Friday, Aug 23, 2019
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Fraudulento sistema electoral

(Por: Edmundo Orellana) Nunca ha sido estatal ni del pueblo hondureño. Siempre ha sido de los partidos políticos y, justamente por eso, diseñado para fraguar fraudes electorales.

Comenzando por el Registro Civil. Contrario a lo que ocurre en otros países, celosos de la identificación y el estado civil de las personas, en el nuestro esta función está en manos de quienes acreditan haber votado en las últimas elecciones internas y primarias de los partidos políticos con representación en el registro. Solo el 4% del personal del RNP responde al perfil del puesto que desempeña, según lo aseguró la comisión interventora recién nombrada, y seguirá así, o peor, porque los partidos políticos, con la excusa de que no hay presupuesto, se aseguraron de que siga en manos de activistas.

Las consecuencias de esta irregularidad las hemos resentido en nuestra imagen en el exterior, porque se expiden tarjetas de identidad a extranjeros que, luego, fácilmente obtienen pasaporte hondureño, cuestión que ha motivado hasta la preocupación del gobierno estadounidense que formalmente lo ha notificado a las autoridades hondureñas, por el peligro de que terroristas obtengan estos documentos. De nada sirve, pues, que el pasaporte sea fiable si no lo es la tarjeta de identidad. Quizá por eso la comisión interventora concentra sus esfuerzos en una nueva tarjeta de identidad, dejando a los partidos políticos la selección del personal. Sin embargo, surge la pregunta siguiente: ¿cómo garantizar la autenticidad de la información de la tarjeta de identidad, si el personal carece de idoneidad para esa función?

Lo mismo ha sucedido con el TSE. Los magistrados de este ente no lo son, porque su investidura, aunque formalmente sea de magistrado, de hecho, es un simple representante de su partido político. Su misión no es la que manda la ley, sino la que le impone su partido; no se debe al pueblo hondureño sino a los directivos de su partido.

En estas condiciones, el proceso electoral, incluso las elecciones, han estado siempre en manos de los partidos políticos. Gana las elecciones quien tiene más poder dentro de ese proceso, manipulando boletas electorales (los videos de las últimas elecciones lo evidencian), trasladando, inconsultamente, de domicilio al votante -cuando sea del interés de quien manipula el proceso-, entregando o retrasando, según la conveniencia del manipulador, la entrega de las tarjetas de identidad (se entregan a los partidos, no a las personas), comprando credenciales de miembros de mesas electorales y asegurándose, en el escrutinio, de que sus candidatos sean los más votados. En definitiva, el proceso es un caos controlado por quien tiene el poder.

Con las reformas electorales, se confiaba que todo esto cambiaría. Sin embargo, terminaron siendo un gran fraude. El sistema seguirá igual, solo que ahora lo manipularán los tres partidos grandes. Sigue la convicción, consagrada en ley, de que el sistema electoral es propiedad de los partidos políticos, con la innovación de que ahora es un postulado incuestionable el derecho de los partidos políticos a integrar los nuevos organismos electorales. Serán, pues, los activistas quienes seguirán manoseando el sistema.

Ese manoseo comprenderá también la jurisdicción electoral. Si es costumbre que los partidos postulen representantes en la Corte Suprema de Justicia, ¿por qué no aplicar la misma regla en el Tribunal de Justicia Electoral? Pervertir la justicia en general es más grave que pervertir la justicia electoral. Sin embargo, abrigábamos la esperanza de que las reglas cambiaran porque nuevos partidos, que declaran ser diferentes a los tradicionales, postulan la refundación del país condenando las prácticas perversas de los partidos tradicionales.

Rechazaron la idoneidad en la selección del personal y la segunda vuelta electoral, porque las prácticas fraudulentas están impresas en el ADN del político hondureño.

Nada bueno nos augura este nuevo sistema electoral, porque, siguiendo la lógica de las reformas institucionales en Honduras, todo cambio es más de lo mismo. En materia electoral, entonces, es nuestro destino seguir aplicando “las elecciones estilo Honduras”; en otras palabras, jamás practicaremos y viviremos en democracia, porque las nuevas generaciones, amamantadas en esta cultura de antivalores políticos, están condenadas a repetir los vicios de sus predecesores.

Sigue vigente, entonces, la regla gatopardista de “cambiar todo para que nada cambie”. Solo nos queda esperar que Dios se apiade de nosotros y que – para seguir parafraseando a Lampedusa- quienes vengan a ocupar el lugar de los leones y leopardos no sean hienas y chacales.

Y usted, distinguido lector, ¿qué opina?

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