Wednesday, Sep 18, 2019
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Dicen los que saben de lógica que los problemas suelen tener solución, pero que los dilemas no. Si eso es así, la situación del gobernante local debe ser un tanto estresante y, por momentos, insoportable; sin embargo, así es el poder, sobre todo cuando se le asume como una obsesión, una especie de droga que a la vez que excita calma los ímpetus y modera la ansiedad, cuestión de adicción. Charles De Gaulle solía decir que el encanto del poder reside en el misterio.

Ese halo de secretividad desconocida que rodea la vida del poderoso, envuelve sus actividades cotidianas y encierra en un manto de opacidad nebulosa todos los ángulos y triángulos de su vida privada. El misterio aumenta el poder porque lo rodea de secreto. El que no sabe se siente impotente ante el que todo lo sabe. El secreto esconde la información que el ciudadano anhela y necesita. El poderoso la controla y administra. Ese solo hecho, la escabrosa virtud de conocer la esencia de los hechos, lo hace creerse superior, elevado, inalcanzable para el hombre de a pie, el que no sabe, el que lo ignora todo.

Pero es una superioridad con frecuencia engañosa. Me ha tocado ver, en más de una ocasión, dentro y fuera de Honduras, la forma un tanto grotesca, discretamente ridícula, en que funcionarios poderosos alardean de contar con datos e informaciones que son falsas o, por lo menos, suavemente maquilladas por sus colaboradores y asesores de turno. El poderoso cree saberlo todo, pero llega un momento, en su ya prolongado mandato, cuando solo sabe lo que sus asesores áulicos quieren que sepa. Solo sabe realmente lo que él mismo quiere saber: lo bueno, lo positivo, lo que le da paz y tranquilidad nocturna, el pensamiento ilusorio, la burbuja abstracta de la buena conciencia…

El poder obnubila, no hay duda, pero también fascina, encanta y seduce. Hay que estar preparado para gestionar su manejo, evadir sus tentaciones cotidianas y moderar sus ímpetus escondidos. Y, por eso, por su gelatinosa condición de droga, el poder engaña, con más frecuencia de lo que el poderoso cree. Prisionero de una ilusión, el gobernante, finalmente, intuye, atisba y descubre que no todo es tan de color de rosa como se lo pintan sus consejeros palaciegos. Se da cuenta de que ya no las tiene todas consigo y que, por fin, está llegando la hora de preparar la salida, la discreta y negociada retirada que le permita una fuga sin burla, un abandono en silencio, un repliegue acordado que respete su fortuna y olvide los delitos suyos y los de los suyos.

Al momento de negociar los términos de tal salida, el otrora poderoso y hoy acobardado ratón en huida pensará siempre en sus intereses primarios, en su destino personal. Atrás quedarán las ansias y la confusión de sus antiguos patrocinadores, de sus colegas de andanzas, de sus compañeros de partido. Es la inevitable lógica de la fuga, la dinámica del desconcierto y la traición, el turno del cobarde. Me ha tocado ver momentos parecidos en mi vida y, debo confesar, son momentos entre dramáticos y ridículos, es triste. El gobernante actual solo tiene dos objetivos que, en el fondo, son uno: adquirir la legitimidad posible, aunque sea mínima, para poder terminar su ilegal período.

Llegar a enero de 2022, luego de haber sorteado todas las dificultades, dudas, descreimientos, rechazos y hasta desprecios, pero llegar a la fecha que marca el final de su fraudulento gobierno y de su corta y vergonzosa carrera en el espacio viscoso de la maloliente política criolla. Así, señor, terminará su carrera, corta pero provechosa, breve pero muy dañina. Esto será así, si se cumplen las premisas de la hipótesis inicial, la de la salida negociada.

¿Y qué tal si esa precondición no se cumple y su salida es el fruto de una estampida inesperada en la que se combinen, en menjurje siniestro, ambiciones criollas con intereses externos?, ¿qué tal si el entorno regional se vuelve tan inestable y sorprendente que, en su avalancha, arrastre con usted sus sueños faraónicos, su megalomanía monárquica y la de sus últimos tristes, desconcertados y lamentables bufones criollos? Ese, señor, sería un final tan lamentable como grotesco, sería la solución al problema, pero siempre quedaría flotando en el ambiente para la sociedad hondureña el desafío del dilema.

(Por Edmundo Orellana) El gremio de los transportistas rechazó enérgica y públicamente la participación de los políticos y de los partidos políticos en el paro que decretaron, como respuesta a algunos de estos que invitaron a sus parciales a solidarizarse con ellos.

