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El aborto y la hipocresía

(Por Víctor Meza) Como suele suceder con los grandes temas polémicos, esos que despiertan la controversia de inmediato y llegan a crispar los ánimos de los contendientes, el del aborto no puede ser la excepción. Su naturaleza sensible y personal – concierne a la vida, al derecho, a la soberanía corporal, en fin – despierta el legítimo interés de muchos y la obsesión un tanto morbosa de casi todos.

En los últimos días, el aborto ha ocupado los principales espacios de la agenda pública, desplazando hacia lugares secundarios otros temas que tienen o parecen tener más importancia y trascendencia para la vida de la nación. El debate en torno a su eventual despenalización, de acuerdo con la nueva propuesta de Código Penal que se discute actualmente en el Congreso Nacional, ha generado una especie de fiebre colectiva, cuidadosamente estimulada desde la mayoría de los diferentes medios de comunicación social.

Es como si, en el fondo, detrás de bastidores, manos y mentes interesadas manipularan el tema para sumirnos en una polémica tan interminable como intrascendente…al final de cuentas.  Pero no todo ha sido en vano ni todo representa una pérdida de tiempo valioso. Al fin y al cabo, la discusión colectiva sobre el aborto ha servido, entre otras cosas, como una especie de termómetro que nos permite medir los diferentes grados de tolerancia o permisividad, de modernidad o conservadurismo que permean y contaminan la cultura política de nuestra población.

La polémica ha invadido todos los espacios habidos y por haber, desde el púlpito de los sacerdotes, pasando por los escenarios fastuosos de los pastores evangélicos, hasta las tribunas de los académicos y, por supuesto, los múltiples reductos de las diversas organizaciones de la sociedad civil. También ha llegado – claro, qué más se podía esperar en tiempo electoral – a los círculos de los partidos políticos y a los escritorios de los funcionarios públicos.

meza

Todos, con mayor o menor pasión, con mayor o menor prudencia y tolerancia, se pronuncian sobre el tema, expresan sus ideas y opiniones; aunque algunas veces estas más parecen diatribas furibundas, disfrazadas de argumentos para esconder las descarnadas argucias.  La pasión invade el ámbito de los debates y, como es inevitable, los contamina y desnaturaliza.

El apasionamiento febril descalifica la ciencia y se burla de la lógica, por no decir del derecho y la autonomía de los actores involucrados. Lo que importa es refutar al otro, rechazar a priori sus argumentos y derrotarlo en toda la línea. La búsqueda de la verdad y el punto medio del necesario equilibrio racional son las primeras víctimas de este desmesurado ‘debate colectivo’. Nadie admite recesos para calmar el ánimo y sosegar los juicios.

El desenfreno se apodera de todos los actores. Nadie recuerda una verdad tan simple: el cuerpo, nuestro cuerpo, es el territorio que habitamos y, por lo mismo, somos los dueños de las decisiones que, para bien o para mal, le conciernen.  Pero no. Puede más la virulencia del enfrentamiento que la racionalidad de la mente. Y, en el fondo, muy en el fondo, puede más la hipocresía de una sociedad cada vez más desintegrada éticamente, más carente de valores reales, más sumida en el desparpajo moral y en la confusión seudorreligiosa.

O sea que puede más el aborto clandestino de la dama encopetada, asistida por señoritos perfumados y celosos de la castidad fingida socialmente. Puede más la maniobra lúdica del cura o del pastor pedófilos que disfrutan subrepticiamente el gozo de los placeres prohibidos. Puede más, en fin, la apariencia de caballero decente, que esconde la figura grotesca del burócrata libidinoso.

Y toda esta hipocresía, suma de falsedad acumulada, se vierte sobre la indefensa mujer que, preñada por el violador, quedará condenada a llevar su carga infame por los siglos de los siglos, como si fuera una penitencia religiosa sancionada por el voto irresponsable y canalla del Estado. Ah, sociedad la nuestra, cada vez más hipócrita y cada vez menos ética…

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