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(Por Víctor Meza) Acaban de cumplirse once años desde aquel domingo fatídico del 28 de junio de 2009, cuando se produjo el malhadado y siempre repudiado golpe de Estado, mejor conocido ya como el ‘golpe de las élites’. En las primeras horas de ese domingo, recibí llamadas de amigos que transmitían la impactante noticia. Vecinos cercanos a nuestras oficinas del Centro de Documentación de Honduras (CEDOH), a un centenar de metros de la casa de habitación del presidente Manuel Zelaya, nos avisaron del hecho y describieron con detalles el tiroteo y la agresión perpetrada por un comando militar.

A pesar de que el presidente era un objetivo indefenso y desarmado, los militares, conducidos por un coronelito bravucón, más ducho en juegos electrónicos de guerra que en combates de verdad, arremetieron contra la vivienda y secuestraron al presidente constitucional. Con este acto, tan cobarde como delirante, los militares, debidamente estimulados por las élites económicas, políticas y religiosas del país, abrieron la puerta para que su patria se sumiera en una crisis institucional y política, cuyas consecuencias sufrimos todos todavía.

Sin saberlo, al expulsar al presidente por la puerta trasera de la Casa de Gobierno, lo introdujeron – ignorantes ellos – por la puerta grande de la historia. Manuel Zelaya, cuyos planes personales al término de su gestión gubernamental incluían un discreto retiro a sus propiedades rurales, se vio de pronto catapultado a un torbellino de acontecimientos que lo llevaron a convertirse en un protagonista clave de una crisis política internacional de grandes consecuencias.

Muchas veces, junto con otros amigos y compañeros, durante nuestras ocasionales y obligadas visitas a verle en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, tuvimos oportunidad de conversar sobre estos temas y valorar en lo que caben los giros irónicos que suele dar la historia. Pero los golpistas, militares y civiles, no solo se equivocaron en esto. De hecho, erraron en todo. Fueron unos excelentes estrategas del fracaso. Culpaban y perseguían a la débil y dispersa izquierda local, atribuyéndole un poder e influencia sobre Zelaya que nunca tuvo, para al final acabar fortaleciéndola y convirtiéndola en una fuerza política real.

Creyeron salvar al sistema de partidos tradicionales y terminaron desarticulando para siempre el viejo equilibrio bipartidista que tan buenos resultados le había dado a las élites. Pensaron que defendían a los grandes medios de comunicación y solo lograron provocar una sensible emigración de audiencia, que dio fortaleza y presencia a varios medios pequeños, pero independientes.

Finalmente, aunque no menos importante, soñaron que combatían contra Hugo Chávez y terminaron peleando con el presidente Barack Obama…y así sucesivamente. Si su objetivo era derrocar a Zelaya y neutralizar su influencia política, sus resultados fueron al revés: sacaron a un Zelaya a punto del retiro para generar un movimiento ‘Melista’ de grandes proporciones. Derrocaron a Mel y estimularon el ‘Melismo’. Cambiaron, sin proponérselo, la geografía electoral del país, generando una tercera y hasta una cuarta fuerza política, que vinieron a trastocar el viejo andamiaje del bipartidismo tradicional.

Todavía hoy, sumidas en el desconcierto, las élites no han logrado ni lograrán restablecer el antiguo equilibrio perdido. ‘Cometieron el error de abrir la jaula y dejar salir a los tigres’, me dijo un embajador acucioso en su valoración de los hechos. Una vez liberados, agregó, ‘se comieron al domador y ahora se limitan a lamer sus huesos, satisfechos con el inesperado manjar; no quieren volver a la jaula’.

Nunca habría podido imaginarse aquel coronelito altanero el alcance de su agresión innecesaria, los demonios que había soltado y las pestes que había desencadenado. No hay peor héroe, dice la sabiduría popular, que aquel que sabe que no lo es. El golpista usurpador, en su tartamudeo vacilante gritando ‘Vivas’ repetidas a la Honduras insultada, tampoco tenía el alcance mental suficiente para medir el significado de su propio Thermidor. Ironías de la historia.

(Por: Filiberto Guevara Juárez) La temática de la vida y la muerte atraviesa prácticamente toda la literatura creada por el ser humano. Nacer y morir; orto y ocaso, cuna y sepulcro. ¡He ahí el gran misterio de la existencia humana! Desde que cada ser humano abre sus ojos a su existencia fuera del vientre materno, poco a poco se va introduciendo en el laberinto de la vida, primero en forma pasiva llevado de los brazos materno, como el niño Jesús en los brazos de su madre María, y después, en forma voluntaria mediante el desarrollo de su conciencia individual, hasta que llega el momento ineludible de dejar este mundo, cuya hora, día, mes y año desconocemos. ¡Todo un misterio existencial!

