Es que aquí así es: La receta mágica de ‘Carlitos’ para salir de la pobreza

TEGUCIGALPA, HONDURAS 

¡Cuánta razón tenía el pensador italiano Antonio Gramsci acerca de la sociedad civil, que es una extensión del poder! Pero hoy no hablaremos de hegemonía o que el Estado es consenso más coerción -extraído de los Cuadernos de la cárcel. Eso cansa y aburre a quien no le importa estudiar las relaciones del mismo poder. Hoy haremos una radiografía de uno de los más connotados miembros de la sociedad civil de Honduras: Carlos Hernández, un venido a más gracias a las canonjías de los poderosos de turno, que buscan imponer el pensamiento único en una sociedad alicaída por la corrupción e impunidad.

Carlitos, así le diremos para abreviar su rimbombante nombre, olvidó de pronto sus modestos orígenes por andar queriendo resolver los problemas de los demás a través de la Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ), una oenegé que, desde siempre, tuvo posturas gobiernistas y que se profundizaron con el mandato de Juan Orlando Hernández, aunque sus principios aseguran ser neta y completamente cristianos.

Pues resulta que esa fórmula le ayudó a resolver sus problemas; del resto, sigue teniendo dificultades para sobrevivir en una de las sociedades más violentas, impunes y corruptas del mundo, al trasluz de calificaciones internacionales.

Cuentan algunos conocidos de Carlitos -de facciones sencillas, hablado chillón y un prominente lunar en la nariz- que vivía en la empobrecida colonia Suyapa, ubicada en un cerro contiguo al santuario del mismo nombre y con una población de 40 mil personas y que es la más violenta de la ciudad, que jamás creyeron que tuviera un salto cuantitativo y cualitativo que lo ha llevado a visitar todo el mundo, desde la Casa Presidencial de Honduras hasta el 1600 de la Avenida Pensilvania, donde se ubica la Casa Blanca, sitio de cabildeos del todopoderoso oenegeísta que busca  “una sociedad más justa”.

Y qué decir de esas visitas que ha hecho a tierras lejanas que jamás creyó ir…al menos, forma parte del cinco por ciento de la población que tiene el lujo de usar los cuatro aeropuertos internacionales que tiene este país. El resto, sólo ven pasar los aviones o, en el peor de los casos, prefieren irse en trenes, aventones o lo que esté a la mano.

Carlitos olvidó el queso fresco, el semiseco, el frijolero, el que lleva chile -que es degustado por la pobrería y con un sabor un poco barriobajero-; la mantequilla crema y rala, que suele contener glicerina y que el gobierno denunció en 2017 que su consumo podría ocasionar daños a la salud y ahora opta por consumir lácteos finos, saludables, debidamente certificados por agencias de sanidad europeas y estadounidenses y que contienen sustanciosos nutrientes que lo mantienen saludable.

Y qué decir de los embutidos procesados -Dios y la virgen de Suyapa sepan en qué condiciones los hacen nuestros humildísimos productores locales-, de ese delirante chorizo barbacoa que dejó de llevarse a la boca y ahora prefiere lo fino y delicado del jamón importado, que viene envasado en empaques que impiden que ingrese cualquier bacteria o alimaña y vaya a destruir su delicada flora bacteriana. Los demás, ¡que se deshagan en flatulencias por culpa de esos sabrosos productos procesados por nuestros artesanos!

¿Será que lo barato sale caro y nuestro personaje gasta a lo grande en lácteos para estar activo en su faena diaria como depurador policial, lobista, miembro de la sociedad civil, analista político, social, educativo, partícipes de diálogos como representante del pueblo  y tantas otras que hasta quisiera que el día le durara 36 horas o como dice el ensoberbecido -y venido a menos- Luis Miguel, “reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…”?

