HomeEditorialOpinion (Page 182)

Esta semana (14 de septiembre de 2016), la Casa Blanca publicó su informe anual sobre los países que están en primera línea de fuego en la guerra contra las drogas. Como era de esperar, Bolivia ha sido señalado como uno de los tres países que ha fallado a la hora de combatir de manera efectiva el narcotráfico. El presidente Evo Morales respondió, como hace cada año, de manera desafiante.

“El mundo sabe que nuestro modelo antinarcóticos funciona mejor sin Estados Unidos”, dijo Morales en referencia a la expulsión de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA) de Bolivia en 2008.

La condena anual a Bolivia no resulta útil. Hasta ahora, la experiencia del país y su estrategia contra la droga muestra mejores resultados que la erradicación forzada que defiende Washington.

La última década, el gobierno boliviano ha tratado de limitar gradualmente el cultivo de coca, la planta de la que sale la cocaína, al establecer un mercado regulado para su consumo como estimulante no narcótico. (Los bolivianos han mascado hojas de coca y han hecho té con ella durante generaciones). El gobierno erradica los cultivos no autorizados tras negociar y encontrar alternativas para quienes los plantan.

Este enfoque, con apoyo y financiación de la Unión Europea, ha mostrado buenos resultados. Según la oficina de las Naciones Unidas para el Crimen y el Delito, el cultivo de coca en Bolivia ha disminuido durante los últimos cinco años. En su último informe, la organización ha dicho que en el país hay unas 20.200 hectáreas plantadas, poco menos que el año anterior.

Estas tácticas han sido aprobadas por expertos y funcionarios occidentales porque premia los derechos y necesidades de campesinos pobres. Quienes cultivan coca y se han registrado ante el gobierno de manera voluntaria reciben pequeñas parcelas de tierra en las que cultivar cantidades controladas. Morales, que fue líder de un sindicato de cultivadores de coca, ha jugado un rol activo en estas negociaciones con los sindicatos.

Eso contrasta con la estrategia que Estados Unidos financia hace tiempo en la región, una combinación de fumigación aérea, erradicación manual y persecución de capos. En Colombia, que ha sido el aliado más estrecho de Washington en la lucha contra el narcotráfico, es donde se ha hecho más evidente que el enfoque no es el adecuado.

El año pasado, el cultivo de coca en Colombia aumentó casi un 40 por ciento comparado con el año anterior según las Naciones Unidas. El enfoque de mano dura ha incrementado la violencia. Colombia no ha recibido de Estados Unidos la etiqueta de “fallo demostrable”.

Quizá sea hora de que Washington deje de usar esas etiquetas y estudie los méritos de enfoques alternativos como el boliviano.

Editorial del The New York Times publicado el 14 de septiembre de 2016. 

(Por Lenin Túpac Alfaro) Este año 2016 que recién finaliza,  igual que años anteriores, no nos deja muchas “ganancias”  como sociedad, y lejos de frotarnos las manos esperanzados en un 2017 lleno de oportunidades, nos toca afrontar la realidad y aceptar que no nos va a cambiar “la suerte” porque nos dimos “el abrazo a las doce” o porque  los politiqueros de turno nos desearon a manera de cruel burla, todo tipo de parabienes y bendiciones en las pasadas fiestas decembrinas.

“El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón” Erich Fromm.

La salida de la desesperante situación de atraso y subdesarrollo que vive el país; no pasa por esperar milagros de dioses del cielo o confiar en promesas absurdas de los autoproclamados líderes de uno y otro lado de la pasarela política tradicional, ni de las limosnas provenientes de la caridad internacional, ni de las remesas que de buena gana mandan y comparten nuestros expatriados.

lenin6

De ninguna manera pasa porque usted lea este artículo y le dé “like”, o porque algún motivador de oficio  (coaching) lo anime a madrugar y trabajar duro para dar el kilómetro extra para sus jefes o que uno de los multimillonarios pastores, apóstoles, profetas, representantes cardenalicios y demás mercachifles de la fe le diga con endulzada voz: “lo mejor está por venir”.

Tampoco se trata de las resoluciones individuales de año nuevo (dejar de fumar, perder peso, aprender a bailar, tocar guitarra o retomar las clases de inglés, etcétera) que nos van hacer figurar en el concierto de las naciones desarrolladas del primer mundo.

La solución a toda esta problemática, no está en hacer más de lo mismo y con los mismos, sino más bien en  desobedecer y rebelarse, en hacer todo lo posible y hasta lo imposible para derrumbar las estructuras que conforman y sostienen al cruel e inhumano modelo de explotación y saqueo, que privilegia a la clase dominante.

