Tuesday, Nov 12, 2019
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La hora de la verdad

 

(Por Víctor Meza) Por fin llegó octubre, el mes esperado por muchos compatriotas para conocer los detalles y revelaciones que contiene el juicio contra el ex diputado nacionalista Antonio “Tony” Hernández, hermano menor del inquilino ilegal de la Casa Presidencial. Tal como lo habíamos adelantado en un artículo anterior (“Octubre incierto”), buena parte de la población se mantiene como en un estado de hipnosis colectiva frente a la pantalla de sus televisores o escucha la radio con pasión desmedida, esperando cada día nuevas noticias sobre el famoso juicio, confiados en que se revelarán escandalosos secretos e interioridades de los personajes clave envueltos en esta trama de crimen, trasiego de drogas y sobornos políticos.

Parece que fuera una telenovela de narcotráfico y corrupción, pero no lo es. Se trata, en realidad, de una lenta y dolorosa radiografía del país que tenemos y de la mal llamada clase política que lo dirige. Cada día, al escuchar o leer las declaraciones de los testigos que relatan sus andanzas de la mano de los políticos locales, los hondureños decentes no tenemos más alternativa que sentir vergüenza, pena por el país, sonrojo y asco.

Es hora, también, de sentir la parte de culpa que nos corresponde a todos por haber permitido que una pandilla de cretinos, traficantes de drogas, políticos de oficio y asesinos a sueldo se apoderaran del país, controlando eslabones clave del Estado y sometiendo a su servidumbre criminal las instituciones gubernamentales. Todos, en alguna medida, unos más y otros menos, hemos permitido la ignominia. Los niveles de tolerancia social han sido el caldo de cultivo apropiado para que estos gamberros hicieran y deshicieran lo que quisieron con las estructuras del Estado.

Mediante el uso del dinero sucio, producto de la compra y venta de drogas, los narcotraficantes, en asqueroso contubernio con dirigentes políticos de toda laya y color, fueron poco a poco copando los eslabones vitales del gobierno, deformando la naturaleza republicana de la patria. No hay ni puede haber república ahí en donde se produce la concentración desmedida del poder, el abuso de un presidencialismo con tufillo a monarquía, el autoritarismo desmedido y el irrespeto a la división de los poderes del Estado. Para superar esta lamentable situación, Honduras debe volver a ser república.

El juicio que se está llevando a cabo en Nueva York debe servir como un aldabonazo en la adormilada conciencia de la ciudadanía. Las interioridades y entresijos que ahí se ventilan y revelan, son bofetadas en el rostro de la sociedad entera. Nos recuerdan, con insufrible constancia, cuán profundo es el abismo de ignominia y podredumbre en que han caído muchos dirigentes y activistas políticos, otras tantas autoridades civiles y militares, operadores de justicia y comunicadores sociales. Todos, en amalgama maloliente, han sido actores directos o cómplices solícitos del crimen organizado y sus múltiples ramificaciones.

El juicio contra el señor Hernández, al margen de su desenlace final, debe servir como si fuera un espejo retorcido en donde vemos a diario  la imagen ensombrecida de la patria. Ahí está, con sus arrugas y verrugas, el lamentable rostro del país que un día fue república y que, por obra y gracia de la corrupción política, hoy ha quedado convertido ante los ojos del mundo en la versión tropical y centroamericana de un Estado tan fallido como desprestigiado. Triste destino para una nación que merece mejor suerte y mayor respeto.

Pero no todo está perdido. Soy un ciudadano convencido de la fuerza que anidan las energías ocultas de la ciudadanía, ese furor subterráneo que un buen día, como si fuera el viejo topo de la historia, irrumpirá en la superficie para descalabrar las viejas estructuras. Cuando ese momento llegue, debemos estar listos para emprender la tarea de volver a darle a Honduras los atributos virtuosos de una verdadera república.

No puedo menos que recordar el final de un bello soneto dedicado a Honduras por el poeta Pompeyo del Valle: “Pero otra Honduras de potente aurora/ decidida, total y vengadora/ alza la frente perseguida y bella/ porque una tropa juvenil se agita/ bajo su cielo y en su voz gravita/ el porvenir fundado en una estrella”.

 

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