Friday, Nov 22, 2019
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(Por Lenin Túpac Alfaro) Este año 2016 que recién finaliza,  igual que años anteriores, no nos deja muchas “ganancias”  como sociedad, y lejos de frotarnos las manos esperanzados en un 2017 lleno de oportunidades, nos toca afrontar la realidad y aceptar que no nos va a cambiar “la suerte” porque nos dimos “el abrazo a las doce” o porque  los politiqueros de turno nos desearon a manera de cruel burla, todo tipo de parabienes y bendiciones en las pasadas fiestas decembrinas.

“El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón” Erich Fromm.

La salida de la desesperante situación de atraso y subdesarrollo que vive el país; no pasa por esperar milagros de dioses del cielo o confiar en promesas absurdas de los autoproclamados líderes de uno y otro lado de la pasarela política tradicional, ni de las limosnas provenientes de la caridad internacional, ni de las remesas que de buena gana mandan y comparten nuestros expatriados.

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De ninguna manera pasa porque usted lea este artículo y le dé “like”, o porque algún motivador de oficio  (coaching) lo anime a madrugar y trabajar duro para dar el kilómetro extra para sus jefes o que uno de los multimillonarios pastores, apóstoles, profetas, representantes cardenalicios y demás mercachifles de la fe le diga con endulzada voz: “lo mejor está por venir”.

Tampoco se trata de las resoluciones individuales de año nuevo (dejar de fumar, perder peso, aprender a bailar, tocar guitarra o retomar las clases de inglés, etcétera) que nos van hacer figurar en el concierto de las naciones desarrolladas del primer mundo.

La solución a toda esta problemática, no está en hacer más de lo mismo y con los mismos, sino más bien en  desobedecer y rebelarse, en hacer todo lo posible y hasta lo imposible para derrumbar las estructuras que conforman y sostienen al cruel e inhumano modelo de explotación y saqueo, que privilegia a la clase dominante.

Que el año nuevo traiga nuevos y mejores tiempos, nuevos y mejores hombres y mujeres y con ellos se levante una fuerte, valiente, decidida y liberadora insurrección popular. Son mis mejores deseos.

(Por Víctor Meza) La tentación es muy grande y no somos pocos los emborronadores de cuartillas que sucumbimos ante ella. Es la tendencia a hacer pronósticos, cálculos y profecías cada vez que termina un año y comienza el otro. Nos sentimos, generalmente sin darnos cuenta, profetas, zahoríes, adivinos que, con bola de cristal o sin ella, nos atrevemos a vaticinar los hechos, intuir las tendencias y señalar el nuevo rumbo. Es, si se quiere, una debilidad humana, y como tal hay que tolerarla.

Es una opinión común y mil veces repetida que los finales de año son propicios para la reflexión y el balance, el momento de hacer cuentas y valorar nuestros logros y fracasos, los planes cumplidos o a medio cumplir, las metas alcanzadas o por alcanzar. Nos convertimos en nuestros propios jueces, valorando lo que hemos hecho o dejado de hacer, emitiendo sentencias íntimas que califican o descalifican nuestro proceder. Es casi una oportunidad para reconciliarnos con nosotros mismos.

El año que viene se anuncia como uno cargado de tensión y mucho riesgo. La gente suele llamarle “año político” (como si los demás años no lo fueran), por aquello de que es año electoral. Las elecciones se convierten en el tema central, el punto de agenda en torno al cual giran y se desarrollan todos los demás acontecimientos. Pero este año, el 2017, estará inevitablemente contaminado por un tema que puede resultar muy explosivo. Me refiero al continuismo político, disfrazado de reelección presidencial.

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El gobernante, empecinado en reciclarse de huésped a propietario de Casa Presidencial, se dispone a imponer su reelección a como dé lugar, violentando el orden jurídico y burlándose de las instituciones y el Estado de derecho. No habrá de escatimar esfuerzos para lograr su ambicioso objetivo. El poder, una vez más, se revela como una droga alucinante, capaz de trastocar el buen juicio de cualquiera y obnubilar su raciocinio. Es la demencia del poderoso, que cree tener una misión mesiánica para alcanzar metas fabulosas, vocación faraónica que nubla la mente y, por lo general, conduce al condenado hacia el fracaso. Es la metamorfosis del poder.

Pero el fracaso no es individual ni puramente personal. Antes, el obnubilado arrastra consigo a los demás, a los que le rodean y a los que le adversan. Conduce al país, con ceguera insólita, hacia el borde mismo del precipicio. No le importa, su mente está poseída por la idea del poder infinito, por el afán interminable del mando y la hegemonía. En su retorcido razonamiento, la continuidad de su mandato es casi una premisa divina, una derivación incontrolable de poderes tan superiores como incuestionables. Es casi la locura y la alucinación que se desprenden del ejercicio autoritario y arbitrario del poder público.

A su lado, en sumisión devota, un coro de incondicionales entona los cantos áulicos. Son los lambiscones palaciegos, que nunca faltan. Entre ellos, sobresalen los sabios municipales, los que se encargan de retorcer las leyes para dar sustento formal a sus argucias de leguleyos cagatintas. Más allá, en fila de espera, se alinean los legisladores, esos que se apodan entre sí “honorables” y aseguran ser los representantes de todos nosotros, inofensivos o indiferentes mortales que no somos capaces de impedir el sainete.

Así, en caravana siniestra, el país marcha hacia el encuentro con el nuevo año.

