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La hipocresía como praxis diaria

(Por Víctor Meza) En los regímenes dictatoriales, y sobre todo en aquellos que evolucionan hacia un sistema totalitario, es práctica común la hipocresía colectiva como categoría cotidiana. La costumbre de fingir se convierte en un verdadero arte de la supervivencia. El temor permanente a ser considerado un disidente, no se diga ya un opositor activo, obliga al ciudadano a vivir en una especie de fingimiento constante. Y, a partir de esta simulación necesaria, se conforma un entorno en donde prevalece la doble moral.

En la antigua Unión Soviética, en la década de los años sesenta, era común escuchar un chiste del más puro humor negro. ¿Quién es la persona más valiente en una tertulia improvisada?, preguntaba el narrador. Y él mismo respondía: el que cuenta un chiste político en presencia de un desconocido. Y así era, nadie, o muy pocos, se atrevían a contar chistes que hicieran mofa de los gobernantes de entonces. Hacerlo era un acto de osadía que podía costar muy caro. Y, a pesar de todo, siempre se hacía, por aquello de que nunca faltan los valientes… o los irresponsables.

El autoritarismo genera condiciones para que se implante la doble moral como ambiente político indispensable. El ciudadano vive en el permanente temor de ser descubierto en sus reales pensamientos y, por lo mismo, se ve forzado a fingir, a vivir en la encrucijada de una moral de doble valor y significado. En la oficina o en la fábrica proclama su adhesión al régimen y defiende sus iniciativas. En la intimidad de la alcoba, confiesa a su pareja las dudas y vacilaciones. Los círculos de amigos se van volviendo cada vez más cerrados y selectivos, la confianza colectiva se evapora lentamente, al mismo tiempo que se debilita y fracciona el capital social del país. La desconfianza se implanta como norma diaria de convivencia cautelosa. Y así, poco a poco, la sociedad se va transformando en una masa desconfiada, calculadora y, con frecuencia, oportunista.

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En circunstancias semejantes, no es casual entonces vivir en un mundo en que la hipocresía se extiende y amplía como si fuera una peste incontenible. Los gobernantes la cultivan casi con delectación de artistas. Los políticos la utilizan en sus arengas demagógicas y en sus maniobras públicas y clandestinas, de la misma forma que el ciudadano común la necesita y acude a ella como un mecanismo de defensa y salvación.

Los ejemplos sobran, pero hay uno que, por inmediato y sustancial, vale la pena mencionar. Se trata del tema del continuismo presidencial. Durante meses, el gobernante fingía reclamar a sus partidarios por su devoción reeleccionista y les pedía, casi compungido, que lo dejaran trabajar, que la reelección no era un asunto que ocupara sus profundas meditaciones de gobernante abnegado y diligente. Simulaba enojo, cuando en el fondo sentía regocijo. Era su manera de fingir. Y lo mismo sucede en ciertos círculos de la llamada oposición política. Fingen oponerse pero claudican, simulan el rechazo pero negocian el acuerdo o la paga. También aquí se cuecen habas y la doble moral campea por sus fueros.

Hoy, el gobernante ya no pretende ni siquiera ocultar sus verdaderas intenciones, pero siempre considera necesario hacerlas aparecer como si fueran un sacrificio, una respuesta humilde ante el reclamo de su pueblo, un acto de compromiso sincero con el “clamor popular”. Otra vez el fingimiento y la falsedad.

La hipocresía colectiva camina de la mano con el temor y la incertidumbre del ciudadano de a pié. Y también con su indignación personal y frustración social. Todo ello conduce al cinismo como práctica cotidiana y aceptada. Nos vamos volviendo cínicos como cuerpo social, mentirosos, desconfiados y oportunistas. Y para rematar, todo esto se reviste de un pensamiento ilusorio, el célebre wishful thinking inglés, que le permite al régimen repetirnos todos los días que Honduras está cambiando y que cada vez disfrutamos de una vida mejor… Y, lo peor de todo, hay idiotas que se lo creen…

Da pena ver a caravanas de jóvenes que se suman a la falsa algarabía de los simuladores políticos, les hacen el juego y se integran en esa ola de falsedad e hipocresía creciente, simulando ellos también entusiasmo y fe en las promesas de la demagogia militante. Uno quisiera observar otra actitud, la de la rebeldía juvenil, el rechazo a la mentira, el repudio beligerante contra los falsos líderes. Pero no, o al menos todavía no. A lo mejor mañana… ¡Ojalá!

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