HomeNacionalHablamos con un sicario de San Pedro Sula en Honduras, la ciudad más violenta del mundo

Hablamos con un sicario de San Pedro Sula en Honduras, la ciudad más violenta del mundo

SAN PEDRO SULA, HONDURAS

(Por Alberto G. Palomo / Vice News) Su trabajo, si es que se puede llamar trabajo, es eliminar seres humanos. Matar a desconocidos a cambio de dinero. Lo hace desde que tiene 18 años. Se introdujo en la profesión junto a su primo, que le enseñó meses antes a utilizar un revólver en alguna de sus faenas.

Su ciudad, San Pedro Sula, ha hecho el resto: miles de muertes violentas al año provocadas por una guerra abierta entre pandillas, ajustes de cuentas de cárteles de la droga — se calcula que el 80 por ciento que llega a Estados Unidos pasa por Honduras — y el convencimiento nacional de quien a hierro mata, a hierro termina.

Con 1.411 homicidios en el último registro de 2014, 187 por cada 100.000 habitantes, mantuvo por cuarto año consecutivo su galardón de ciudad más peligrosa del mundo fuera de conflicto bélico.

Vecinos molestos, narcotraficantes, empresarios, amantes despechados: en todas las parcelas de la sociedad tiene clientes. «Siempre hay alguien del que queremos deshacernos», sostiene, «y yo lo hago posible». En sus ratos libres se mueve como una persona normal. Cuando tiene un encargo, funciona como el perfecto asesino anónimo: estudia el caso, lo ejecuta con la mayor celeridad posible y no deja pistas.

Callado, vigilante pero relajado, sereno. Se comporta como un tipo reflexivo, no como un demente con ganas de aparecer en portadas. Gorra roja que intercambia con una negra para las imágenes, vaqueros dados de sí a la altura del cinturón, camisa por fuera para tapar el ‘cohete’, zapatillas de marca y pocas ostentaciones: un reloj del montón, monedero y celular.

Así es como W., letra por la que quiere ser llamado, viste de paisano. Y de sicario. A sus 30 años, la dualidad entre profesional y ciudadano se diluye en este padre de familia como se diluye en Honduras la frontera entre seguir vivo o muerto.

Nos atiende en la esquina de una calle periférica. Ha cambiado la localización tantas veces a lo largo de la mañana que uno no termina de saber en qué barrio se encuentra. Menos, en una urbe de cerca de un millón de residentes que repta en forma de casas bajas y cuadras similares desde la montaña del Merendón.

Detrás de esta loma, aunque cueste imaginarlo, la cordillera desemboca en el Caribe. Antes de subirse al coche junto con VICE News, se asegura con el conductor (y enlace) de una serie de normas básicas para mantener su clandestinidad: nada de fotos que muestren su rostro, nada de conversaciones sobre «el tema» en espacios públicos, nada de nombres.

Compramos un puro, un paquete de cigarrillos, dos botellas de soda y tiramos hasta un rincón del río de Piedras. No pasan más que algunos indigentes que usan su escaso caudal de agua turbia como balneario. Sobre dos rocas, haciendo honor al emplazamiento, empieza la conversación.

-VICE News: ¿En qué consiste tu trabajo?

-W.: En quitar dolores de cabeza. En eliminar gente.

-¿Cómo es tu día a día?

-Cuando no tengo trabajo estoy en casa, viendo la televisión o escuchando música. También salgo: voy al ‘mall’, salgo con mi familia… Camino tranquilo.

-¿Y cuando tienes un encargo?

-A veces llaman con la sangre caliente y hablamos con el cliente para que vea que las cosas se pueden hacer de otra forma. Más que todo hay que tener paciencia. Primero reconocemos el lugar. Luego, durante uno, dos, tres días merodeamos por la zona. Miramos bien, nos percatamos de qué pasa. Y cuando llega el momento, lo ejecutamos.

-¿Quién se pone en contacto contigo y por qué?

-La mayoría de los que nos pagan son comerciantes con un estatus medio alto. También hay de nivel medio bajo, pero no tienen dinero suficiente y hay que negociar. Generalmente nos llama un contacto. A veces quedamos con él. Nos dice dónde vive el objetivo, con quién anda, cuál es su trabajo e investigamos, hacemos un seguimiento. La primera causa es el dinero: deudas, estafas o por ganar rutas en el narcotráfico, hacer robos de drogas… Luego hay quien nos solicita por enemistades personales. Entonces les decimos que se lo piensen bien. La tercera razón son revanchas de hombres a otros que se meten con sus parejas y la cuarta son mujeres maltratadas que no aguantan más. Nos llaman a escondidas y quieren que sea rápido. Si nos avisan a las 12, por ejemplo, lo matamos a las seis. Ellas prefieren no verlo.

-Cómo te consideras? ¿Asesino, justiciero, buscavidas?

-Muchas veces nos consideramos justicieros porque acabamos con personas pícaras, con gente que hace mal a los débiles porque puede. ‘Maes’ [tíos] que se aprovechan de su condición para abusar. No matamos a mujeres ni niños.

-¿Saben las personas de tu entorno a qué te dedicas?

-Mi mujer sí. El resto de familia, no. Y de mis amigos, solo los que trabajan en lo mismo. Tengo tres celulares: uno para trabajo, otro para conocidos y otro para la familia.

-¿Rechazas algún encargo?

