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Círculo vicioso sobre la mesa redonda

(Por Víctor Meza) Como todos los años, pero especialmente en los más recientes, la vieja discusión sobre las relaciones entre el sindicalismo y la política se volvió a plantear con especial énfasis a raíz de la conmemoración del primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Como ya es habitual, los dirigentes sindicales volvieron a dividir sus opiniones entre los que rechazan la presencia de los dirigentes políticos en el desfile, por un lado, y los que, sin mayor entusiasmo, se limitan a permitirlos y tolerarlos.

Es como discutir en la mesa redonda sobre la inevitable y viciosa redondez del círculo. Es una controversia un tanto bizantina, cuyos orígenes se remontan a los inicios del movimiento obrero en Europa y a los debates que rodearon la creación de la primera organización internacional de los trabajadores. La polémica alcanzó una euforia especial después del triunfo de la revolución rusa en octubre del año 1917. Muy pronto, los bolcheviques dividieron sus criterios en torno a la forma en que debían relacionarse con los sindicatos y sobre la naturaleza política que debía adoptar esa relación.

Mientras unos se inclinaban por la autonomía del movimiento, otros proclamaban la necesidad de establecer la hegemonía partidaria sobre los sindicatos. Incluso llegó a surgir un importante movimiento de disidencia conocido como la Oposición Obrera. Buena parte de las polémicas entre Trotsky y la facción estalinista del bolchevismo tuvo que ver con estos debates; o sea, que la cuestión no es nueva, aunque sí adopta, por momentos, aspectos que pudieran ser considerados como novedosos.

En el caso concreto de nuestro país, no debe sorprendernos que esta discusión adquiera nueva fuerza en un año electoral. Los ánimos, poco a poco, se van caldeando, mientras el clima político alcanza mayores niveles de indebida crispación. Eso explica, a lo mejor, la virulencia verbal que utilizan algunos dirigentes sindicales para condenar y rechazar la presencia de los dirigentes de los partidos políticos entre los participantes de la marcha. Los rechazan en nombre de una supuesta pureza, a salvo de cualquier contaminación, del movimiento obrero.

Alegan que el sindicalismo no es político y que, por lo tanto, debe recluirse en los espacios cerrados del economicismo, reduciendo sus demandas a exigencias salariales y mejores condiciones de trabajo. Cualquier proclama o reclamo que huela a política – la democracia, por ejemplo – debe ser inmediatamente rechazada y condenada. En el movimiento obrero no hay, ni debe haber, contaminación irresponsable con la política. Ese es, en esencia, el argumento, mejor sería decir la argucia, principal.

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Ilusos, pobres ilusos, si creen que un movimiento social como el de los trabajadores está al margen de la política. Por su naturaleza social, ligado estrechamente a la conflictividad laboral y a la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo, el sindicalismo, si es auténtico, no tiene más alternativa que la de involucrarse en la lucha por cambiar las relaciones de poder en un Estado y país determinado. Y eso, señores, se llama, simple y llanamente, política, ya sea con mayúscula o minúscula, en dependencia de la mayor o menor seriedad  que se le conceda.

Pero, del otro lado, tampoco es que tienen toda la razón los que abogan por la ‘politización partidaria’ del movimiento sindical. Mucho daño se le ha hecho al movimiento obrero, otrora fuerte y respetado, al ponerlo al servicio de causas episódicas y dudosas, estrechamente vinculadas a la actividad política tradicional. La incursión de los políticos tradicionales en los asuntos sindicales solo ha servido para debilitar al movimiento social e introducirle los virus de la corrupción y el conservadurismo.

La política tradicional, a través de sus peores manifestaciones, ha desmovilizado al movimiento obrero, debilitándolo hasta niveles de casi absoluta sumisión y servidumbre. En esta ingrata tarea, los líderes sindicales, burocratizados y corruptos, han jugado un rol de primer orden. Esa burocracia sindical incrustada en el organismo vivo de la clase obrera le ha succionado el vigor y la sangre al movimiento social, anulándolo y corrompiéndolo. Por lo tanto, la solución no está en rechazar a los políticos en los desfiles ni en cederles la hegemonía del movimiento.

La salida, a mi juicio, está en repensar la política como ciencia y como arte, utilizándola para los fines del movimiento social y, sobre todo, para cambiar al país y construir por fin una sociedad pluralista, moderna, tolerante y democrática. En ese desafío, los trabajadores y sus sindicatos todavía podrían estar a tiempo de contribuir al cambio y a la modernidad. Ojalá algún día lo entiendan y lo hagan.

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