No es la primera vez que esto ocurre. El movimiento de los indignados y el de las antorchas, también hicieron público, en su momento, su rechazo a la presencia de los políticos en sus multitudinarias marchas.

Este repudio debía ser motivo de preocupación para los dirigentes políticos. Porque rechazan no solo su presencia sino también su solidaridad en las causas realmente populares, hundiendo su prestigio en un insondable abismo de incredulidad popular.

Los movimientos de los indignados y el de las antorchas, emanados de las entrañas mismas de la sociedad, exigían combatir la corrupción y la impunidad, el de los transportistas, en cambio, es de empresarios que gozan de una concesión estatal para prestar un servicio público cuyos usuarios se cuentan por millones, que despliegan una estrategia empresarial para defender sus intereses comerciales afectados por el aumento del precio del combustible, identificando, muy hábilmente, sus demandas con las del pueblo hondureño, porque su posición es exigir la rebaja del precio de los combustibles, en oposición a la propuesta del gobierno de elevar las tarifas, lo que provocaría, en contra de los transportistas, el rechazo masivo de los usuarios. Astutos los transportistas, pusieron al gobierno en una situación insostenible, manifiestamente contraria al bolsillo de los usuarios, quienes están decididamente del lado de los transportistas, pese a las incomodidades que provoca el paro y a la insistencia de algunos medios, seguramente acogidos al programa de canje de impuestos por publicidad, de colocarlos en su contra.

Han demostrado más organización, disciplina y perseverancia que los indignados y los antorcheros. Los intereses económicos unen más que los valores y principios cívicos en un pueblo cuya cultura nacional es mínima debido a que el régimen político ha eliminado del sistema educativo, desde hace mucho, todo aquello que contribuye al fortalecimiento de nuestros valores culturales nacionales en el marco de los principios democráticos. Y, sin embargo, surgieron los movimientos de los indignados y de las antorchas.

Volviendo a los dirigentes políticos. No fueron bienvenidos en estos movimientos. Ni siquiera con demostraciones de solidaridad. No las necesitaron, según los transportistas, convencidos de que se bastan por sí mismos para luchar y tener éxito. Curioso, puesto que son sus amigos, con los que, algunos de ellos, participaron, en las últimas elecciones, como candidatos a cargos de elección. Si los conocen, ¿por qué desconfían de ellos?

Lo que ocurrió con los indignados y los antorcheros, quienes movilizaron muchedumbres como nadie en la historia, fue muy aleccionador. Su empuje inicial fue suficiente para que el gobierno, presa de pánico, accediera, a regañadientes, a la MACCIH. Sin embargo, recuperó la calma cuando llegaron los políticos porque invisibilizaron a los neófitos dirigentes de estos movimientos, se apropiaron de sus demandas, apoyados por sus activistas, abrazados a sus banderas partidarias y motivados por sus propias consignas. La calle ya no era de aquellos movimientos espontáneos y auténticamente populares, sino de los partidos políticos. De esos momentos estelares, la memoria histórica ofrecerá un primer plano en el que se destacará la imagen de los líderes políticos -rodeados de gases lacrimógenos y amenazantes uniformados armados- y a su sombra la borrosa imagen de los dirigentes indignados y antorcheros, confundidos con la masa.

Dueños de la calle, los políticos pasaron luego, a liderar las protestas postelectorales, contra la ilegal reelección y el fraude electoral, momentos que ofrecieron circunstancias excepcionales para anticipar las elecciones y hasta convocar una Constituyente. Así de frágil estuvo el gobierno. Pero la oposición nunca llegó alcanzar la organización, disciplina y perseverancia del movimiento de los empresarios del transporte. Pese a lo favorable de las condiciones, fue incapaz de estar a la altura del pueblo que ofreció su vida, su integridad y su libertad personal. Más de 20 muertos, según la oficina local del Alto Comisionado de la ONU, incontables heridos y decenas de presos políticos, es el saldo que ofrecen las protestas postelectorales. Nada de lo que se exigía, se logró, pero cansaron a la masa y terminaron desmovilizándola, con sus esperanzas destrozadas. La ausencia del pueblo en el paro del transporte, que sus dirigentes reprochan, encuentra su causa en esta circunstancia.

Hicieron bien, señores transportistas. Evitaron que los dirigentes políticos infectaran su movimiento.

Y, sin embargo, en las próximas elecciones votaremos por los mismos.

