jueves, diciembre 3, 2020
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Crónica: Encuentro con el capo más pobre de Honduras

LA ESPERANZA, HONDURAS

La vida del oficial purgado de las FFAA de Honduras, Santos Orlando Rodríguez Orellana podría ser ideal para un título de un libro y sería un best seller: El capo más pobre de Honduras ¡vive en una montaña!

Para llegar hasta donde vive –por ahora– el oficial dado de baja deshonrosa, hay que cruzar filosos cerros, caminos hechos a punta de piocha y barra de hierro forjada, riachuelos que se vuelven bravos en épocas de lluvias hasta llegar a un pequeño altiplano que queda a 25 kilómetros de la frontera con El Salvador.

Esa comunidad, es una de las tantas olvidadas por el Estado: no hay energía eléctrica, ni agua potable, mucho menos alcantarillado sanitario. Cuando las cosechas son buenas, se come tortillas de maicillo, arroz y frijoles, cuando no hay, los pobladores deben conformarse con tortillas y sal.

La “civilización” finalizó 25 kilómetros atrás, pues hasta ahí llega el último poste de tendido eléctrico…quien tiene energía en esta aldea es un privilegiado. El resto, deben pasar las noches a punta de candiles, trozos de ocotes y velas amarillas para enterrar muertos.

Entre la localidad de Yamaranguila y la aldea donde nació, creció y ha regresado Rodríguez  para dedicarse a la agricultura, la gente debe caminar hasta tres horas y más para poder abordar el autobús que los conducirá hasta la cabecera departamental de Intibucá. Quien no logra abordar la unidad, que suele salir entre las 4:30 y 5:00 de la mañana, deberá caminar otras tres horas si quiere llegar a la ciudad.

“Acá no tengo nada. Si fuera narcotraficante tendría a mi padre en mejores condiciones; rechacé dinero de los narcos para que les dejara pasar la droga allá en La Mosquitia y me quieren acusar de querer conspirar contra el embajador Nealon. ¡Que me muestren pruebas! ¡Me someto a cualquier proceso!”, cuenta el oficial desempleado.

La casa, transferida por el jefe del clan de los Rodríguez a Vidal, el actual patriarca que vive con varios hijos en una vasta propiedad que está en la punta de la montaña, es de adobe. El artesón es de palos cortados, el piso tiene algo de cemento y las paredes están repelladas con una especie de lodo.

Al fondo, hay una letrina donde la persona debe hacer todas las maromas posibles para poder evacuar, corriendo el riesgo de ser picado por una chinche o cualquier insecto que anide ese espacio.

Apenas cuentan con dos focos para alumbrar una hora diaria la casa y apenas son usados porque el viejo Vidal se acuesta temprano en una cama hecha de madera de pino y cubierta con un par de colchonetas y dos camas al fondo del oscuro cuarto que están reservadas “para las visitas”.

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EVITANDO LA INTELIGENCIA MILITAR. Para entrevistarse con el militar purgado hay que hacer un par de llamadas por aquí, mover unas cuantas teclas por allá para evitar cualquier sospecha y seguimiento por la inteligencia del Estado al servicio del orlandismo.

Un carro turismo nos llevó hasta La Esperanza para establecer el contacto con Santos. Al volante va un allegado, su esposa e hija. Se van cruzando miradas en todo el camino. Por ratos hablan del momento que vive el capitán y, por ratos, observan los retrovisores para percatarse si no hay seguimiento de carros picop doble cabina o potentes motocicletas.

“Me estreso con saber que el ‘capi’ lo sigan estos pendejos de inteligencia. Me molesta.”, le dice a este periodista y a Rony Espinoza de Radio Globo, quienes van en el asiento trasero observando cualquier anomalía en la carretera.

Sólo en esta semana tuvieron que cambiar de carro unas seis veces. Algunos fueron prestados por amigos y conocidos para mantener despistados a la despistada inteligencia que quiere controlar. No quieren dejar ningún cabo suelto.

Tras 188 minutos de ir moviendo la cabeza para todos lados, nos encontramos con el capitán y su esposa, la también apoderada legal Jennifer Bonilla. El señalado camina una gorra sencilla, camisa polo y vaqueros para pasar desapercibido por las patrullas militares y opta por moverse en distintos carros para no ser ubicado. Sabe que su cabeza afuera de las FFAA tiene precio.

