Tuesday, Sep 17, 2019
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(Por: Filiberto Guevara Juárez) Eso de posiciones políticas de derecha, centro e izquierda, como en una línea recta, origina una confusión. «Si uno se guía por lo que dicen en la «tele», el liberalismo es la derecha, y lo más liberales, la ultraderecha. Esto obviamente es problemático, ya que de ultraderecha también se cataloga a corrientes como el fascismo y el nazismo, y nada más alejado de la idea de la libertad que eso». Lo cierto es que, para Friedrich Hayek, que obtuvo el premio Nobel de economía, siendo un liberal en lo político y en lo económico; sólo existen tres grandes posiciones en política: liberal, conservadora y, socialista.

Dentro de dichas posiciones, Hayek, para definirlas muy bien, prefiere ubicar a cada posición ideológica, en el ángulo de un triángulo equilátero. En el mismo sentido a lo dicho por Hayek, podríamos ubicar a los liberales, en el ángulo del vértice de dicho triángulo, siempre apuntando hacia el progreso y a la innovación; hacia arriba, hacia adelante, porque esa es la característica de un liberal, el cual no tiene temor de enfrentar lo desconocido. El liberal tiene también como principal característica, creer que no es omnisciente en el conocimiento, el cual considera que está disperso en toda la nación y, que ese conocimiento disperso supera al conocimiento de cualquier persona en particular.

Es más, al igual que el gran filósofo griego, de la antigua Grecia, Sócrates, es consciente de que es más lo que desconoce, que lo que conoce, aún de su propia especialidad en el campo de todo saber, si lo tuviere académicamente. En ese sentido, adopta una posición humilde ante el conocimiento, y, ante las demás personas. En otro aspecto, el liberal nunca es estático y, mucho menos, se queda anclado en el pasado. El conservador, al cual ubicaríamos en el ángulo del lado derecho de la base del triángulo antes descrito; es reacio a un cambio con la incertidumbre de por medio; prefiere lo seguro y controlado por alguien, por un caudillo dirigente fuerte que les brinde esa seguridad, que sólo la da, a quien consideran ellos, tienen la capacidad para hacerlo.

Contrario a los liberales, consideran conveniente por uno u otro motivo, sujetarse a la autoridad del caudillo, al cual admiran en extremo, por considerarlo omnisciente, y cuya autoridad y talento, nunca se atreven a discutir. Prefieren el orden a la anarquía. En cambio, las personas de talante liberal, se muestran hasta irreverentes ante su líder, porque para un liberal, su principal valor en política, es la libertad, tanto exterior como interior. Un liberal está plenamente consciente de ello. Esa es su filosofía de vida, que determina su actitud. Como persona, no transige con la pérdida del valor de su sacrosanta libertad individual.

El liberal se muestra consciente del por qué y para qué de su libertad. Prefiere determinar en el interior de su conciencia, qué hacer con su libertad y, no, que otra persona o un sistema político y económico, se lo dicte. El conservador y socialista, en cambio, prefiere todo lo contrario. Para eso, están dispuestos a sacrificar hasta su libertad individual, acatando dócilmente, lo que determine su máximo líder político o líderes de cúpula de su Partido. Cual rebaño de ovejas, siguen a su pastor, con el misticismo muy propio de un religioso.

Un misticismo, fundamentado en un historicismo, donde todo ya está predeterminado por leyes sociales e inexorables, de las cuales es casi imposible liberarse. Sin tomar en cuenta que la complejidad de lo que sucede en lo social, es difícil de predecir y controlar. Porque es muy complejo. Eso lo entiende perfectamente un liberal de convicción. Nadie puede estar completamente seguro, de lo que sucederá en el futuro en una sociedad, nación, o en el mundo entero. Porque eso seguirá siendo una especie de misterio sociológico.

Ese es fue el error que cometieron los filósofos historicistas como Martin Heidegger y Karl Marx y el mismo Platón, en el cual se basan según Karl Popper, Martin Heidegger y Karl Marx, según lo expresado por él, en su portentoso Ensayo, «La sociedad abierta y sus enemigos». Tanto los conservadores como los socialistas según Karl Popper, son partidarios de una sociedad cerrada y no abierta. Añoran por eso, el retorno a la sociedad tribal que les confiere una especie de seguridad, añorando también, el retorno a lo paterno, es decir, a la patria de sus ancestros.

Es por eso, que se vuelven patrioteros al extremo, según el gran pensador de la libertad Karl Popper. En eso, en cierto sentido, los conservadores se asemejan a los socialistas, a los cuales se les puede ubicar en el ángulo del lado izquierdo, anteriormente indicado. Los socialistas, tienen la gran particularidad, que luchan a muerte por un cambio de sistema político y económico, que sienten que los oprime. Pero que una vez, operado ese cambio, prefieren que ya no cambie nada dentro del nuevo sistema totalitario, o, que ese cambio sea mínimo y ordenado, bajo la dirección de un líder fuerte y autoritario y hasta de una cúpula de un Partido, que todo lo centraliza en lo político y en lo económico.

