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El poder de la burocracia

(Por Edmundo Orellana) La información fidedigna es el origen del saber y éste es la fuente del poder.

Conoce, y muy bien, quien dispone de los datos ciertos y suficientes para tener una idea clara sobre el objeto de su interés. Sin ellos, las conclusiones no son más que simples especulaciones, hijas del error o de la mentira.

Quien tiene más información se coloca en una posición privilegiada porque está en condiciones de tomar las decisiones idóneas, sacándoles el mayor provecho. Y los demás lo ven como una fuente segura de conocimientos (sobre la realidad social, económica, política, cultural, etc.; o sobre la vida personal o profesional de los individuos) y, por ello, es admirado o temido. En esto consiste su poder. Por eso no comparte con nadie lo que sabe, pero se asegura que todos sepan que es el mejor informado.

La organización que más recopila y más genera información es el Estado. Todo dato, evento o hecho le es útil y tiene la capacidad para registrarlo, analizarlo y sacar conclusiones útiles para sus fines. Con toda la información que es capaz de recopilar y producir está en situación holgada para hacer las cosas bien. Pero no funciona así.

La información se queda en el interior de la organización y para beneficio de quienes la conforman. Esta apropiación los convierte en los únicos que conocen la realidad de la Administración Pública. Son, pues, los legítimos e indiscutibles dueños de la verdad. Ningún gobernante puede prescindir de ellos ni marginarlos, so pena de paralizar la administración. En esto radica su poder; y su estabilidad queda asegurada, sin importar el color o la naturaleza del gobierno.

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Este mundo de cálculo, de ideas preconcebidas y de posiciones irreductibles, cuyos habitantes se ostentan como únicos propietarios de la verdad absoluta, al amparo de la ciencia y de la técnica, convierte a la administración pública en el “imperio de la burocracia”.

La fuente de su poder se vuelve inexpugnable y se fortalece extraordinariamente si se torna excesivamente compleja. En este ambiente crece su poder.

Su misión es, pues, complicarlo todo. La eficiencia y la eficacia son enemigas suyas. También la transparencia y la rendición de cuentas. Las primeras porque evitan el derroche y exigen productividad y resultados, garantizando el éxito en la ejecución; las segundas porque iluminan los ambientes oscuros y grisáceos en los que se mueven.

Por ello, se organiza bajo una dictadura de normas técnicas, que impone laberínticos procedimientos, sometidos a rituales sin fin, sacralizados por la idea de que la forma debe imponerse a la esencia, las formalidades a la calidad. Y los únicos que tienen ganado el derecho de manejarla son los que tienen el poder derivado del conocimiento de las técnicas, de los procedimientos, de la metodología. El derecho o interés de los usuarios de los servicios queda atrapado en esa red construida de formas y de formalidades. En este sistema la burocracia crece, se ensancha, se desarrolla y nunca muere.

Este mundo de cálculo, de ideas preconcebidas y de posiciones irreductibles, cuyos habitantes se ostentan como únicos propietarios de la verdad absoluta, al amparo de la ciencia y de la técnica, convierte a la administración pública en el “imperio de la burocracia”.

Nada tiene cabida fuera del beneficio burocrático. Todas las iniciativas de planes, programas o proyectos para mejorar la Administración y la calidad de vida de las personas, se estrellan contra ese “gigantesco poder ejercido por pigmeos”, como lo llamó Balzac, frenando el desarrollo económico y social de los pueblos.

Desmontar ese imperio es condición sine qua non para garantizar el desarrollo económico, social, político y cultural.

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