Si usted piensa que exageramos o hablamos de más, lo invitamos a ver cómo Carlitos desliza sus zapatos deportivos por uno de las cadenas de supermercados capitalinos, ubicado en una zona exclusiva de Tegucigalpa, comprando como todo un potentado (con guardaespaldas incluido) y se codea con los que salen de su ajetreada agenda empresarial y de conspirar para seguir robando los recursos del pueblo, para tocar frutas frescas, comprar algunos accesorios para el hogar. Un hondureño consciente (o ñangaroso como dirán los defensores del status quo) reclamará que es un “abusivo, pícaro, sanguijuela y vividor del sistema”; nosotros tenemos un concepto más refinado y le diremos que es un divo de la sociedad civil, pues se ha ganado ese “derecho” a vivir cómodamente.

A fin de cuentas, tomarse títulos como “representante de la sociedad” (¿quién se lo dio?) y otros rimbombantes, da acceso a esos gustos que nos termina costando a nosotros un pistal. Bien dicen nuestras abuelas que la novia no está para tafetanes. Usted no se preocupe estimado lector, gracias a los honorables padres de la patria debe pagar más impuestos para financiar estos lujos. Total, combatir el crimen desde una cómoda oficina a punta de recortes de periódicos y echar a la calle a cuanto policía panzón y desgarbado sea posible, es un derecho que hasta la pulcra e inmaculada Constitución lo consagra. De cuando en cuando, hablar bien, ¡y muy bien! del gobierno da acceso a cómodas posiciones que ni el egresado de la universidad italiana La Sapienza La Sorbona de París tendría esos privilegios. Algunos, cuando regresaron al país con maestrías y doctorados, se frustraron y se enamoraron del alcohol. Otros, en cambio, no quedaron cuerdos al ver el choque cultural y los que pudieron asimilar estas Honduras se volvieron vendedores de café en granita.

En Honduras no vale la meritocracia, basta ser locuaz, persuasivo, intrépido para convertirse en una personalidad. Al menos, en estas tierras de Medardo Mejía, lo imposible se hace posible, el corcho se hunde y el plomo flota, lo malo se hace bueno y lo excelente se vuelve mediocridad. Se viene a la mente aquella simple, llana, pero lapidaria frase que dijo con resignación el recordado poeta y periodista: “Es que aquí así es”.

Nuestra cámara intrépida captó a la cabeza visible de la ASJ muy relajado y cómodo con su ayudante, el guardaespaldas asignado por el Estado hondureño, en el supermercado de los ricos y famosos, pensando qué disfrutará en la cena y toma el teléfono móvil con total parsimonia para realizar una llamada. Jamás sabremos si fue para dar una opinión sobre el proceso de depuración policial o cómo agilizar el diálogo nacional convocado por el presidente Hernández o hablar con su compañera de hogar para consultar qué embutido o lácteo llevar a casa. A los hombres, nunca les ha ido bien en esos menesteres, pues compran lo primero que ven y el dinero se les va en bagatelas. Los regaños en casa son iracundos y en otros hogares, donde el temperamento es como la gasolina de avión, vuelan las cacerolas por los aires…los hechos hablan por sí mismos.

El pobre guardaespaldas, tiene que conformarse con andar la carretilla para arriba y abajo, colocando cada cosa que Carlitos agarra de la góndola. Esos gustos jamás los tendrá porque la pobreza lo llevó a enlistarse a la milicia y lo acostumbraron a conformarse con lo que le den. Sabe que debe ser estoico y defender la patria lo llevará a aplicar la máxima lealtad y sacrificio.

Mientras tanto, el líder de la sociedad civil se desconectó de la realidad y levita…asume para sus adentros que la seguridad debe acompañarlo hasta la hora de comprar la provisión de la semana. ¡Cuánta razón tenía el pensador italiano Antonio Gramsci acerca de la sociedad civil, que es una extensión del poder! Usted, saque sus conclusiones y le dejamos en esta pieza satírica una lección de cómo se puede salir de la pobreza sin necesidad de ser erudito y un auténtico trabajador. Por eso, don Medardo decía con resignación: “Es que aquí así es”.

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