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El virus de la corrupción

(Por Víctor Meza) Si alguna duda cabía, o si todavía merodeaba por allí un incrédulo despistado que no creyera en las reiteradas denuncias sobre la corrupción oficial que a diario circulan por las redes sociales, lo que está sucediendo actualmente en plena crisis del coronavirus le disuelve las dudas a cualquiera. Es un asco, un verdadero asco, lo que pasa.

El Estado hondureño, además de mostrar su ineficiencia e incapacidad para gestionar con cierta coherencia y aceptable eficacia la gestión de la crisis, se muestra como una entidad corroída por el virus de la corrupción, atrapado en las redes de lo que algunos expertos denominan ‘sistema integral de hipercorrupción’.

Si hacemos un ejercicio de imaginación y comparamos al mencionado sistema con una mesa rectangular, las cuatro columnas que la sostienen serían las siguientes: a) La columna del corruptor, es decir, la del agente social, generalmente privado, que busca y encuentra a su solícita contraparte estatal para llevar a cabo un intercambio de beneficios, lesionando para ello los intereses de la sociedad en su conjunto. b) La columna del corrupto, o sea, la del actor estatal que, utilizando su posición, cargo e influencia, favorece al corruptor a cambio de un servicio que se realiza a costa de los bienes o favores del Estado. c) La columna de la impunidad. Es aquella que hace referencia a la arquitectura jurídica o normativa que brinda sostén y protección a la corrupción en general, asegurando el libre juego de las prácticas corruptas y garantizando a sus actores la plena libertad de acción. Intervienen en ella los operadores del sistema de administración de justicia y las fuerzas del llamado orden público. d) La columna de la tolerancia, la tolerancia social, por supuesto.

Se trata del estado de ánimo colectivo que, trastocando los más elementales valores de la conducta social, premia y privilegia la acción corruptora, envolviendo al corrupto y al corruptor en un manto de astucia, habilidad e inteligencia. La tolerancia social promueve la admiración de los corruptos y premia su indecorosa conducta con una gelatinosa actitud de envidia y respeto. Estas son las cuatro columnas -seguramente hay más- que sostienen, dan consistencia y vigencia al sistema integral de corrupción que prevalece en países como el nuestro.

Entre ellas, hay una correspondencia cómplice, de tal forma que una columna requiere de la otra para cumplir su función de sostén y respaldo a la mesa (sistema de hipercorrupción) en su conjunto. El corruptor necesita del corrupto, y este, a su vez, requiere del primero. Ambos se benefician de la impunidad y gozan de la tolerancia y aceptación social al momento de convertir los recursos públicos en privados. Al mismo tiempo, el sistema de impunidad se nutre y favorece con los dineros y productos de la corrupción, reproduciendo de esa forma los mecanismos y normas que dan sustento y vigor al sistema total.

Finalmente, la tolerancia se reproduce en los círculos sociales ligados directamente al sistema de corrupción, a la vez que contamina y distorsiona la percepción de ciudadanos tan despistados como irresponsables. Todos estos factores se combinan entre sí, conformando un ovillo laberíntico en el cual no siempre es fácil encontrar el hilo rojo que lo envuelve y atraviesa. Uno no puede menos que alarmarse y llenarse de indignación y no poca impotencia cuando comprueba la veracidad de las mil y una denuncias que circulan en algunos medios de comunicación y en buena parte de las redes sociales.

Uno se pregunta cómo es posible que haya personas capaces de lucrarse ilegalmente a costa de las víctimas de la pandemia que abate al planeta entero y que aquí, en estas profundas y peligrosas honduras, impacta directamente sobre nuestros compatriotas, especialmente los más pobres y desvalidos. ¡Qué clase de canallas y truhanes controlan los hilos de la corrupción y el engranaje del poder en nuestro país!

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