Sunday, Oct 20, 2019
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Dios es el culpable

(Por Edmundo Orellana) Eso es lo que se deduce de la respuesta que ofreció el alcalde del Distrito Central cuando se le cuestionó por la falta de agua en las ciudades gemelas, cuando dijo que había que orar para que lloviera.

La culpa no es de quienes jamás se preocuparon por resolver el problema del agua en la capital de la República, sino de Dios, según él que, por varios períodos, funge como funcionario municipal, ignorando el mayor problema que, desde siempre, nos aqueja.

No es responsabilidad del Estado ni del municipio suministrar los servicios básicos a la población, es de Dios. Si no hay lluvia no hay agua potable.

A esa respuesta se asocia otra del mismo funcionario, muy extraña, por cierto. Preguntado sobre su política de destruir cuanto árbol encuentra en la capital y sobre la destrucción del bosque de La Tigra por la ejecución de un proyecto urbanístico en la zona, que, según expertos, amenaza la principal fuente de agua natural de los capitalinos, respondió que el agua la producen las nubes, no los árboles.

Estas respuestas nos dan un cuadro completo sobre la persona que ejerce el cargo de alcalde de la capital. Es un hombre de fe, temeroso de Dios y un profundo conocedor de los misterios de la naturaleza. Tendremos agua si Dios quiere y el bosque no tiene incidencia alguna en las fuentes de agua.

¿Sabrá, el señor alcalde, que el cambio climático se debe, entre otros factores, a la destrucción de los bosques? ¿No está enterado de la preocupación que provocó en el mundo científico la destrucción de la Amazonía por la negligencia criminal del gobierno brasileño? ¿No recuerda el clima que había en Tegucigalpa, y, en general, en Honduras, y la abundancia de quebradas y de ríos antes de que sus bosques fueran desapareciendo por la tala criminal, con la complacencia de la desaparecida COHDEFOR? ¿No se ha preguntado porqué ciudades como Nueva York tienen parques boscosos en el centro?

El señor alcalde en su vida privada es un constructor. A eso se ha dedicado toda su vida. Es un esclavo del trabajo, poseído de una energía inusual en el hondureño y exitoso empresario. Lo que tiene es el resultado de esta obsesión, en la que, quizá, encontremos la explicación de porqué percibe el bosque como un impedimento para desarrollar sus proyectos de construcción, que, en su gestión como alcalde, por más de un período, ha priorizado sobre los que atienden la calidad de vida del capitalino. Lo que resulta extraño es que, alguien como él, deje a Dios lo que debe ser responsabilidad del funcionario, puesto que, si en su vida personal le hubiese dejado a Dios lo que era su deber hacer, seguramente no sería quien es hoy.

No hay agua en la capital porque jamás se preocuparon por resolver el problema. Ningún alcalde lo priorizó. En los últimos años, priorizaron la solución a los problemas del transporte, sin mucho éxito, porque el conocido como Trans-450 es un monumento a la irresponsabilidad, proyecto en el que tuvo participación, y, por cierto, muy sospechosa, un organismo internacional; así como los demás, que ha impulsado el actual alcalde, porque, pese a su conclusión, siguen los problemas de tráfico vehicular, y ahora de mayor magnitud.

Tampoco se preocuparon por resolver el problema de las aguas negras, principal fuente de enfermedades en la ciudad y de dolores de cabeza para los residentes en aquellas colonias en las que han construido enormes edificios de apartamentos, cuyas aguas negras se descargan por los mismos frágiles conductos que por décadas han existido, sin que a nadie preocupe renovarlos. ¿Alguien sabe cómo tratarán las aguas negras en ese faraónico proyecto urbanístico en los que se concentrarán a los miles de burócratas de todos los ministerios? Si eso no se resuelve debidamente, los vecinos pagarán las consecuencias.

Esta negligente conducta de los funcionarios edilicios en relación con la autorización de este tipo de proyectos, que evoca el fraudulento proyecto de Ciudad del Ángel, nos lleva a dudar sobre la pertinencia de la autorización de esa urbanización en La Tigra. Vale más la calidad de vida del capitalino, en general, que la calidad de vida de los ricos que podrán adquirir las mansiones que el proyecto ofrece.

Sobre el tema del agua, que el alcalde quiere dar la impresión de dejar en manos de Dios, resulta que ha trascendido su interés de privatizar el servicio. No es al Dios de los cielos, entonces, a quién reza el alcalde, de ser cierta la información. Su rezo es a otro Dios, esencialmente terrenal.

Ante esta forma irresponsable de responder a las exigencias de la población para que se resuelva el problema del agua en la ciudad capital, debemos decir con firmeza y muy alto: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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