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Fiestas navideñas

(Por Edmundo Orellana)  Es la ocasión esperada para reunirse en familia, comprobar cómo avanza la chochez de los abuelos, cómo han crecido los nietos y, especialmente, para reflexionar sobre el bienestar espiritual familiar.

Seguramente habrá quienes pasen las fiestas navideñas disfrutando con holgura. Pero serán muy pocos. La mayoría estará angustiada por las privaciones impuestas por su condición económica.

Con el cierre de miles de microempresas y de pequeñas empresas, es de suponer que cientos de miles de familias pasarán estas fiestas con muchas privaciones; igualmente, aquellas cuyos padres dejaron de trabajar en las grandes empresas o en el gobierno, que no son pocos; así como aquellas que ya no podrán disfrutar de la remesa porque su proveedor fue deportado. No será, pues, una Navidad alegre.

La responsabilidad de lo que ocurre es del gobierno. Todos sus proyectos fracasaron: el de las “ciudades modelo” (ZEDE), el de la Alianza Público-Privada, las privatizaciones (la ENEE es un grosero ejemplo); la llamada “ciudad cívica”, que consumió el ahorro nacional, es un desastre; en fin, en nada acertó el gobierno. Ha sido, pues, un fracaso total.

En lo único que ha sido exitoso es en asegurar el continuismo, mediante el fortalecimiento de la institucionalidad, garantizando la acumulación de poderes en el vértice del gobierno, y para ello estropeó los principios republicanos, atropelló el Estado de Derecho y, por consiguiente, la seguridad jurídica. También ha sido exitoso en desmontar el Estado Social consagrado constitucionalmente desde 1957, transfiriendo servicios al sector privado, mediante concesiones y privatizaciones, y precarizando el trabajo y empobreciendo las condiciones socioeconómicas del trabajador.

Es la consecuencia de permitir que sea exclusivamente el gobernante quien decida el destino del país. Porque es el que ejerce el Poder Público, al que se someten sumisamente los demás. Por eso, desde el Consejo Nacional de Defensa y Seguridad, CNDS, ordena a los demás y estos cumplidamente ejecutan.

El congreso nacional no es deliberante, porque no debate sobre las cuestiones importantes para el país. Baste el ejemplo de la aprobación del presupuesto para apoyar esta afirmación. Su aprobación no fue precedida por los necesarios debates sobre la certeza del origen de los ingresos y sobre el destino de los recursos que realmente ingresen al erario. Quien decide en el Congreso, no son los diputados reunidos en asamblea; quien decide es el diputado-presidente, es decir, el que acude, en condición de subordinado, a las sesiones del CNDS, a recibir las instrucciones que, luego, habrá de ejecutar meticulosamente en el Poder Legislativo.

En las mismas condiciones se encuentra el Poder Judicial y las demás instituciones cuyos titulares asisten regularmente a las sesiones del CNDS, con el agravante de que las decisiones adoptadas en su seno y su respectiva ejecución pueden, discrecionalmente, clasificarse como “Secreto de Estado”.

Esta estructura institucional se apoya no en la fuerza del Derecho, que infunde respeto, sino en la fuerza de las armas, que provoca temor. Para ello, amplía las fronteras de las Fuerzas Armadas, antes delimitadas por el perímetro de los batallones, a espacios insospechados, como la producción agrícola, el sistema penitenciario y otros.

Nada garantiza que esta modalidad funcione, como no funcionó en el orden público interno, puesto que sus éxitos se limitaron a disminuir la intensidad de la indignación popular, pero no la violencia criminal, contra la cual no ha logrado metas, ni siquiera, medianamente aceptables; otro proyecto fracasado del gobierno.

La inseguridad ciudadana, por consiguiente, es otro factor que angustia la familia hondureña en estas fiestas navideñas. Nadie se siente seguro; ni siquiera en su casa. Las masacres diarias y, en general, los hechos violentos perpetrados casi en las narices de la autoridad policial, es una prueba más de que la depuración y la creación de nuevas policías, incluida la militar, no logran disminuir la violencia criminal, lo que plantea un cuestionamiento sobre la idoneidad del proceso de depuración y sobre la selección del personal de la Policía Militar.

Nunca como hoy el país ha sido tan groseramente expuesto ante el mundo por su indulgencia con el crimen organizado, ni tan humillado por las supuestas conexiones de este con el poder político.

En estas condiciones, el espíritu navideño, en la noche del 24, difícilmente cumplirá su misión de convertir los hogares en refugios de paz espiritual. Lo que no debe repetirse más. Por eso, debemos aprovechar la ocasión para reflexionar en familia sobre el cambio y la manera de llevarlo a cabo, y poder decir con fuerza: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!? Si ya se decidió, seguramente pasará una: ¡Feliz Navidad!

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