Los socialistas pues, se parecen más a los conservadores en lo político. Por eso, cuando un socialista se desengaña, prefiere afiliarse a un Partido Político conservador. No así, en lo que tiene que ver con la defensa del libre mercado, al aceptarlo con algunas restricciones, tal como sucede actualmente en la República Popular de China. En lo cual difieren con los liberales y conservadores. En esto último, el liberal y el conservador hacen causa común. Aunque, el liberal difiere del conservador, en el sentido de que, el liberal no aboga por el control de precios en los productos, ni por el proteccionismo nacionalista de los mercados.

También, en materia de impuestos, el liberalismo aboga por una menor carga impositiva. En cambio, el conservador, sí aboga por una mayor carga impositiva para fines populistas y colectivistas electoreros. Para de esa manera, perpetuarse en el poder. Llegando hasta el extremo de adoptar posiciones excesivamente proteccionistas, ultranacionalistas y patrioteras. Por eso son partidarios de los aranceles a los productos importados. Lo cual al final, se traduce en una carga impositiva para el consumidor de esos productos importados Ese es el caso de la posición política y económica, del actual presidente Donald Trump, en EEUU.

La persona que adopta una posición liberal, difiere tanto del conservador como del socialista, en el sentido de no imponer sus valores éticos y morales a la sociedad. Tanto para el conservador como para el socialista, lo importante es que, en ese campo sus posiciones en lo ético y lo moral sean consecuentes con el líder que los dirige. Contrariamente, los liberales, son del criterio que cada persona decida conforme a su consciencia en lo ético y lo moral. En consecuencia, son muy respetuosos de la libertad de conciencia de cada persona.

Así pues, si una persona se afilia a un Partido Político, debe tener bien claro, qué es ser liberal, conservador, o, socialista. El asunto, no es tan simple como parece. Requiere mucho análisis racional. No es una cuestión de sentimiento o conveniencia, solamente.

(Por Edmundo Orellana) Recientemente se publicó en un periódico de circulación nacional un aviso por el cual un tribunal de lo Contencioso-Administrativo hace saber que se interpuso una demanda en contra de una Secretaría de Estado cuya pretensión es la nulidad de un acto administrativo y el reconocimiento de una situación jurídica individualizada.

Si el aviso no responde al contenido literal del auto por el cual se ordena su publicación, el juzgado debe exigir de la secretaría del tribunal más acuciosidad al momento de verificar el cumplimiento de los requisitos legales para la admisión de este tipo de demandas. Porque las secretarías de Estado no pueden ser demandadas directamente ante esa jurisdicción debido a que no son personas jurídicas, es decir, carecen de capacidad procesal y, por ello, no pueden comparecer en juicio directamente.

Si el aviso fue publicado como ordena el auto emitido por el juez, estamos ante otra situación. Es evidente que el problema es el desconocimiento de la ley procesal que ese tribunal debe aplicar, lo que resulta inexcusable.

Si se desconoce la Ley de la Jurisdicción de lo Contencioso-Administrativo, es decir, el derecho administrativo adjetivo, es de suponer que también se desconoce, por ser más complejo, el derecho administrativo sustantivo. En otras palabras, si se ignora el derecho procesal administrativo, se ignoran, también, las leyes sustantivas administrativas que el tribunal aplica en sus sentencias.

El aviso dice, además, que la demanda contra la Secretaría de Estado se interpone contra “su representante legal”, identificado este en la persona del titular de una Dirección, órgano subordinado del secretario de Estado. Con lo que resulta evidente que se ignora que la Constitución de la República confiere la representación legal del Estado (esto es, poderes del Estado y organismos extra-poderes) a la Procuraduría General de la República, PGR.

Cuando de las ejecutorias de un tribunal resulta manifiesto el desconocimiento de esa obviedad constitucional y, además, el contenido de la ley procesal que, en una determinada demarcación territorial, aplica con exclusión de todos los demás tribunales, está ocurriendo algo muy grave dentro del Poder Judicial. No solo porque es notorio que no preparan a los nombrados para ejercer competencias especializadas, sino también porque es ostensible la ausencia de la seguridad jurídica en los contenciosos judiciales en los que participa el Estado en condición de demandado.

Ese juicio en particular tendrá un final desastroso. Porque se sustanciará en la primera instancia afectado por ese vicio fundamental, lo que implicará para las partes elevados costos financieros, y, también, porque, seguramente, en la segunda instancia, en donde, sin duda, hay quienes sí saben Derecho Administrativo, se revertirá lo actuado en la primera instancia.

Ese error de bulto es inexcusable en un tribunal puesto que es su responsabilidad proveer seguridad jurídica, reconociendo el derecho a quien acredite ser su titular, lo que no garantiza si ni siquiera respeta los formalismos elementales del debido proceso. “Desfaciendo entuertos” en segunda instancia, no se resuelve este grave problema, porque, de persistir, la situación de inseguridad permanecerá, replicándose en otros juicios y, por consiguiente, multiplicando los daños y perjuicios que irrogue en las partes, especialmente en el Estado, sin posibilidades de reparación cuando la sentencia sea inapelable, supuesto, que, en esta jurisdicción, hay más de uno.

