jueves, diciembre 3, 2020
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La izquierda suicida

(Por Víctor Meza) Siempre fue así. La vocación hegemónica, el afán divisionista, la obsesión por las facciones y el fraccionamiento, la ansiedad por el control, y la convicción irracional de tener siempre en el bolsillo la eterna e inmutable verdad histórica, han sido variables políticas constantes en el comportamiento de la izquierda como fuerza política o como movimiento social. Las razones que explican este comportamiento están en su propia historia, no solo en la del movimiento comunista sino también en la de la social democracia. Es un fenómeno que surge en la historia y se conforma y consolida en la cultura. Es socio-cultural, además de histórico y político.

Lo que vemos actualmente en el partido Libertad y Refundación, el principal y casi único emblema referente de la izquierda políticamente organizada, es muy revelador. LIBRE, más que un partido ideológicamente cohesionado y sometido a una disciplina tan orgánica como rigurosa y funcional, es realmente una coalición, una suma desordenada de facciones con ideas y propuestas propias, sin coherencia ideológica pero con un denominador común: el rechazo consciente y militante al golpe de Estado de junio del 2009. Y algo más: la aceptación mayoritaria del liderazgo personal de Manuel Zelaya, visto más como víctima de la conspiración golpista que como conductor de masas en la resistencia antigolpista.

Y ahí está una de las claves para entender su situación actual: Zelaya ha sido el líder único, pero ya no lo es. Ahora es el conductor más aceptado, el dirigente capaz de enfrentar con posibilidades de éxito al gobernante continuista, pero, eso sí, previa revisión crítica de las reglas del juego electoral y la adopción de reformas que permitan a los contendientes un juego limpio y equitativo. Zelaya lo sabe y lo entiende, pero su partido vacila y se confunde. La raíz está en la composición “ideológica” de LIBRE, una mezcla candorosa de liberalismo “melista”, izquierda tradicional y sindicalismo obsoleto. Cada grupo, cada sector, cada facción aporta su propia “cultura” política al “debate” y, en conclusión, genera un verdadero caos doctrinario, algo así como una sopa de letras ideológica en donde algunos representan intereses sectoriales, y otros, atrevidos, no son más que una simple expresión de siglas sin sentido. Eso es actualmente LIBRE.

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Zelaya ha sido el líder único, pero ya no lo es. Ahora es el conductor más aceptado, el dirigente capaz de enfrentar con posibilidades de éxito al gobernante continuista, pero, eso sí, previa revisión crítica de las reglas del juego electoral y la adopción de reformas que permitan a los contendientes un juego limpio y equitativo. Zelaya lo sabe y lo entiende, pero su partido vacila y se confunde.

Pero no hay razón para creer que esta coalición es mala y defectuosa. Tiene virtudes y defectos. Hay que potenciar las primeras y reducir el impacto de las segundas. Convertir el pluralismo político en una ventaja democrática, gestionar la dispersión y el fraccionamiento para trocarlos en un esfuerzo conjunto de cohesión y unidad partidaria. Generar energía política desde la dispersión faccional, producir fuerza partidaria desde el esfuerzo sectorial. Eso requiere un liderazgo hábil e inteligente, flexible y plural, en una palabra, un liderazgo democrático.

Los liderazgos democráticos son la antípoda de los cacicazgos izquierdistas. La libertad de las ideas no coincide con la rigurosidad del pensamiento único. Se requiere una flexibilidad creativa, una habilidad casi gelatinosa, para articular consensos, acuerdos básicos, coincidencias mínimas, a fin de dar coherencia, un punto de partida común, un hilo rojo conductor, a las ideas de renovación estatal y condena al proyecto de reelección presidencial, forma vergonzante del continuismo personal.

¿Está la izquierda local en capacidad de armar y conducir un proyecto político semejante? Sinceramente, lo dudo, aunque no lo descarto. La opción principal de LIBRE está en alejarse prudentemente de la izquierda dogmática, sin acercarse a la derecha neoliberal. Moverse en un centro democrático, tan fluido como ágil, que permita interpretar y utilizar los vaivenes de la coyuntura política con la misma habilidad y talento que permitieron crear un maravilloso movimiento de protesta en los meses inmediatos al fatídico golpe de Estado del 28 de junio del año 2009. Se trata de reactivar positivamente aquellas energías para dirigirlas, en condición de ariete, hacia el muro casi impenetrable de la testarudez oficial y de la vocación continuista. Esa es la prioridad política y no el desgaste cotidiano en insultos, calumnias y descalificaciones vulgares. La izquierda debe abandonar su vocación suicida y recuperar su capacidad de vida, es decir de alianzas y energías combinadas con los demás. La izquierda, liberal, sindical o comunista, debe volver a ser fiel a sus orígenes, es decir al pluralismo, al debate libre, a la competencia de ideas, a la proliferación de propuestas, pero, eso sí, en el marco de una estrategia unitaria de acción. En eso reside su posibilidad de sobrevivencia histórica.

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