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De principios y utopías

(Por Víctor Meza) Cada vez que escucho la palabra principios, introducida con fuerza en los diálogos y en los debates, tiendo a ponerme en guardia. Ya sé que detrás de ese vocablo, con lamentable frecuencia, suele esconderse la vocación por el dogma y la inflexibilidad. Quizás por eso, Groucho Marx, citado después por Woody Allen, solía responder en plan de burla, ante la intransigencia ajena: Por mis principios no se preocupe, tengo otros y puedo cambiarlos… Hay principios que, de tanto invocarlos y defenderlos, terminan en finales de triste recordación.

En su nombre, como sucede en las religiones, se cometen abusos y desmanes que tienen por base la intolerancia y el fundamentalismo. Principios que terminan convirtiéndose en ‘razón de Estado’, piedra angular para justificar cualquier tipo de desvarío autoritario o dictatorial. Hay que tener cuidado con esa gente que para todo esgrime siempre los principios, como el guerrero samurái que siempre tiene lista la espada. Por supuesto, la vida debe regirse por principios, valores, patrones de conducta, formas y contenidos que dan sentido a la existencia y proporcionan significado real a la condición humana.

Pero ello no nos autoriza a mutar esos principios en dogmas, verdades inamovibles que terminan convertidas en obstáculos para la libertad y el desarrollo humano. La flexibilidad sin dobleces, la verticalidad sin rigidez. Todo es relativo y todo es manejable, si se cuenta con la inteligencia debida y la racionalidad suficiente. Se me ocurren estas reflexiones pensando en lo difícil que puede resultar la búsqueda de consensos en el seno de las alianzas políticas, si cada una de las partes llega a la mesa de la negociación armada de principios y dispuesta a defenderlos hasta la muerte… la muerte de la alianza, por supuesto.

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Las coaliciones políticas son acuerdos más coyunturales que estructurales, responden más a la lógica de la táctica que a la de la estrategia de largo plazo. Son fórmulas de solución puntual en coyunturas determinadas, que pueden ser a corto o mediano plazo, incluso de largo plazo, si sus artífices tienen la voluntad necesaria y la tolerancia requerida para concertar los consensos mínimos que den paso a acuerdos básicos de mayor solidez y permanencia.

Todo es cuestión de habilidad, paciencia y tolerancia, mucha y justificada tolerancia. No hay que olvidar el consejo aquel ante la pregunta sobre cómo hacen el amor los puercoespines, que recomienda una fórmula simple: con mucho cuidado… y persistencia, agregaría yo. Nada más. La recién formada Alianza Opositora Nacional (AON) tiene ante sí el reto de formular una base mínima de acuerdos que le permita enfrentar con éxito el desafío electoral y, de resultar triunfante, la formación y puesta en marcha de un gobierno de transformación y reforma profunda de la institucionalidad del país.

Ello requiere de una plataforma de acuerdos tan prácticos como puntuales en torno a los problemas básicos que enfrenta actualmente la sociedad y el Estado. No necesita de innecesarias y aburridas polémicas dizque ideológicas o ‘de principios’. No se puede discutir de ideología con quien no tiene ninguna. Para qué perder el tiempo en debates doctrinarios, generalmente tan abstractos como inútiles. El país requiere soluciones concretas a sus problemas concretos.

Honduras no tiene ni tiempo ni necesidad de agotarse en interminables y desgastantes pugilatos teóricos o supuestamente filosóficos. Plantear los problemas de la Alianza en términos ideológicos equivale a empantanar las negociaciones y cerrar el camino hacia los acuerdos. Pretender ejercer hegemonía en nombre de una abstracta superioridad doctrinaria, equivale a rechazar de antemano a los demás socios llamados a ser aliados. La Alianza, si es verdadera y funcional, no se construye sobre supuestos abstractos ni almidonados discursos teóricos.

Eso hay que dejarlo para la academia. Hoy por hoy, lo que la política reclama y necesita es una buena dosis de sabiduría popular, pragmatismo militante y movilización de calle. Lo demás puede ser una simple utopía. Y ya se sabe que, así como ciertos buenos principios acaban convertidos en malos finales, también hay nobles utopías que suelen acabar convertidas en tristes y lamentables Etiopías. Es bueno recordarlo siempre.

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