media la razón estaba poblada de dogmas, prejuicios y supersticiones dictadas desde el púlpito, avaladas por la autoridad académica e impuestas por la autoridad política. La Ilustración desafió el sistema y desató una revolución que sacudió los cimientos de la sociedad de la época, cuya esencia resume la sentencia kantiana: ¡Sapere aude! Se trata de liberar al ser humano de su incapacidad de “servirse de su inteligencia sin la guía de otra persona”; incapacidad que “no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro”. De ahí: “¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón! He aquí, proclama Kant, el lema de la Ilustración”.

Alentados por este espíritu, los estudiantes de Córdoba, en 1918, desafiaron el sistema, denunciando la universidad como “el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara” y proclaman “la nueva república universitaria” en la que “solo podrán ser maestros… los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien”. La libertad de enseñar se reconoce como principio fundamental de la universidad, entendida como laboratorio del pensamiento en el que los libros son la guía de quien enseña y de quien recibe la enseñanza, y en el que cada hipótesis se somete al rigor del método científico.

La autonomía universitaria viene a ser el límite impuesto al Estado en respeto a la sagrada misión de enseñar en libertad. La organización interna de la entidad, la distribución de sus recursos y la normativa para regular sus actividades, son consustanciales a la universidad, que ejerce por medio de potestades exclusivas. “Darse a sí mismo la ley, es la libertad suprema”, dijo Heidegger en su famoso discurso rectoral, en 1933, en referencia a la autonomía universitaria; ninguna autoridad externa a la universidad, entonces, puede desconocer esta garantía que, en nuestro caso, es constitucional.

En ese mundo de la academia ningún aspecto del conocimiento debe ser tabú ni nadie puede ser perseguido por enseñar ni por incitar al estudiante a debatir ideas, cuestionando, incluso, lo aceptado por la tradición. Valores, principios y reglas deben ser continuamente revisados para verificar su funcionalidad y sus alcances; en definitiva, su actualidad.

Irrumpir en ese laboratorio de las ideas con armas, disparando contra estudiantes y docentes es de salvajes. Pero más grave y repudiable es que lo justifiquen. Es un crimen que se perpetró en el campus universitario, en el marco de una protesta contra el régimen, por su ilegitimidad y por la represión contra los médicos y maestros, movilizados en defensa de sus derechos, que el gobierno pretende conculcar.

Se trata de un acto desesperado del régimen autoritario, cuyas torpezas aceleran inexorablemente su colapso por la pérdida de confianza y credibilidad entre la población. No existe, pues, argumento alguno que justifique ese crimen y, con excepción de los perversos, no hay quien – con cerebro medianamente inteligente- lo acepte. Es un hecho abominable y condenable que nos mueve nuevamente a exigir: ¡basta ya!

Y usted distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡basta ya!?

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