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El llanto de los niños migrantes 

(Por: Filiberto Guevara Juárez) Hace poco más de 2,000 años, hubo un niño que lloró. Ese niño, era el niño Jesús, el Mesías, el Redentor de la humanidad entera. Ese llanto del niño recién nacido, iluminó de alegría el rostro de su joven madre, María de Nazareth. Ese llanto fue de alegría, de esperanza; pero actualmente, el mundo entero gime como con dolores de parto, ante el llanto lastimero de los niños migrantes que, por culpa de un sistema económico mundial corrupto, inoperante e injusto, obliga a muchas madres a desplazarse y desarraigarse de su tierra natal, en busca de la esperanza, en busca de una tierra prometida.

Las madres y niños migrantes centroamericanos, de Honduras, El Salvador y Guatemala; al igual que las madres y padres desplazados de guerra en el país de Siria y otros países del mundo, van en busca de un lugar más seguro para vivir. Ellos merecen ser acogidos en cualquier parte del mundo, porque migrar es un Derecho humano. Derecho, que actualmente está siendo conculcado por gobernantes excesivamente nacionalistas en el mundo entero.

Cada ser humano, es un ser único, es un misterio inefable. Por eso, cada niño que nace en el mundo, es a la vez, en sí, todo un mundo de esperanza que se abre a la humanidad entera como tal; no son un problema; son una solución en si misma. No existe actualmente, forma de predecir qué llegará a ser en el futuro cada niño en el mundo, porque todo un universo de posibilidades se abre hacia ese ser lleno de misterio, que es un niño. Es por eso, que los que actualmente gobiernan a los EE.UU., deben abrir sus brazos a esas criaturas que la providencia divina les envía, y acogerlos como parte integral de su Doctrina Del Destino Manifiesto, que hizo posible que dicha gran nación del norte, los EE.UU., se convirtiera actualmente en lo que es: en el crisol de razas de una nación de inmigrantes, con Nueva York a la cabeza, donde la estatua de la libertad levanta su antorcha, que diera su bienvenida hace varios siglos, a miles de inmigrantes de todas partes del mundo. De ellos formaron parte los padres del actual presidente de los EE.UU., Donald Trump, los entonces jóvenes inmigrantes, Fred Trump y Mary Anne Mcleod.

Ante el llanto lastimero de los niños migrantes del triángulo norte centroamericano, que lo conforman los países de Honduras, El Salvador y Guatemala; la esposa del actual presidente estadounidense, la señora Melania Trump y, su hija Ivanka, actual asesora del presidente de EE. UU. instó a poner fin a la separación de familias inmigrantes. Es quizá, por eso, que el 20 de junio del presente año, el actual presidente de los EE. UU., Donald Trump firmó un decreto presidencial para poner fin a la separación de las familias de inmigrantes en la frontera, revirtiendo una práctica que generó desprecio nacional e internacional y, malestar dentro del propio Partido Republicano.

Trasciende ya, que antes de que Trump anunciara el decreto anteriormente aludido, el presidente de la Cámara de Representantes, el Republicano Paul Ryand, había dicho que hoy (21/6/18) someterá a votación un proyecto de ley para atender ese tema, que además busca resolver la situación de los “Dreamers”, inmigrantes indocumentados traídos al país cuando eran niños.

La clase política estadounidense, deberá hacer la mejor lectura posible de lo que en un futuro muy próximo pasará en EE. UU. si no se revitaliza como nación en materia de relevo generacional, que tanto necesitan como nación, ya que la tasa de natalidad es de 62 nacimientos por cada mil mujeres de entre 15 y 44 años, según datos del Centro Nacional de Estadísticas de Salud, siendo esta la más baja de su historia. Ellos tienen expertos en ese tema, a los cuales deberán escuchar como técnicos, porque actualmente países como Japón y otros países de Europa, al no haber puesto cuidado a tiempo, al problema demográfico de un adecuado relevo generacional; tienen actualmente en precario a todos los sistemas de previsión social, como producto de una población envejecida que ya no logra responder a la necesidad cada vez mayor de población económicamente activa.

Los EE.UU. no enfrentan dicho problema en perspectiva porque como nación es rejuvenecida por los inmigrantes de todas partes del mundo y, especialmente de Centroamérica y del resto de los países latinoamericanos. Demostrado está, que los inmigrantes centroamericanos en su mayoría no son delincuentes como erróneamente lo enuncia Donald Trump; sino personas con un enorme espíritu de superación, que actualmente con su trabajo y capacidad de emprender, contribuyen sustancialmente al Producto Interno Bruto de los EE.UU.; de eso no queda la menor duda, las cifras económicas hablan por si mismas. Según los expertos en el tema, se estima que la actividad productiva de los inmigrantes contribuye al Producto Interno Bruto del Estado de California, en 130 mil millones de dólares al año, según la Universidad del Sur de California y el Centro de Política Inmigrante de California.

Debido a que la extensión territorial de los EE.UU. es de 9,834,000 km2, y su población estimada es de 325 millones aproximadamente, entonces su densidad poblacional es moderada (33 habitantes por km2). Por lo tanto, si se logra impulsar una reforma inmigratoria visionaria y adecuada; lo más probable es que el beneficio económico y social a corto, mediano y largo plazo, sea factible. Demostrado está, que actualmente muchos hijos de inmigrantes destacan por su brillantez intelectual en muchas universidades de los EE. UU., entre ellos muchos latinoamericanos. Eso no debe ser desconocido por la actual clase política estadounidense.

No debe caber la menor duda que, el éxito de los EE.UU. como país, está indisolublemente ligado, principalmente, a sus vecinos latinoamericanos. Deberán tomar muy en cuenta que, en la antigüedad en México, Centroamérica y Suramérica florecieron grandes civilizaciones. Fenómeno cultural que no sucedió en el territorio que actualmente ocupan EE.UU. y Canadá. Por lo tanto, genéticamente la población latinoamericana, está dotada de genes de inteligencia, en espera de tan sólo una oportunidad para manifestarse como tal. La práctica lo demuestra así, por lo ya aludido anteriormente.

Ojalá que el llanto de los aproximadamente 2,300 niños, hijos de inmigrantes centroamericanos, despierten aún más, la conciencia de la clase política estadounidense, y logren impulsar lo más pronto posible, una reforma política inmigratoria integral y visionaria que favorezca a los EE.UU. en particular, y a los países latinoamericanos en general. Todos los niños del mundo representan una esperanza de vida. De ellos es el Reino de los Cielos, sentenció Jesucristo hace aproximadamente 2,000 años. Por lo tanto merecen la protección de todos los Estados del mundo, ya que ellos representan al verdadero Patrimonio de la humanidad entera.

San Pedro Sula, 21 de junio de 2018.

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