En nuestro peregrinaje por esta vida, siempre estamos ante una encrucijada que nos parece abierta, y en una vigilia permanente ante el presente, pasado y futuro. Y, debido a la perplejidad metafísica planteada milenariamente por Heráclito de Éfeso de que: «nadie se baña dos veces en las aguas mismo río»; todo tiempo presente, se nos escurre como el agua entre los dedos de nuestras manos abiertas y suplicantes, por más tiempo de vida, ante un Ser todopoderoso que denominamos Dios, y, cada segundo se vuelve pasado y se proyecta hacia un porvenir, hacia un futuro incierto, porque definitivamente: «nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río»; ya que las circunstancias de la vida cambian y en nosotros mismos con el transcurrir del tiempo, ocurren sutilmente cambios misteriosos en nuestro nivel de conciencia.

Eso tuvo que haber experimentado, el Dr. Alexis Javier Reyes Amaya, cuando en calidad de paciente, ya no de médico, atravesó el umbral de la puerta del hospital del Instituto Hondureño de Seguridad Social de San Pedro Sula; para luchar por su vida. Y, como todo un idealista caminó resueltamente a encontrarse con su destino, diciendo: «no siento vergüenza por haberme infectado por Covid-19».

Con esa expresión, quería dejar bien claro que toda estigmatización por el Covid-19, es absurda. No obstante, desde su lecho de enfermo, vía telefónica, continuaba dando instrucciones a través de su esposa también profesional de la salud, para que se le llevara tratamiento a pacientes afectados por Covid-19; razón por la cual los colegas se vieron obligados a impedirle que siguiera utilizando su teléfono móvil. ¡Tal era el compromiso del Dr.Alexis Reyes, con sus pacientes!

Aún a sabiendas de la fragilidad de su salud, a sus 55 años de edad, como un valiente guerrero de la salud, se enfrentó al virus SARS-CoV-2, en el cumplimiento de su deber en la emergencia del Hospital Mario Catarino Rivas, aún con el escaso equipo de protección personal que se le pudo brindar. Él, al igual que todos los demás médicos, que también han muerto con sus batas puestas, siempre supieron que se enfrentaban a un enemigo invisible ante sus ojos.

No obstante, no se acobardaron, y cual Quijote, con un escudo frágil, pero impulsados por el ideal de salvar vidas humanas, se aventuraron por los misteriosos caminos laberínticos de la vida y de la muerte… .En la madrugada del viernes, 19 de junio, de 2020, el corazón de Alexis Reyes, dejó de latir, pero todo su ser espiritual adquirió una nueva dimensión en el peregrinaje por el camino de su autorrealización en esta vida terrenal.

Esa autorrealización, que consiste en la vinculación trascendente de la entidad personal con otras entidades mayores y más complejas; lo llevó como médico ha vincularse con el Instituto Hondureño de Seguridad Social, llegando a ser gerente administrativo de la Clínica Periférica de Calpules, donde también fue médico de base. Se vinculó también, con su querido Hospital Mario Catarino Rivas, del cual fue subdirector. En su lucha gremial, se vinculó al Colegio Medico de Honduras, como vice presidente. Como eterno luchador de las causas sociales, conformó y dirigió el movimiento: Sí a la vida, no a la violencia.

El Dr. Alexis Reyes en su constante lucha social tomó plena conciencia de que todo cambio positivo de estructuras institucionales republicanas y democráticas, sólo podía llevarse a cabo vinculándose a un partido político que respondiera a sus anhelos por la libertad y la justicia social. Fue así que, se atrincheró en las huestes del Partido Liberal de Honduras, como candidato suplente a una diputación al Congreso Nacional de la República, por el departamento de Cortés, en las elecciones generales de noviembre de 2017. Era un auténtico liberal ideológica y filosóficamente. También, fue un hijo ejemplar y responsable con los cuidados de sus progenitores, a los cuales honró en vida. Igualmente, fue un esposo y padre ejemplar.

El tributo que se le brindó en todas esas entidades mediante las cuales se autorrealizó, lo tuvo muy bien merecido. Fue por eso, y por su enorme calidad de ser humano, que aún en medio del temor de la pandemia, muchos médicos, para- médicos, amigos y familiares, acudieron a darle el último adiós. El amplio despliegue de los medios de comunicación social, no fue una simple casualidad, en esa calurosa tarde el viernes, 19 de junio, del 2020. Porque con su sentida muerte se cumplió el siguiente pasaje bíblico: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.» (San Juan ,12:24.). Su amor al prójimo lo condujo a luchar infatigablemente por la justicia social y la libertad; a ese tipo de hombres se refería Bertolt Brecht, cuando dijo:  «Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.» De ese tipo de hombres, fue el Dr. Alexis Reyes.

