Sunday, Dec 8, 2019
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Circo y algo más

(Por Edmundo Orellana) Lo que ocurre en el Congreso Nacional es una manifestación de la cultura hondureña del siglo xxi. Son nuestros representantes porque son expresión auténtica nuestra. El desenfreno verbal soez, es la cualidad más sobresaliente de nuestros representantes porque coloquialmente el hondureño es proclive a ese lenguaje. No nos extrañe, pues, escuchar una voz femenina que, imponiéndose a una ruidosa bronca en una turbulenta sesión del Congreso, vocifera vulgaridades como si se dirigiese a su esposo, hermano o vecino. Patética expresión de la decadencia de nuestra sociedad.

Quien lo dude que le de una probadita a las redes. Entre, estimado lector, a Facebook, Twitter y demás, y repare en el lenguaje usado y los temas que preocupan a los usuarios de estas redes. Nada que envidiarle a la jerga de los diputados hondureños, que no hacen más que repetir lo que sus representados, seguramente, les dicen, justificadamente, por supuesto, ya que este es uno de los peores congresos de la historia. Atrás- con la sensación de que se pierde en la oscuridad de los tiempos- quedaron aquellos ejemplos de elocuencia culta, elegante, seductora y convincente que tanto nos enorgullecen y engalanan nuestra historia parlamentaria, como Ramon Villeda Morales, Modesto Rodas Alvarado, Abraham Williams Calderón, Oscar Flores, Pedro Pineda Madrid, entre otros, y cuyas piezas oratorias todavía vibran desde las actas legislativas del periodo 57-63.

Tampoco es de espantarse por las tumultuosas sesiones que protagonizan nuestros diputados, porque ese es el comportamiento social del hondureño. Adonde vamos nos distinguimos por el desorden que provocamos, prueba de ello es nuestro comportamiento en los estadios, en los conciertos y en cualquier evento multitudinario, nacional o internacional. En el pasado también hubo ejemplos de sesiones legislativas tumultuarias. La diferencia radica en que las contemporáneas son incontinencias imperiosas de vulgaridad extrema para exigir cuotas de poder, mientras las del pasado fueron reacciones de dignidad republicana a los ataques de gobiernos despóticos y protagonizadas por repúblicos en defensa de la democracia humillada, como el caso del fundador del PL, Dr. Policarpo Bonilla, apresado en plena sesión del Congreso Nacional por sus filípicas en contra del dictador de turno, por cierto, el fundador del PN.

Habrá quien reproche estos comentarios, considerándolos injustos porque no se ve en ese espejo que refleja nuestra realidad. Si ese es el caso, usted forma parte de los que constituyen la excepción. No se olvide que toda regla tiene su excepción.

Lo que debe sorprendernos y hasta repugnarnos es lo que no hacen y es su deber hacer, cumplir con su función de legislar. Mientras unos provocan la molotera para que les satisfagan sus caprichos, otros la aprovechan, emitiendo leyes en medio del bochinche, para satisfacer los suyos. Nadie, sin embargo, presenta iniciativas encaminadas a atender los problemas que enfrenta el país, que son muchos y de gravedad extrema.

La deportación masiva de hondureños ordenada por el orate de Trump pronto se convertirá, en el país, en una tragedia humanitaria y no forma parte de la agenda legislativa; tampoco preocupa a los “Honorables Diputados” la precariedad criminal en la que se prestan los servicios de salud y educación que motiva los reclamos de los gremios docente y médico, ni la deplorable situación de los pueblos cuyos recursos son saqueados y explotados irracionalmente; igualmente, el desempleo masivo, la pobreza extrema, la desenfrenada corrupción, el narcotráfico, la captura de los espacios urbanos por las maras, la represión política y un largo etc. de urgencias.

Estos vacíos en la agenda legislativa son los que debemos repudiar y condenar enérgicamente. Lo demás es circo, para distraer al que llora la muerte de su ser querido por el crimen organizado, al que cierra su negocio por no satisfacer la voracidad de los extorsionadores, al que huye por no encontrar futuro en el país, ha sido expulsado de su colonia o barrio por las maras o está amenazado de muerte por el crimen, al profesional universitario que no logra insertarse en el mercado laboral y a los desesperados porque su país ha sido capturado por las redes de corrupción coludidas con el crimen organizado.

De todas estas movilizaciones, la legislativa es la única que controla efectivamente el gobierno. Le conviene, entonces, que continúe indefinidamente mientras la movilización popular siga en las calles, porque los reclamos de éstos no pueden ser satisfechos, como los de aquellos, con acuerdos concertados en secreto, reconociendo privilegios, compartiendo espacios de poder y concediendo chambas o subsidios.

La movilización popular debe seguir al margen de lo que ocurra en el legislativo para que sus reclamos se escuchen e impongan por sobre el vulgar espectáculo que nos ofrecen los legisladores. Por eso, debemos seguir diciendo sin vacilaciones: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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