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jueves, mayo 19, 2022
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EE.UU. dio dos millones de dólares a Álvarez Martínez tras ser echado de FFAA

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(Por Manuel Antonio Noriega*) Siempre estuve sorprendido con (Gustavo) Álvarez Martínez por su ingenuidad y por lo que le sucedió después. El caso de Álvarez Martínez es, quizás, el ejemplo más instructivo para mí, de la manera como Estados Unidos utilizan sus amigos hasta cuando ya no le son útiles.

Álvarez, su ejército y su liderazgo eran completamente diferentes a nosotros (Panamá). Ellos mantenían una ideología fuerte que EE.UU. aplaudía, él era un dedicado anticomunista, ante todo lo que era socialmente significativo o beneficioso para la gente. Todo lo que contenía la palabra «social» para Álvarez significaba «comunismo»; el tenía una fuerte fijación contra Nicaragua.

Manuel Antonio, me dijo Álvarez Martínez un día, tengo un sueño: me imagino un día cabalgando en un caballo blanco por Nicaragua, tomando el control de todo y liberando al país de los sandinistas comunistas. Álvarez trató por todos los medios de hacer su sueño una realidad, enarbolando una bandera anticomunista y anticubana, él quería ayudar a Estados Unidos en su campaña contra Nicaragua; todo el tiempo pasaba diseñando su estrategia de guerra.

Fue tanta su obsesión en esa lucha que convenció a los Estados Unidos que le diera su apoyo para lograr el control del ejército hondureño aún saltando la jerarquía sobre otros oficiales más antiguos. Así que para dar gracias a sus patronos en Washington, Álvarez Martínez abrió el país completamente al control de ellos.

Él y sus compañeros militares asumieron el rol de Panamá en (la década) de 1980, de ser fieles sirvientes de sus amos norteamericanos; según Álvarez Martínez, todo esto era necesario para luchar durante la guerra fría contra el comunismo, surge una pregunta: ¿De dónde venía todo este fanatismo de Álvarez Martínez y que tenía que ver con Honduras, si prácticamente no habían guerrillas en su país? Aunque emergió un pequeño grupo llamado Cinchonero (cuyos miembros) lograron tomar varios rehenes en Tegucigalpa, quienes después de muchas negociaciones lograron su salida del país con la ayuda y mediación de diplomáticos extranjeros.

Panamá tuvo una gran participación en las negociaciones, ofreciendo enviar transporte para que pudieran salir de Honduras y garantizándoles seguridad hasta que pudieran abandonar el país. Los Cinchoneros cumplieron con la negociación de liberar los rehenes y Panamá envió un avión de su Fuerza Aérea a recogerlos y traerlos a la ciudad de Panamá.

Álvarez Martínez me llamó inmediatamente pidiéndome que no cumpliera con el trato y que se los regresara a Honduras. Por supuesto me negué; primero, porque nosotros habíamos mediado de buena fe y, segundo, porque yo sabía que esto sería equivalente a la pena de muerte para los rebeldes. Alegamos bastante, pero Panamá siempre se mantuvo firme. Diplomáticamente hablando no se puede, le dije. Estos hombres fueron confiados a nuestra protección. Al llegar a Panamá, nosotros dejamos libres a los Cinchoneros, algunos de ellos viajaron a México, otros a Cuba.

Después nos enteramos que la inteligencia hondureña los había fotografiado a todos y cada uno, probablemente de alguien actuando a través de la Cruz Roja. Y cuando algunos de los rebeldes regresaron a Honduras, Álvarez fue capaz de identificarlos y acabar con ellos, uno por uno.

Álvarez Martínez y yo discutíamos a menudo, pero nos tratábamos uno al otro, con mucho respeto. Él sabía que yo no era ni marxista ni comunista; pero yo apoyaba esos grupos que él tanto odiaba. El problema de los ideólogos es que, a Panamá no podían descifrarla. Nuestros amigos los hacíamos en base a nuestro propio sistema de valores. Chile fue un gran ejemplo.

Los militares panameños mantenían relaciones respetuosas con los militares chilenos, pero cuando el general Augusto Pinochet tomó por la fuerza el poder derrocando s Salvador Allende el 11 de septiembre 1973, nosotros nos preparamos para dar asilo a todos los que lo solicitaran. Había bastante preocupación en Panamá al escuchar las noticias sobre el Golpe de Estado en Chile, ya que varios cientos de nuestros paisanos- estudiantes, izquierdistas, algunos oponentes de los militares panameños- vivían allá.

Llamé a mi contraparte de inteligencia en Chile, el general Augusto Lutz, aunque ya tenía conocimiento que acababa de ser nombrado miembro de la nueva Junta Militar, y me aproveché de ese contacto, para rescatar muchos panameños, chilenos y otros. Mi amigo Lutz, me dio un resumen de los eventos sucedidos y me pasó al teléfono a Pinochet. Inmediatamente reconocí la voz distintiva del general; quien me dijo que tenía una hija viviendo en Panamá y temía algunas represalias en su contra por parte de oponentes izquierdistas.

Sin que me lo pidiera, le dije que le garantizaría su seguridad y lo hice; aunque nunca hubo ningún incidente con ella. En los días subsiguientes, los militares del general Augusto Pinochet detuvieron a miles de seguidores de Allende. Panamá llegó a ser el salvavidas para mucha de esa gente detenida o amenazada con ser arrestada por Pinochet. Panamá liberó más de 1,200 personas, entre ellos, doctores, intelectuales, estudiantes, mujeres y niños.

