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De la caída del muro de Berlín a la caída de Washington

(Por Patricia Lee Wynne) Un 9 de noviembre de 1989, un sismo sacudió la Tierra: cayó el muro de Berlín, iniciando un proceso que culminó con la disolución de la Unión Soviética en 1991, hace 25 años.

Pero los oropeles de quien se proclamó triunfador de la Guerra Fría duraron poco: este 9 de noviembre, un terremoto político derribó las murallas de Washington, donde se concentra el poder político, económico y mediático de Estados Unidos.

Increíble pero cierto, un advenedizo del sistema, un multimillonario que vive en un ‘penthouse’ de mármol en Manhattan, se convirtió en la voz de la América profunda, de los obreros que ya no lo son, de la clase media en retirada. Contra su propio partido, contra Wall Street, contra las 100 empresas de la lista Forbes, contra los grandes medios como The New York Times y The Washington Post, Trump barrió a Hillary Clinton, la representante de ese ‘establishment’ y de sus medios, que hasta el último minuto propagaban que había un 85% de posibilidades de triunfo de la candidata demócrata.

El excéntrico millonario, con sus propuestas xenófobas y sus palabras agresivas contra las mujeres, se convirtió en la herramienta que tuvieron a mano los que fueron miembros de la clase obrera estadounidense, destruida con los Tratados de Libre Comercio, y los de la clase media destruida con la crisis financiera de 2007-2008, que dejó a cientos de miles de familias sin vivienda, hacinadas en sus casas rodantes.

Como en el Brexit, se equivocaron las encuestas, los grandes diarios y medios de opinión, demostrando que, más que informar sobre lo que piensa la gente, son poderosas maquinarias al servicio del ‘establishment’, que buscan imponer su agenda a la sociedad. Como en el Brexit, esos mismos analistas no salen de su estupor, y vuelven a culpar a la gente por lo que ellos fueron incapaces de prever: en su columna de The New York Times, Paul Krugman reconoce que gente como él «probablemente no comprende el país»: «Pensamos que, aunque no había superado los prejuicios raciales y la misoginia, era más abierto y tolerante, que una gran mayoría valoraba las normas democráticas y el reino de la ley. Estábamos equivocados».

Acusar a los estadounidenses de prejuiciosos y misóginos y culpar a los incultos y atrasados ciudadanos de las áreas rurales, que no tienen la fineza de la élite neoyorquina o de Los Ángeles, es, cuando menos, una simplificación.

Los verdaderos culpables de este golpe a las instituciones están en Washington. Como potencia hegemónica desde la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos absorbe como una esponja todas las contradicciones que provoca en el mundo: con sus invasiones en Oriente Próximo y su apoyo a Israel contra los palestinos, incorporó el terrorismo musulmán que culminó con el atentado del 11S; con su enfoque militar y represivo para perseguir el cultivo de cocaína y marihuana en América Latina, fortaleció los carteles de la droga, trajo pobreza y muerte al otro lado de la frontera, aumentando la cantidad de inmigrantes que buscan cruzar el Río Bravo, al tiempo que su propia juventud se destruye consumiendo cocaína, heroína, y metanfetaminas; con los tratados de libre comercio, destruyó a la clase obrera de Detroit y Ohio, enviando las fábricas a México y a China; y con la globalización financiera, que llevó al estallido de la crisis financiera de 2008, la más grave desde 1929, arruinó a su clase media.

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Estados Unidos incorporó 56 millones de latinos, convirtiéndose en el segundo país de habla hispana del mundo, pero al mismo tiempo su sistema político se ‘latinoamericanizó’: como viene sucediendo desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego, su sistema bipartidista se destruyó, con la derrota demócrata y la defección de los republicanos, que dejaron solo a Trump.

Todas las acciones de violencia imperial, las guerras salvajes, los destrozos económicos del neoliberalismo rampante aplicado desde Washington, ahora le estallan en la cara, se le vuelven en contra como un bumerán.

El colosal poderío militar estadounidense parece invencible, pero, como Roma en el mundo antiguo, el imperio decae víctima de sus propias contradicciones. Michael McFaul, exembajador de Estados Unidos en Rusia, felicitó en un tuit a Vladímir Putin y a Sputnik por el triunfo de Trump. De hecho, toda la campaña electoral pareció reducirse a Hillary versus Putin, como si el presidente ruso tuviera el poder de elegir al triunfador en la carrera por la Casa Blanca. Como si Sputnik pudiera competir con The New York Times, The Washington Post y el aparato mediático estadounidense. Un halago placentero para un medio que solo lleva dos años de existencia, pero definitivamente falso y excesivo, apenas una búsqueda de chivos expiatorios para ocultar las graves responsabilidades del ‘establishment’ político, corporativo y mediático.

Un cuarto de siglo atrás, Estados Unidos se proclamó el vencedor de la Guerra Fría. Humilló a Rusia y puso la OTAN en sus fronteras. Eximios profesores proclamaron el fin de la historia. Era el triunfo de la ‘pax americana’. 25 años después, culpan de su decadencia al imperio que supuestamente ellos derrotaron.

*Analista internacional y jefa de Redacción de la agencia Spútnik Mundo.

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