Que el año nuevo traiga nuevos y mejores tiempos, nuevos y mejores hombres y mujeres y con ellos se levante una fuerte, valiente, decidida y liberadora insurrección popular. Son mis mejores deseos.

(Por Víctor Meza) La tentación es muy grande y no somos pocos los emborronadores de cuartillas que sucumbimos ante ella. Es la tendencia a hacer pronósticos, cálculos y profecías cada vez que termina un año y comienza el otro. Nos sentimos, generalmente sin darnos cuenta, profetas, zahoríes, adivinos que, con bola de cristal o sin ella, nos atrevemos a vaticinar los hechos, intuir las tendencias y señalar el nuevo rumbo. Es, si se quiere, una debilidad humana, y como tal hay que tolerarla.

Es una opinión común y mil veces repetida que los finales de año son propicios para la reflexión y el balance, el momento de hacer cuentas y valorar nuestros logros y fracasos, los planes cumplidos o a medio cumplir, las metas alcanzadas o por alcanzar. Nos convertimos en nuestros propios jueces, valorando lo que hemos hecho o dejado de hacer, emitiendo sentencias íntimas que califican o descalifican nuestro proceder. Es casi una oportunidad para reconciliarnos con nosotros mismos.

El año que viene se anuncia como uno cargado de tensión y mucho riesgo. La gente suele llamarle “año político” (como si los demás años no lo fueran), por aquello de que es año electoral. Las elecciones se convierten en el tema central, el punto de agenda en torno al cual giran y se desarrollan todos los demás acontecimientos. Pero este año, el 2017, estará inevitablemente contaminado por un tema que puede resultar muy explosivo. Me refiero al continuismo político, disfrazado de reelección presidencial.

meza

El gobernante, empecinado en reciclarse de huésped a propietario de Casa Presidencial, se dispone a imponer su reelección a como dé lugar, violentando el orden jurídico y burlándose de las instituciones y el Estado de derecho. No habrá de escatimar esfuerzos para lograr su ambicioso objetivo. El poder, una vez más, se revela como una droga alucinante, capaz de trastocar el buen juicio de cualquiera y obnubilar su raciocinio. Es la demencia del poderoso, que cree tener una misión mesiánica para alcanzar metas fabulosas, vocación faraónica que nubla la mente y, por lo general, conduce al condenado hacia el fracaso. Es la metamorfosis del poder.

Pero el fracaso no es individual ni puramente personal. Antes, el obnubilado arrastra consigo a los demás, a los que le rodean y a los que le adversan. Conduce al país, con ceguera insólita, hacia el borde mismo del precipicio. No le importa, su mente está poseída por la idea del poder infinito, por el afán interminable del mando y la hegemonía. En su retorcido razonamiento, la continuidad de su mandato es casi una premisa divina, una derivación incontrolable de poderes tan superiores como incuestionables. Es casi la locura y la alucinación que se desprenden del ejercicio autoritario y arbitrario del poder público.

A su lado, en sumisión devota, un coro de incondicionales entona los cantos áulicos. Son los lambiscones palaciegos, que nunca faltan. Entre ellos, sobresalen los sabios municipales, los que se encargan de retorcer las leyes para dar sustento formal a sus argucias de leguleyos cagatintas. Más allá, en fila de espera, se alinean los legisladores, esos que se apodan entre sí “honorables” y aseguran ser los representantes de todos nosotros, inofensivos o indiferentes mortales que no somos capaces de impedir el sainete.

Así, en caravana siniestra, el país marcha hacia el encuentro con el nuevo año.

En el camino habrá de enfrentar obstáculos y encrucijadas, abismos y hondonadas, riesgos y peligros. Ojalá que logre sortearlos y pueda salir indemne de esta inútil y alocada travesía a la que nos empuja la demencia del poder y la ambición desmedida de unos cuantos.

Los ciudadanos no debemos permanecer indiferentes, a riesgo de quedar convertidos en obedientes y sumisos súbditos. Es la hora de la unidad para salirle al paso a la demencia e impedir el derrumbe final de las ya tambaleantes instituciones republicanas. La oposición ciudadana, más que puramente partidaria, debe ser lo que nunca debió dejar de ser: debe ser opción permanente, alternativa creadora, propuesta novedosa, si es que en verdad quiere ser instrumento de la transformación social y de la democracia política. En la Honduras actual, la oposición es opción o no es. Es unión o no es. Es decisión firme e irrenunciable o no es. Así de simple.

Ya lo ven, estimados lectores, al final de año uno siempre termina sucumbiendo ante la tentación del zahorí.