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De la masa a la turba

(Por Víctor Meza) Debo reconocer que la escena me causó disgusto y casi repulsión, pero no suficiente como para caer en el desencanto. Un grupo de exaltados militantes partidarios (o simples simpatizantes, qué más da) rodea a dos indefensos periodistas y les agreden o amenazan con lincharlos virtualmente en la vía pública. Les reprochan, airados e iracundos, su supuesta falta de neutralidad en la transmisión de las noticias y la narración de los hechos. Como pueden, en evidente desventaja numérica, los dos comunicadores se defienden y evaden la agresión.

El cuadro es grotesco y produce inmediata repulsión y rechazo. ¿Qué mecanismos o instrumentos de análisis explican esta brusca reconversión de la masa, otrora militante frente a la fuerza pública, en una turba irracional y violenta, que dirige su ímpetu protestante contra dos inofensivos y pacíficos periodistas, que no hacen más que cumplir con su trabajo y obligación laboral? ¿Qué cambios mentales explican esa súbita mutación de objetivos y esa radical reconversión de los antiguos aliados de ayer en inesperados enemigos de hoy?

No es fácil responder con precisión científica a estos interrogantes. Las oscilaciones de la mente humana son múltiples y complejas. No admiten especulación analítica ni juegos conceptuales. A lo sumo podemos aventurarnos, desde el reducido marco de una columna de opinión, a intentar una explicación del entorno y las condiciones que contribuyen a esa extraña mutación de la masa movilizada políticamente en turba espontánea y descontrolada. No es nuevo ni novedoso este fenómeno social y político.

La turba multitudinaria, desbocada y caótica, fuera de sí, dejando atrás la racionalidad de la disciplina, para lanzarse al barullo, a la convulsión anónima, a la explosión total de los instintos. Es el momento en que la masa, sin saberlo, relega su rol histórico de fuerza motriz del cambio y privilegia el momento infeliz de la barbarie, reniega de la rebeldía positiva y sucumbe la pasión destructiva. Cuando todo esto sucede, lo que realmente se pone a prueba es la calidad del liderazgo de la masa.

meza

Si sus dirigentes no son capaces de contener el ímpetu y redirigir las energías hacia los objetivos reales entonces habrá que cuestionar la capacidad real de los líderes. A veces, los dirigentes van al frente porque la masa los empuja, pero en otras ocasiones la masa está detrás porque el líder la conduce. Dos momentos muy distintos que marcan la diferencia entre dirigir y ser dirigido. En la historia de los movimientos sociales abundan los ejemplos de turbas desbocadas que sirvieron para casi todo, pero pocas veces para el cambio y la transformación social.

La masa, cuando pierde el sentido de la disciplina y cae en el remolino de la espontaneidad, es capaz de producir muchas cosas, buenas y malas, revolucionarias o retardatorias, a favor del progreso o en beneficio del atraso. Eran masas las que apoyaban el proyecto nacional/socialista de Adolfo Hitler, las que veneraban a Stalin en la Plaza Roja o a Mao Tse Tung en la Plaza de Tienamen. Muchedumbres manipuladas le pedían a Somoza que continuara en el poder por siempre, hasta la eternidad. Y esas mismas masas aclamaron a los sandinistas en aquel memorable julio de 1979. Masas eran también las que generaron el mayo francés, encabezadas por los estudiantes de París en 1968.

Y paro de contar porque los ejemplos son abrumadores, en calidad y en cantidad; hay que aprender de la historia. Aquí cerca, en el vecindario regional, un dirigente alucinado llegó a calificar a los grupos de choque con el poco afortunado sobrenombre de ‘turbas divinas’. Casi les concedía el poder sobrenatural de aplicar una justicia que, no por terrenal dejaba de parecer ‘divina’. Locuras del poder incontrolado, desvaríos de tiranuelos en ciernes. La turba que agredió a los periodistas de esta historia contiene en sí misma el germen de la fuerza represiva, la pretensión grotesca de la intolerancia.

Si su partido o grupo político escala hasta la cima del poder, esos iracundos militantes (o simpatizantes, qué más da) se convertirán, casi seguro, en los esbirros de mañana, los guardianes de una ortodoxia tan obsoleta como desacreditada. Hay que tener cuidado con ellos. El espíritu represor y arbitrario de la turba es el presagio de la descomposición interna de la masa y el anuncio preocupante de una degeneración política que no permitirá la democracia ni el pluralismo.

Ojo, mucho ojo, con esos enfervorizados ciudadanos que no saben nada ni quieren saber de tolerancia y democracia. Apenas si entienden y se guían por la nostalgia del poder y la fascinación por el autoritarismo, vertical e insoportable. ‘El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas/ es ojo porque te ve…’, advirtió el poeta.

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