Así pues, el legado de entrega y sacrificio en su profesión, será recogido por las nuevas generaciones de médicos hondureños. De eso, no cabe la menor duda.

En paz descanse el Dr. Alexis Javier Reyes Amaya; y que Dios guarde su alma, para vida eterna.

San Pedro Sula, 21 de junio, de 2020.

(Por Víctor Meza) Mensajes de viejos amigos, por intermedio de las redes sociales, se han encargado de traerme la mala noticia: Edén Pastora, el legendario Comandante Cero, ha muerto. Aunque sabía de su averiada salud y de su repentino ingreso al hospital militar, la noticia de su muerte me ha sorprendido y conmovido como pocas. Siempre será así cuando se trate de alguien que, como Edén, desafió la muerte con frecuencia, arriesgó la vida por sus ideas y convirtió su existencia en algo vital y fascinante, sumido en aventuras y desventuras.

Lo conocí en la Ciudad de México, cuando nuestros caminos se cruzaron en la azarosa ruta de la lucha clandestina contra la tiranía somocista. Mientras él venía ya de muy lejos, en el tiempo y en el espacio, yo era apenas un recién llegado que buscaba un modesto sitio en la cruzada. Poco antes de conocerle en la casa del profesor Edelberto Torres, el célebre biógrafo de Rubén Darío, le habíamos buscado en Ginebra, ciudad en la que sufría un momentáneo exilio. Llegamos tarde, justo cuando Edén había abandonado Suiza para trasladarse a México, siempre tratando de acercarse físicamente a su amada Nicaragua. óscar Turcios, veterano e intrépido dirigente sandinista, que era mi compañero de viaje, me hablaba de él con entusiasmo y evidente cariño.

Estaba seguro de que le alcanzaríamos en México y podríamos recuperar contactos y restablecer la colaboración deseada: así fue. Desde entonces mantuve con Edén una franca amistad y sincera camaradería, que fueron suficientes para soportar vaivenes y peripecias en las que la vida y la historia nos supo colocar a ambos. A principios de los años ochenta, en plena guerra fría, cuando se produjo su inicial ruptura con el viejo liderazgo sandinista, Edén buscó la intermediación de líderes europeos vinculados a la Social Democracia y agrupados casi todos ellos en la Internacional Socialista (IS).

Realizó una larga ronda de visitas en Europa y me pidió acompañarle. Me autorizó, de paso, a llevar un diario pormenorizado de aquellos encuentros y de los acuerdos alcanzados para evitar una nueva guerra y buscar solución pacífica a un desencuentro entre viejos compañeros de lucha. Revisando los viejos papeles encontré el pequeño cuaderno comprado en el aeropuerto de Londres, que todavía hoy, en letra menuda y apretado resumen, contiene el testimonio de aquellas inolvidables jornadas. Edén viajaba con la aureola del héroe y su imagen de personaje mítico se confundía en el torbellino esperanzador de una lejana y romántica revolución sandinista.

Las puertas se abrían y los líderes del más variado socialismo de entonces le escuchaban y atendían. El español Felipe González, el portugués Mario Soares, el italiano Betino Craxi, el alemán Willy Brand y los representantes del francés Francois Miterrand fueron unos de los principales interlocutores. Hubo acuerdos, promesas y ofrecimientos de buenos oficios, pero todos se fueron disipando poco a poco, evaporados en la bruma del olvido y la indiferencia. A veces, la razón de Estado puede ser implacable y dolorosa. Con los años y las vueltas de la historia, Edén volvió a Nicaragua y encontró la mejor vía para la reconciliación con sus antiguos oponentes.

Lo volví a ver en varias ocasiones, una de ellas cuando asistí a observar las elecciones generales del año 2006, las que permitieron el retorno de los sandinistas al poder y el inicio del gobierno de Daniel Ortega. Era el mismo, rozagante y lleno de entusiasmo, como si los años pasaran de largo y la vida de guerrero le insuflara vitalidad y oxígeno político permanente. A los tres días del golpe de Estado del año 2009 recibí una furtiva llamada suya. Me ofrecía refugio seguro en su casa y apoyo incondicional en momentos tan difíciles. Agradecí su gesto y recordé los viejos tiempos. Hoy que se ha marchado para siempre no puedo menos que desearle buena ruta y que el peso de la tierra que lo cubre le sea tan leve como agitada e intensa fue su vida. ¡Hasta luego, viejo amigo!

Confidencial HN