En el camino habrá de enfrentar obstáculos y encrucijadas, abismos y hondonadas, riesgos y peligros. Ojalá que logre sortearlos y pueda salir indemne de esta inútil y alocada travesía a la que nos empuja la demencia del poder y la ambición desmedida de unos cuantos.

Los ciudadanos no debemos permanecer indiferentes, a riesgo de quedar convertidos en obedientes y sumisos súbditos. Es la hora de la unidad para salirle al paso a la demencia e impedir el derrumbe final de las ya tambaleantes instituciones republicanas. La oposición ciudadana, más que puramente partidaria, debe ser lo que nunca debió dejar de ser: debe ser opción permanente, alternativa creadora, propuesta novedosa, si es que en verdad quiere ser instrumento de la transformación social y de la democracia política. En la Honduras actual, la oposición es opción o no es. Es unión o no es. Es decisión firme e irrenunciable o no es. Así de simple.

Ya lo ven, estimados lectores, al final de año uno siempre termina sucumbiendo ante la tentación del zahorí.

(Por Víctor Meza) Desde el inicio del proceso de instalación formal  y material de la Misión de apoyo de la OEA contra la corrupción y la impunidad (Maccih), la opinión pública hondureña dividió sus simpatías o rechazo entre la discreta esperanza y el modesto escepticismo, entre la negación abierta y el prudente beneficio de la duda.

Era inevitable que sucediera así. Después de todo, la llegada de los comisionados de la OEA, en última instancia, no fue otra cosa más que el resultado inevitable de las multitudinarias marchas de protesta de los centenares de miles de ciudadanos indignados en todo el territorio nacional. Las llamadas “marchas de las antorchas” fueron la mayor expresión de hartazgo social, de hastío colectivo y de ira contenida en contra del sistema de corrupción integral que tiene atrapado al Estado y buena parte de la sociedad hondureña.

La población reclamaba la presencia de una comisión internacional parecida a la que funciona en Guatemala –la Cicig– bajo el patrocinio de la Organización de las Naciones Unidas y buena parte de la comunidad cooperante internacional. El Gobierno, por supuesto, asustado y acorralado por la masiva expresión de furia e indignación social que saturaba las calles de las principales ciudades del país, no tuvo más alternativa que retomar la iniciativa ciudadana, matizarla en la medida de lo posible, mediatizar su contenido y pedirle ayuda a la OEA para que viniera a moderar el conflicto en ascenso.

Pero la OEA y su primer enviado especial, John Biehl, no se tragaron el anzuelo fácilmente y, luego de analizar con mucho cuidado la propuesta oficial del régimen hondureño, la rehicieron, introduciéndole nuevos elementos y cláusulas para crear una comisión diferente pero, al mismo tiempo, parecida a la Cicig.

Así surgió el texto final del convenio que da vida a la Maccih, el que fue firmado por el Estado de Honduras el 19 de enero del presente año, a pesar de que su texto final ya estaba listo desde octubre o noviembre del año anterior. Era evidente que el régimen local ofrecía resistencia y hacía esfuerzos por seguir introduciendo salvaguardas y obstáculos en el contenido del convenio. Y, al parecer, hay indicios de que sigue tratando de hacer lo mismo.

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O sea que la Maccih llegó al país como consecuencia de una transacción entre la indignación ciudadana, la propuesta interesada del Gobierno y la intervención solicitada de la OEA. Era inminente, entonces, que la opinión pública local dividiera su actitud ante el nuevo organismo. Mientras unos, los más radicales, la rechazaban y condenaban de antemano al fracaso, otros, los menos exaltados y más racionales, le concedían el beneficio de la duda y abrían un compás de espera para conocer sus resultados. Todo habría de depender de las acciones que hiciera la Maccih para demostrar la energía potencial del convenio y la voluntad política suficiente para convertir esa energía en fuerza transformadora.

Era cuestión de esperar. El roce o confrontación con el régimen dependería de las acciones concretas que la Maccih llevara a cabo en contra de la impunidad y la corrupción. Si sus iniciativas se mostraban tibias y vacilantes, el Gobierno se mostraría anuente y satisfecho. Y al revés: si la Maccih revelaba la decisión necesaria para ir al fondo de los casos, desentrañar su laberinto interior y sacar a flote y castigar las redes delincuenciales que articulan y alimentan el sistema de corrupción integral que Honduras padece, entonces vendrían de manera inevitable la discordia y el prudente distanciamiento.

Las observaciones críticas hechas por la Maccih al opaco proceso de escogencia de los magistrados del “nuevo” Tribunal Superior de Cuentas (TSC), a pesar de que fueron expresadas en el calculado y prudente lenguaje de la diplomacia tradicional, provocaron la reacción desmesurada, a mi juicio, del gobierno actual. El propio presidente salió en defensa de la opacidad y en rechazo a la “intromisión extranjera”. Otros voceros, caza menor en la selva burocrática, fueron más allá y rozaron la grosería y el desprecio hacia los invitados extranjeros. El Congreso Nacional, en lamentable comunicado público, se atrevió a defender el cuestionado procedimiento de selección, saturado y contaminado desde ya por la nociva politización partidaria de las instituciones estatales.

Y por todo esto, no es extraño entonces que el pasado día viernes 18 de noviembre se haya producido en Washington una reunión de última hora entre los representantes del régimen continuista y los delegados de la OEA. Ahora han empezado a darse cuenta que la Maccih, si se propone avanzar en serio, como parece que ya ha empezado a hacerlo, será realmente un factor verdadero de lucha contra la corrupción y la impunidad en Honduras. Como reza el dicho cervantino: “Si ladran, Sancho, es señal que avanzamos…”.