Joaquín Meza, nuestro embajador en Chile, llenó al máximo nuestra embajada de refugiados. Y cuando no cabía ni un alma más, Torrijos nos autorizó para comprar dos edificios en los cuales dar cabida a más personas, aprovechando nuestro paraguas diplomático. Años después, cuando llegué a ser comandante de las Fuerzas Militares panameñas, fui a Chile a una reunión hemisférica de jefes militares. Pinochet me invitó a su casa a una cena privada. Allí me dijo: «ustedes, los panameños, en verdad salvaron bastantes de esos marxistas. Creo que eran cerca de dos mil, solo dígame algo general Noriega ¿Alguna vez le dieron las gracias?».

Álvarez Martínez en su intento de provocar una guerra con Nicaragua construyó también el comienzo de su perdición. Estados Unidos querían que los contras derribaran al gobierno de Nicaragua. Pero ellos (Estados Unidos) querían actuar, sin darse color abiertamente. No querían estar visibles en este enfrentamiento. Y eso era lo que Álvarez estaba haciendo en forma contraria: exponiéndoles.

Eventualmente esto significó que Álvarez Martínez era un problema; completamente muy diferente a los intereses de Estados Unidos para deshacerse de mi persona. Me negué a participar en el conflicto de Nicaragua. Álvarez Martínez, en cambio, quería hacer demasiado, involucrándose más allá de lo normal.

Así que un día, hubo un golpe de barracas en Tegucigalpa y dado por quien menos se esperaba; sus amigos cercanos, compañeros oficiales de la Fuerza Aérea. EE.UU. ayudaron a instigar y planear el golpe. Las Fuerzas Armadas apresaron su jefe, lo amarraron y lo enviaron fuera del país, a Costa Rica.

El momento escogido para el levantamiento contra Álvarez Martínez es importante. EE.UU. estaba impartiendo un curso de inteligencia militar y operaciones en Fuerte Gulick, una de sus bases en la Zona del Canal. Recuerdo que fui invitado para dar el discurso de graduación y atendiéndolos por la noche, en una recepción en el hotel Continental, sin imaginarnos para nada, lo que se estaba gestando ese día en Honduras.

Las noticias me llegaron temprano el siguiente día, haciéndome saber que el nuevo jefe de las Fuerzas Armadas de Honduras era el general Walter López. Horas más tarde, de ese mismo día recibí un mensaje que Álvarez quería hablar conmigo desde Costa Rica.

Cuando al fin logramos la comunicación, el hombre que escuché al otro lado del teléfono sonaba completamente diferente al Álvarez Martínez que yo conocía: por momentos amargado, derrotado, lloroso, sin esperanza, violento, que buscaba en mí una posibilidad de recuperación del poder perdido y apoyo. ¿Qué puedo hacer por ti? le pregunté, sintiéndome incapaz de pensar en algo que pudiera cambiar su destino.

«Manuel Antonio, llama al general (Paul) Gorman», me dijo, refiriéndose al jefe del Comando Sur de EE.UU. «No he podido comunicarme con él, pero Manuel Antonio, por favor, dile al general Gorman lo que me hicieron, dile que estoy desterrado en Costa Rica, cuéntale todo lo que yo he dicho a ti».

Logré contactar a Gorman.

«Oh, sí, sí, nosotros ya sabemos de eso, gracias por llamar», dijo Gorman, no dándole importancia al asunto y cambiando de tema inmediatamente. Pude percibir que Gorman, ya sabía todo sobre lo sucedido a Álvarez Martínez. Y que, nada cambiaría su suerte.

Todo esto sería intrascendente, excepto que a los pocos días, me visitó un agente de la CIA, quien ya parecía saber de antemano que estaba en contacto con Álvarez Martínez.

«Álvarez va para Estados Unidos», dijo el agente. «Por favor envíele este dinero a través de la cuenta BCCI». El regalo era una gran cantidad de dinero efectivo (dos millones de dólares.) los que se lo envié a Álvarez Martínez y él se fue a vivir exiliado a los Estados Unidos.

Yo estaba asombrado con todo el proceso, pero no lograba entender a los norteamericanos. Ellos creen que todo puede arreglarse con dinero. Todo esto estaba más allá del cinismo, desconectado de la realidad: «démosle algo para que se calme, suficiente para él, su esposa e hijos y para mantenerlo tranquilo. Ya hizo su trabajo para nosotros y se acabó», pensaron probablemente.

Años después, trataron de hacer lo mismo conmigo: me ofrecieron dos millones de dólares lo que parece que era el precio para todo jefe militar para entregar la soberanía de su patria. Álvarez Martínez siempre estaba en mi mente. Y entendí que todo el dinero que me podían ofrecer, no era lo suficiente, para hacerme que me fuera de Panamá. Fue la única vez que lo intentaron.

Gustavo Álvarez Martínez, fue jefe de las FF AA de Honduras desde enero 1982 hasta marzo de 1984. Fue asesinado en Honduras en Enero de 1989

Fuente: Libro The Memoirs of Manuel Noriega. Americas Prisoner. Manuel Noriega and Peter Eisner. Random House, New York, 1997. Páginas 66-70 y 128. Traducción: Ramon Rosa Izaguirre.

*General panameño (QEPD).

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