La gente pasa cerca de él y no lo reconocen. O es que no ven las noticias o “Rambo”, como le bautizaron los compañeros de la “chiri” por sus incursiones antidrogas, aprendió en el ejército a pasar con muy bajo perfil.

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ENTRE HELICÓPTEROS Y MÚRMURAS. Insiste que haber decomisado el helicóptero de “Tony” Hernández lo hizo caer en desgracia. Jamás creyó que la máxima “honor, lealtad y sacrificio” es un cliché panfletario para mostrar unas poderosas FFAA que se casó con el crimen y el político mañoso y con muchos resabios la utiliza para sus intereses y EE.UU. los tiene como unos perros de garra para violar DDHH y perpetrar golpes de Estado.

  • ¿Por qué lo mandaron a La Mosquitia?
  • Fue porque le respondí al general (Fredy) Díaz Zelaya.
  • Eso parece un castigo.
  • No lo veo así. De hecho, estuve hace tiempo ahí haciendo operaciones antidrogas.
  • O sea que la “múrmura” en las FFAA hacen caer en desgracia a cualquiera.
  • Es que yo le digo las cosas en la cara a quien sea y a la hora que sea.

Esa trilogía usada desde tiempos memorables por las FFAA, dirigidas hoy por el general Francisco Álvarez, visto desde la tropa como un pusilánime y sin carácter, mantuvo alienado al personaje central de esta crónica.

Todavía sigue pensando cómo llegó a esta coyuntura cuando se dedicó a tiempo completo –dice– a combatir el narcotráfico y hoy es visto como un capo por la embajada de EE.UU.; si ese empecinamiento persiste, su cabeza estará metida por un de un buen tiempo dentro de una prisión federal si “Matthews”, el agente antidroga que lo interrogó y le advirtió que si no entrega a “Tony”, se lo llevará por terrorismo.

“Capitán, soy tu última salvación, entreganos a Tony Hernández, a  Wilter Blanco y a Roberto de Jesús Soto (transportista de drogas capturado por la Policía) y a otros oficiales de las FFAA que participaron en actividades ilícitas”, le dijo días antes del accidentado encuentro el agente antidrogas al oficial a través de una conversación por el sistema de mensajería WhatsApp y revelado por el director de este periódico, David Romero y que aun retumba en la mente del otrora soldado.

El capitán es consciente de esa amenaza e insiste que le presenten pruebas. Él actúa si le dan pruebas, dice, si le presentan evidencias que haya tenido contacto con Wilter Blanco –otro extraditable– y Tony Hernández, responderá a través de su esposa y abogada, que ha asestado golpes inteligentes a la cuestionada institucionalidad que pretendió mantener a su marido bajo control.

Mire a amigo –me dice–, “¿sabe por qué fui a la embajada? Porque me gusta dar la cara. Es más, de entrada me dijeron que me quitara la ropa para ver si no llevaba tatuajes y me quité la camisa y me bajé el pantalón hasta la mitad para demostrarles que no llevaba nada, ni siquiera micrófonos”.

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LA SALVADORA. Jennifer, es hija de una señora que le ha vendido comida a las FFAA desde hace 27 años, aproximadamente. Su cara es fina, de cuerpo voluptuoso y con una voluntad de acero que le ha permitido salir en defensa del jefe de hogar y ha mediatizado el caso que involucra a Santos con los otros dos investigados por el gobierno de EE.UU.

“A mi marido lo quieren involucrar en cosas que no son. No lo acepto; no conoce ni a Wilter ni a Tony y EE.UU. lo quiere culpar de querer atentar contra el embajador”, sostiene la jurista que ha tenido que cambiar muchos hábitos si quieren seguir vivos un día más.

Se sienta en la grada de un turismo estacionado a pocos metros de la famosa gruta, icono que caracteriza a La Esperanza, y coloca su cabeza en las piernas del capitán que sigue pensando cómo fue involucrado en la trama que lo tiene fuera de la institución que ingresó cuando tenía unos 16 o 17 años, como forma de huir de la espantosa pobreza que asola a ese departamento, eterno bastión del Partido Nacional.