-Si la mujer es arpía o extorsionadora no lo hago. En el grupo con el que trabajo sí que hay quien lo hace. Una vez nos pidieron una familia entera de nueve miembros, y no lo aceptamos.

-¿Has tenido algún problema?

-Una vez le ‘dimos pasaporte’ a un líder de una banda. La mujer de él buscó quién lo había hecho. La fuimos a buscar y la matamos. A ella y a sus compinches. Otra, hace cuatro años, fuimos a por una persona de una colonia. Le seguimos en el carro y cuando se metió en el garaje entramos. Sacó una pistola y le disparamos cinco veces esquivando sus tiros. Al final, sujetando la puerta de su carro con él dentro le descargué las 20 balas del cargador en el pecho. Al salir, dejé heridos a dos vecinos. Pensé en mis hijos y dije ‘me van a dar verga’.

Desde el principio, la conversación está plagada de monosílabos que necesitan un empujón para convertirse en relato. En su discurso se mezcla el plural mayestático con la primera persona. Adorna las locuciones con algún que otro ‘ay, Dios’. ¿Cree en él? Sí. Y en «el karma». «Siempre le pido perdón a Dios, pero él sabe que muchas veces lo he hecho por necesidad», se justifica. Nunca sale sin arma «por seguridad». En casa reposan siete: tres AK47, dos R15, una 9mm y una Glock. Esta mañana, sus dedos no dejan de acariciar por encima del pantalón la Bersa que se aloja en su cintura.

-¿Cuánto cobras?

-Lo normal son 8.000 dólares. Pero hemos llegado a cobrar 20.000 o más. Lo mínimo son 5.000 dólares y fue con un amigo con el que me crié. Era una persona humilde, trabajadora. Quería quitarse del medio a un ‘marero’ (miembro de una mara o pandilla) que siempre le robaba todo. A los ‘mareros’ les odiamos todos.

-¿Lo has hecho alguna vez gratis?

No. Alguna vez he aceptado un carro o algo en lugar de dinero. Con gente de confianza. Ahora estoy pensando un caso gratis… (se calla).

-¿Cuántos soléis ir?

-Lo normal son dos. Uno conduce y el otro elimina. Pero a veces somos cuatro o cinco con varios carros y motos. Los que vamos nos repartimos el dinero en partes iguales y lo que intentamos es que nos queden al menos 3.000 dólares.

-¿Cómo empezaste?

-Un primo mío robaba carros y tenía pistolas. Una vez fue a matar a alguien y me dijo que tendría que aprender. Luego anduve con él arriba y abajo y me atrajo ese trabajo. Estuve en venta de ropa pero empecé a simultanearlo hace unos 11 años. No tengo preparación militar. Todo lo aprendí en la calle: montar y desmontar armas, puntería, camuflaje… Comencé como asalariado para capos del narco. Era como si dijéramos tarifa plana: me pagaban al mes sin importar si mataba a cinco o a quince. Salimos de recibir el sueldo mensual y nos pusieron un monto para limpiar una zona, luego otra y así.

-¿Llevas la cuenta?

-(Duda hasta que, impulsado por cifras aleatorias, redondea) Unos 150. Nos ha tocado gente con guardaespaldas, carros blindados, personas uniformadas… De un tiempo para acá no recuerdo a todos. Antes, sí. Ahora miro la prensa el día después para ver si ha salido y luego me voy a comer con mi familia para relajarme.

-¿Tienes miedo a que te encuentren?

Una vez, en una discoteca, nos reconocieron otros sicarios porque al final en el gremio se sabe quién lo es. Eran cinco y nosotros dos. Mandé mensajes de ‘WhatsApp’ desde la barra a mis compañeros y llegaron rápido. Nos adelantamos a ellos y escapamos. Y la policía está rifada. Muchas veces me han venido ‘guapos’ porque saben quién soy, pero luego no se atreven. Por lo general, se investiga la relación con las personas y yo no tengo nada que ver. Se buscan pandillas o ajustes de cuentas.

-¿Hasta cuándo crees que lo harás?

-Espero que llegue un momento en el que no se necesite contar con mis servicios. Pero en este país hay mucho odio. Todo el mundo quiere matar a todo el mundo. Lo que no tienen es ‘pisto’ [dinero]. O huevos. Y nosotros lo solucionamos. Si no tienes problemas, Honduras es tranquila. Aunque este país está ‘vergueado’. Por el mismo desempleo. Si se trabajara no se buscaría robar. Por un ‘celularcito’ te pegan un tiro. Lo hacen por necesidad. Yo mismo pienso en ahorrar para no volver a hacerlo. Hay días en que no me apetece responder al celular, pero no puedo. Imagino un futuro, aunque estoy en esto y no sé lo que me tocará.

NOTA DE REDACCIÓN: Aunque esta entrevista fue publicada en enero de 2016 por el portal Vice News a través de su reportero Alberto G. Palomo, ConfidencialHN lo reproduce de manera íntegra para reafirmar el porqué San Pedro Sula sigue siendo una de las ciudades más violentas de América Latina y el mundo, a pesar que cada año los contribuyentes aportan al Fondo de Seguridad Poblacional o «Tasón» unos dos mil millones de lempiras, resultando en un total fiasco la política de protección ciudadana emprendida por los gobiernos de Porfirio Lobo y Juan Orlando Hernández.

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