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El liberalismo hondureño

(Por Edmundo Orellana) El liberalismo hondureño vive sus peores momentos. El Partido Liberal pasa por una de sus peores crisis y están amenazados seriamente los postulados del liberalismo consagrados constitucionalmente desde el nacimiento de la República.

La situación del partido es responsabilidad de sus miembros. La negación de los postulados del liberalismo es el resultado de la arbitrariedad en el ejercicio del poder y de la inexistencia de una auténtica oposición política.

La crisis del PL viene desde el golpe de Estado. Sin embargo, su intensificación se debe a la intransigencia de sus dirigentes que prefieren agredirse en lugar de dialogar. Cualesquiera que sean las diferencias políticas entre correligionarios, siempre serán de menor importancia que las diferencias ideológicas entre partidos y ciertamente insignificantes frente al ejercicio arbitrario del poder político.

Los verdaderos adversarios del PL no están dentro de este. Están en los demás partidos. Lo que podría haber entre correligionarios son perspectivas diferentes sobre cómo el PL debe abordar la solución de los problemas nacionales, pero siempre desde las trincheras ideológicas del liberalismo. Lo que significa que, aunque sea animado por buenas intenciones, jamás podrá reputarse liberal la posición que, desde el seno del PL, levante la bandera del totalitarismo como medio para llevar a cabo los postulados del liberalismo. Dictadura y liberalismo se excluyen entre sí. Es más, el liberalismo político surge históricamente para combatir y sustituir el absolutismo.

El PL no puede, salvo que se niegue a sí mismo, atentar contra la democracia. Los grandes hitos históricos que definen nuestra identidad nacional son responsabilidad del liberalismo. Las Constituciones de 1894 y 1957, animadas por el pensamiento liberal, son claros ejemplos de las aportaciones del liberalismo al desarrollo de nuestro país.

El patrimonio político hondureño que legara el gobierno de Villeda Morales es de un incalculable valor. Los derechos sociales, en particular la seguridad social, es el legado más importante del liberalismo de la segunda mitad del siglo XX. En casi sesenta años de existencia, la cobertura tendría que ser muy cercana al 100% de la población económicamente activa; sin embargo, nunca ha superado el 20%. Lo mismo podríamos decir de la reforma agraria, de la que solamente queda el cascarón vacío de lo que fue el Instituto Nacional Agrario, actualmente dedicado a vegetar mientras conspira en contra de la reforma agraria.

El ejercicio arbitrario del poder político es el enemigo principal del liberalismo, que nació luchando contra el absolutismo y evolucionó enfrentándose a todas las modalidades de autoritarismo. Sin embargo, los dirigentes del PL dejaron que su principal adversario construyera un gobierno totalitario, mientras se desgastaban en insignificantes e infructuosas peleas internas, dañando irreversiblemente el prestigio del PL y debilitándolo.

Ahora resulta que ya no se trata solamente del ejercicio arbitrario del poder político, sino de otra modalidad de arbitrariedad. Es el uso del poder por las redes de corrupción estrechamente ligadas con el narcotráfico. En otras palabras, ya no se trata solamente de atentar contra la República, la democracia y el Estado de Derecho, sino de garantizar impunidad total a los saqueadores del erario y, de paso, favorecer al crimen organizado.

La primera y más golpeada víctima de esta cadena de arbitrariedades, ha sido la democracia. Sin embargo, gobierno y oposición simulan empeñarse en un proceso de restauración de la misma, mediante, lo que denominan, reformas electorales, que no pasan de ser meras reformas institucionales, según lo que ha trascendido.

Este es el escenario del PL en su 129 aniversario. En esa edad, la senilidad es normal entre los humanos. En cambio, en las instituciones es posible que el paso de los años sea de provecho siempre que se sometan a un proceso de renovación permanente, que no es el caso del PL, cuya dirigencia nacional, departamental y local vive aferrada a las glorias del pasado, las que creen suficientes para atraer votantes, lo que evidencia su desconexión con el presente, especialmente con las generaciones nuevas de votantes, ignorantes de ese glorioso pasado y anhelantes de que el presente atienda sus necesidades y aspiraciones.

Para que los dirigentes liberales inspiren confianza para resolver los problemas nacionales, deben mostrar madurez en el manejo de sus problemas internos y formular propuestas novedosas. Abandonar la intransigencia, tendiendo puentes de comunicación y de entendimiento, debe ser el primer punto de la agenda política de los liberales. Es la única forma de que el PL sea una opción para que el ¡BASTA YA! se exprese plenamente en las próximas elecciones.

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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