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Hipertrofia policial

(Por Víctor Meza) Así denominan algunos expertos la tendencia a crear numerosas unidades policiales, cada una dedicada a combatir la delincuencia en áreas diferentes y, a menudo, con una autonomía desmedida y dispersa. Es una práctica que casi siempre ha resultado ser perniciosa y negativa para el buen desempeño de la fuerza policial.

Esa tendencia se ha convertido en “política pública” en los últimos tiempos, dando lugar al surgimiento y proliferación de numerosas unidades policiales especializadas, que conforman un enjambre institucional de difícil manejo y peor coordinación. Cada tanto tiempo, los jefes policiales o el propio inquilino ilegal de la Casa presidencial anuncian con entusiasmo y algarabía el surgimiento de una nueva policía especializada en tal o cual área del universo criminal. Se crea, así, lo que denominan “hipertrofia policial”.

La proliferación indebida de policías “especiales”, con frecuencia genera situaciones confusas y perjudiciales para una efectiva lucha contra la delincuencia. Así lo demuestra la experiencia de varios países, algunos de ellos muy cercanos a nosotros y con situaciones muy parecidas en cuanto a los desafíos de la criminalidad.
Entre algunos de los principales problemas que genera la hipertrofia policial está la descoordinación entre las diferentes unidades, la que se ve estimulada por la compartimentación exagerada en el manejo de los datos de inteligencia, el monopolio celoso sobre las fuentes de información, la rivalidad innecesaria y los acostumbrados celos profesionales que derivan generalmente en una competencia tan nociva como dañina para el trabajo de la fuerza policial en su conjunto.

El aumento de las unidades policiales no genera forzosamente mayor capacidad, eficiencia y eficacia en la lucha contra el crimen. Más bien, a menudo entorpece la labor conjunta al privilegiar la acción aislada y en extremo compartimentada. Fracciona la estrategia y dificulta el accionar colectivo de la policía, debilitando la fuerza, dispersando los esfuerzos y entorpeciendo la necesaria colaboración interinstitucional de los agentes del orden. La hipertrofia del órgano policial conspira contra su capacidad de acción y facilita la actividad de los delincuentes.

Los órganos de control interno tienen más dificultades para hacer bien su trabajo y supervisar el funcionamiento y desempeño de un conjunto de fuerzas policiales tan dispersas como descoordinadas. Aumentan las posibilidades del abuso de poder y, por supuesto, de las prácticas de corrupción. La policía, en tanto que institución clave del Sector seguridad y justicia, pierde la sintonía obligada con los demás operadores del sistema y desarticula, debilitándola, la acción conjunta.

En los últimos meses, la sociedad hondureña ha podido constatar, entre azorada e indefensa, un evidente resurgimiento de la actividad criminal y el innegable aumento de los índices de la violencia y el crimen. Los ajustes de cuentas, los homicidios, el accionar de los sicarios, el asesinato por encargo, incluso en los llamados centros penales de “máxima seguridad”, están a la orden del día. Los más recientes acontecimientos que derivaron en el sospechoso rescate de un cabecilla pandillero dentro de una sede judicial, solo han servido para asustar más a la población e incrementar el ya de por si elevado sentimiento de indefensión y desamparo.

Mientras esto sucede y la delincuencia crece, no son pocos los que proponen aumentar el número de policías y crear más unidades especiales. Cabe preguntarse ¿será esta la solución? Creemos que no. Más que nuevos policías, el país necesita más y mejor Policía, es decir más institucionalidad policial, mejor coordinación interna, mandos superiores debidamente depurados, en un proceso de limpieza que vaya de arriba hacia abajo, y no al revés, aunque solo sea por aquello de que el pescado siempre comienza a podrirse por la cabeza. A lo mejor se requiere un nuevo y verdadero proceso de depuración policial.

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