(Por Víctor Meza) Antes que a un ovillo, el ya célebre caso Pandora se parece cada vez más a un estuche de monerías. La mitológica caja se vuelve estuche, pues las sorpresas que debía contener y liberar cada tanto tiempo al final no eran tales porque ya todos las conocíamos o, en el peor de los casos, las imaginábamos. Secretos mal guardados en la aldea del chismorreo y la tertulia holgazana. No pasó mucho tiempo para que los más suspicaces encontraran la punta del hilo rojo que atraviesa el entramado del ovillo.

Y una vez encontrado, el finísimo hilo escarlata nos conduce a través del laberinto, atando cabos y generales, uniendo partes insospechadas, revelando vínculos ocultos, mostrando el verdadero rostro y las mil caras de la corrupción reinante. Es la ruta de la ignominia, el sendero del descaro y la desvergüenza. Los actores de esta tragedia, con aires involuntarios de sainete en algunos momentos, suelen tener dos caras como Jano, el dios bifronte de la mitología romana, fuente, entre otros atributos, de hipocresía y doblez, simulación constante, farsa continuada.

Una, la cara del político dedicado, consagrado al bien común y a la cortesía piadosa; la otra, la cara del sinvergüenza cínico, mentiroso contumaz, saqueador sin escrúpulos que domina el arte malicioso de convertir en privados los fondos públicos. Janos locales que urdieron una complicada trama de transferencias financieras, engaños fiscales, maniobras legislativas y lubricación generosa por debajo de la mesa para drenar los dineros de todos y transferirlos a los bolsillos de pocos. Rara vez ha sido tan evidente el estrecho vínculo que une a la corrupción con la política y, más concretamente, con ciertos políticos.

Caciques regionales, líderes de opereta en la mayoría de los casos, manipuladores de oficio, ‘trujamanes de feria’, como les llamó el poeta León de Greiff en su memorable poema ‘Gansos del capitolio’, todos ellos dedicados con devoción maligna a saquear los recursos del Estado para financiar sus millonarias campañas electorales y, por supuesto, rellenar sus bolsillos y engordar sus múltiples y variadas cuentas bancarias. Hoy, sorprendidos por lo inesperado, aturdidos todavía por una acusación judicial que parecía inimaginable hace apenas unos cuantos meses, no acaban de entender lo que está pasando y, en su descargo, acuden a las argucias más inverosímiles y descabelladas. Ah, los gansos del Capitolio! ‘casta inferior desglandulada de potencia / casta inferior elocuenciada de impotencia / toda aquésa gentuza verborrágica / me causa hastío, bascas me suscita / gelasmo me ocasiona…’, escribió el viejo poeta colombiano del siglo pasado.

Pero hoy el ovillo ha empezado a dejar de serlo. El hilo carmesí que lo atraviesa, al mismo tiempo lo desmenuza y deshace. Al simplificarlo lo exhibe en su maloliente desnudez, lo muestra en público y lo desmitifica. Ha quedado expuesto ante los azorados y complacientes ojos de la gente, que, por fin, ha podido comprobar en público lo que todos comentaban en privado. Los lazos que atan y fusionan lo peor de la política con la peste de la corrupción muestran también hasta qué punto el Estado hondureño ha sido degradado y sometido a una gradual desintegración ética por parte de muchos de aquellos que, por las razones que fueran, estaban llamados a construirlo y fortalecerlo.

El Estado actual es, en buena medida, la obra todavía imperfecta de ciertos políticos inescrupulosos y corruptos que olvidaron y confundieron la gelatinosa frontera que separa lo público de lo privado, los bienes nacionales del patrimonio particular. Casos de corrupción escandalosa como los del Instituto del Seguro Social, los pactos de impunidad, el caso Pandora y otros que seguramente aparecerán más temprano que tarde muestran claramente el fracaso de la mal llamada ‘clase política’ criolla en edificar un Estado de derecho, construir democracia y generar cultura política moderna y pluralista. En lugar de eso han construido todavía a medias un armatoste inútil para la democracia, un aparato diseñado para la corrupción y la opacidad, para el secreto y el abuso.

Y, aun así, ese mismo aparato defectuoso, presionado por dentro y hostigado desde afuera, se ha visto obligado a reaccionar, aunque sea con timidez y vacilación, ante el descaro infinito y la voracidad ilímite de los políticos profesionales, legisladores, funcionarios y activistas corruptos que, cual moscas insolentes, pululan por todos lados y nos obligan, como dijo el viejo poeta: ‘Después de tantas y de tan pequeñas cosas/ busca el espíritu mejores aires/ mejores aires…’