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Estado funcional

(Por Edmundo Orellana) Con el coronavirus descubrimos que somos un todo, expuesto al peligro y vulnerable, y también que la mayor amenaza de la humanidad es el ser humano. Sea que el virus se haya manipulado en un laboratorio o sea producto de prácticas alimenticias exóticas, en el centro del problema está el ser humano.

La humanidad, por primera vez, está realmente en peligro, consecuencia de la globalización. Pero también descubrimos (o confirmamos) que evitar el contagio depende de cada uno. Protegiéndonos protegemos a los demás.

El problema es que la protección consiste en quedarse en casa y evitar la calle, lo que resulta imposible para la mayoría de la población hondureña que debe salir de casa a trabajar para sostener su familia y pagar sus deudas (con los prestamistas y las tarjetas de crédito). Está entre la espada y la pared. Si se queda en casa no come y sus deudas se incrementan desproporcionadamente; si sale puede infectarse del virus y enfermar a su familia. Es una verdadera tragedia para el pueblo hondureño.

Si salen a la calle a buscar el sustento diario en estas condiciones, la autoridad los persigue, incautándoles sus ventas o cerrando por la fuerza sus negocios, si son comerciantes, y capturándolos; si son asalariados, son detenidos y encarcelados. Esta es la tragedia de nuestro sistema de seguridad, eficaz contra quien lo sostiene con sus impuestos e ineficaz con el crimen, común y organizado.

Cuando termine, el problema económico lo sufriremos todos. Porque terminará, sin duda. El problema es fijar una fecha. Está previsto que nos mantengamos en casa aproximadamente quince días. Medio mes sin producir ni generar ingresos es un golpe mortal para cualquiera, persona individual, empresa o Estado. Pero es probable que necesitemos más tiempo. ¿Un mes? ¿Más de un mes?

En todo caso, el golpe a la economía es inevitable y será de gravísimas proporciones. ¿Está previendo algo el gobierno para amortiguar sus efectos? Asumo que no. Tan adictos, como somos, a la improvisación, seguro que el gobernante, motivado por sus consejeros espirituales, estará confiando en que, llegado el momento, “Dios proveerá”. Lo que es seguro es que este es el escenario ideal para aplicar, sin restricciones, la política del gobierno de convertir a este en “un inversor capitalista de recursos financieros sin límite que proporciona el capital inicial para la creación del complejo empresarial para luego convertirse en el principal cliente de sus servicios” (Naomi Klein) (Peaje, seguridad, concesión de aeropuertos y la “ciudad cívica”, son algunos ejemplos).

Mientras eso ocurre, el problema actual es cómo atender un enfermo de coronavirus en el sistema de salud. La torpeza con la que atendieron los primeros casos es un aviso de lo que viene, lo que podría alcanzar proporciones dantescas si la cantidad de enfermos se multiplica colapsando los hospitales, considerando la escasez de ventiladores (según denuncia de los mismos médicos) y las condiciones de inseguridad para su salud en las que trabaja el personal de salud, que amenaza con abandonar los hospitales.

Esta es la tragedia de nuestro sistema de salud –o al menos lo que queda de él, luego del saqueo al que fue sometido y a la política privatizadora del gobierno– cuya prioridad fue sustituida por la compra de armas, pertrechos para los uniformados, aviones lujosos y construcción de proyectos faraónicos, como el de la “ciudad cívica”.

Esta sería la excusa ideal del gobierno para concluir su programa privatizador en salud. Pero es incuestionable que los enfermos están siendo atendidos en los hospitales públicos, no en los privados, demostrando su falta de solidaridad, lo que se explica porque éstos (los privados) están impulsados por el “ánimo de lucro” y ven al enfermo como “cliente”; en cambio, aquellos prestan un servicio público, cuya finalidad es la salud, y ven al enfermo como “paciente”. ¡No permitamos la privatización de la salud!

No obstante, el gobierno demostró que su diseño de Estado da resultados. El fortalecimiento del autoritarismo y la prioridad en los cuerpos armados le permitió que un pueblo indisciplinado atendiese sumisamente la orden de recluirse en sus casas y, despejada la calle, se posesionó de ella con los cuerpos armados. Su sueño dorado: todo está bajo su control; lo que, seguramente, será parte de nuestra cotidianidad futura. En momentos que la evolución de los acontecimientos políticos y sociales amenazaban seriamente con alterar el orden público provocando la inestabilidad del gobierno, estas medidas le son oportunas y convenientes.

En todo caso, debemos quedarnos en casa. Pero es responsabilidad de las organizaciones políticas y sociales trabajar en propuestas para atender la crisis económica y social que dejará el paso de esta pandemia; de no hacerlo, demostrarán, una vez más, su distanciamiento de la realidad, motivo suficiente para invitar al estimado lector a decir: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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