El problema no es del tribunal, por supuesto. Es del Poder Judicial. Porque desnuda las falencias en los procesos de selección del personal en esta jurisdicción especializada, cuya vigencia tiene más de treinta años, tiempo suficiente para suponer que no debe ocurrir. Si no encuentran personal idóneo, su deber es capacitarlo, antes de asumir el cargo y en el ejercicio de éste, para evitar las gravísimas consecuencias que provocan en los particulares y en el Estado, y, muy particularmente, en la seguridad jurídica, porque, en estas circunstancias, ninguna persona, aún aquella que está segura de tener el derecho, estará protegida por este tipo de tribunales.

En estas condiciones, en que las partes saben que todo puede ocurrir, incluso, como excepción, la debida aplicación de la norma, la arbitrariedad es la regla general.

Porque la seguridad jurídica es la piedra angular del Estado de Derecho, debemos exigirla diciendo con fuerza: ¡BASTA YA!

Y, usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

(Por Víctor Meza) Como si de una telenovela se tratara, uno de esos culebrones que mantienen a familias enteras en una especie de estado hipnótico ante las pantallas de sus televisores, así viven muchos de mis compatriotas esperando siempre las noticias de última hora, las más recientes y escandalosas revelaciones de los extraditados cabecillas del narcotráfico en los tribunales de Nueva York.  Cada día, miles de hondureños amanecen ansiosos por conocer lo sucedido el día anterior en las cortes neoyorquinas. La ansiedad los envuelve y mantiene en estado de hipnosis colectiva.

Las razones, por supuesto, son diferentes en cada caso. Algunos, la mayoría, sucumben a un cierto morbo general, en el que se entremezclan en dosis variopintas tanto la curiosidad como el deseo de que tal o cual político, funcionario o legislador, aparezca mencionado y, por lo tanto, involucrado en el laberinto judicial y, eventualmente, sea llamado a declarar o solicitado en extradición. Otros, la minoría, sabedores de sus anteriores andanzas de la mano con el crimen organizado, esperan temblorosos, casi en estado de pánico, la mala noticia que incluya su nombre en la lista de los apestados.  Cada quien con su razón a cuestas, unos para alegrarse y otros para comprender finalmente que se les arruinó la vida.

En el fondo, todos ellos, al margen de sus distintas motivaciones personales, tienen algo en común: todos esperan que la solución para sus vidas venga de fuera, desde los pasillos judiciales de los tribunales norteamericanos. Hay una tendencia, cada vez más arraigada, a confiar demasiado en las soluciones externas y depositar el destino del país en manos ajenas, tan distantes como indiferentes. Son demasiados los compatriotas que depositan todas sus esperanzas en lo que sucederá a partir del mes de octubre, cuando inicie la fase definitiva del juicio contra Juan Antonio “Tony” Hernández, el hermano menor del inquilino ilegal de la Casa Presidencial.

Los opositores, muchos de ellos, creen que la solución vendrá de Washington y que la eventual salida del gobernante se producirá por obra y gracia de una decisión judicial de un juez estadounidense. No hay confianza alguna en nuestras propias fuerzas, en la dinámica interna que debe convertirse en avalancha de rechazo y mazazo definitivo contra el régimen autoritario y avasallador. Quienes confían demasiado en la fórmula externa, bien puede ser que se lleven una decepción tan grande como su endeble esperanza. Es el riesgo que corren y la ilusión a la que se aferran.

Los otros, los que viven atrapados en la angustia cotidiana de acabar sus días en una cárcel extranjera, también están pendientes de lo que sucederá a partir del fatídico octubre. Esperan, en ansia contenida, las listas de involucrados y de desdichados candidatos a una futura y terrible extradición.

Octubre, pues, se ha convertido en un mes clave, lleno de significado y de incertidumbre. Pero, además, octubre tiene su propia simbología en el calendario hondureño. En este mes se celebra el Día del Soldado, en homenaje al nacimiento del General Francisco Morazán (03/X/ 1792); también se festeja el Día de las Fuerzas Armadas, en dudoso “honor” a la revuelta armada que dio al traste con el gobierno de Julio Lozano el 21 de octubre del año 1956. Y, por si fuera poco, en este mes se cumple también un aniversario más del sangriento golpe de Estado que los militares de entonces llevaron a cabo para derrocar al gobierno liberal de Ramón Villeda Morales. O sea, pues, que octubre es un mes de tambores y de sables, de homenajes indebidos y de recuerdos sangrientos.

Y para cerrar con broche de oro, en esta ocasión octubre es también un tiempo cargado de amenazas y nubarrones. El día 02 comenzará la fase decisiva del juicio al hermano menor y muchos son los que esperan nuevas revelaciones y escandalosos hallazgos. A lo mejor tienen razón. O, de pronto, no pasa nada novedoso y todo se reduce a una historia ya contada y hace mucho tiempo conocida, la historia del narcotráfico en un Estado degradado.