CONTROL AZUL. Este departamento es de “vocación” nacionalista: la preferencia política se traslada a los hijos como parte del saber popular, como parte de esa cultura bipartidista que tiene a Honduras en el foso de la miseria.

Al menos, la familia del capitán se quitó de tajo cualquier sentimiento que pudieran tener hacia el partido que ha hecho caer en desgracia a su hijo. “Al menos, yo, no vuelvo a votar por los cachurecos”, dice el jefe del clan que viste una camisa de un viejo club y tiene varios días de usarla.

Una pegatina arrancada de la puerta de entrada a la casa apenas muestra algunas facciones de Ricado Álvarez,

Sus otros hermanos, expolicías y agricultores, corrieron la misma suerte. Uno de ellos fue asesinado; dice uno de los hermanos que la muerte fue contingencial. Que a un agente se le disparó el arma mientras la limpiaba la pistola de reglamento… “No me trago ese cuento”, dice.

El capitán se quedó sin trabajo y sin los 30 mil lempiras mensuales de sueldo que, con deducciones, le quedan unos nueve mil lempiras e insiste que quiere volverse agricultor, sembrar en el altiplano donde queda la vivienda de don Vidal, aunque sabe que para sacar granos básicos de la escabrosa aldea que, de hecho, es una fortificación por los riscos y salvajes barrancos que la aíslan del resto del territorio.img_20161029_163648_603

Hacia abajo de la colina, vive Cristóbal, el mayor de todos los hermanos; no pudo estudiar y se dedicó a la labranza. A temprana edad le amputaron la mano izquierda por un accidente de trabajo.

Casi llora al saber que las FFAA echaron a su hermano de la peor manera. Apenas logra contener el llanto y jura que Santos es honesto, que jamás se vería involucrado en cosas que pueden perjudicar a su familia. Trata de esconder la extremidad amputada cuando ya va cayendo el sol y dice que todos han sido luchadores.

A los minutos, entra a su casa y trata de seguir la rutina, aunque el día se está yendo. Siempre hay algo que hacer.

Y así, los hijos que viven con don Vidal, los nietos y los yernos o nueras siguen con lo suyo. Se solidarizan con el capitán, pero también saben que acá no se pueden parar; si lo hacen, pueden perder hasta 100 lempiras -el sueldo diario- y verse en apuros a la hora de comer.

Hemos comido una sopa de gallina india; y es que Rumualdo, el segundo de la familia y médico de profesión suele llevar comida a la casa, aunque eso le cueste de tres a seis horas de viaje en un trayecto hasta donde llegan carros de doble tracción.

El médico ha sido un nacionalista convencido, pero está en contra del presidente originario del vecino y blindado departamento de Lempira; desde el desvío de Yamaranguila hasta Gracias distan unos 60 kilómetros y comienza a tener todas las comodidades que extraña Intibucá.

Ya el día se ha ido y el regreso será igual de riesgoso, para bajar la montaña a tan altas horas de la noche hay que tener algo de valor y extrema habilidad para manejar al borde del precipicio porque un carro de doble tracción puede irse al fondo del abismo, sin posibilidades de sobrevivencia.

Estimado lector, quizá usted esté predispuesto a juzgar al capitán purgado de las FFAA de Honduras; quizá los señalamientos en su contra sean ciertos o sean falsos, pero a fin de cuentas será la justicia quien determine si Santos Orlando Rodríguez Orellana es inocente o culpable. No obstante, por ahora, ha sido el chivo expiatorio pero no contaban con la beligerancia de su mujer que ha tenido que aplicar todos los recursos legales para tenerlo libre, aunque eso implique hasta la ira del embajador Nealon.

«Investígueme embajador, hágalo. Estoy esperando que me investigue y me someto a cualquier investigación», dice el afectado.

En este lugar, el cachurequismo ya perdió muchos votos.

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2 Comentarios

  1. en realidad, no creo que sea narco, por historia los narcos ven por el vien familiar si asi fuera su padre y hermanos vivieran en manciones, el sistema lo ha utilizado

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