La mentira

(Por Víctor Meza) Suele tener piernas cortas, dicen los que saben de tales menesteres. Sin importar el dudoso beneficio inmediato que pueda generar, a la larga, generalmente más temprano que tarde, la mentira queda al descubierto y el mentiroso en un aprieto. Con frecuencia, una mentira conduce a otra, generando una infinita cadena de falsedades que nunca llega a buen puerto.

Aunque algunos, como el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, estaban convencidos que una mentira, si es repetida mil veces, acaba convirtiéndose en verdad. Dudosa verdad, sin duda. La historia trágica del propio Goebbels y el desastroso final del régimen hitleriano así lo demostraron.

La sabiduría popular, siempre más profunda y certera de lo que muchos creemos, acierta muy bien cuando sentencia: en boca del mentiroso, la verdad se hace dudosa… La mentira genera desconfianza e incredulidad a posteriori. El mentiroso, pillado en su patraña, queda desnudo en la plaza, a la vista de todos y en medio de la desconfianza general.

Algo así es lo que le sucede a los voceros de la propaganda oficial. De tanto repetir las mentiras edulcoradas del régimen, acaban convirtiéndose en lamentables mitómanos. Tan lamentables, que algunos hasta llegan a creer en sus propias mentiras. Son patéticos, como lo ha podido comprobar la población al ver el torpe y descarado manoseo que han hecho del fenómeno de la emigración masiva que ha ocupado la atención pública, nacional y extranjera, en los últimos días. Enredado en sus propias mentiras, el gobierno ha quedado atrapado en una trampa destinada para otros. Cazador cazado.

La burda manipulación de las cifras y la descarada utilización de activistas para simular retornos masivos, tan imposibles como ilusorios, han puesto al régimen en un merecido aprieto. La caravana inicial, compuesta al principio por unos cuantos centenares de compatriotas, se ha convertido en un verdadero alud migratorio, adoptando ribetes bíblicos de éxodo masivo.

La ola migratoria, la “amenaza de reconquista que viene desde el sur”, vaticinada casi con pánico en la obra del profesor de la Universidad de Harvard University, Samuel Huntington, en su conocido libro “El choque de civilizaciones”, parece ir en aumento. Las fronteras se vuelven porosas para permitir el paso de los nuevos peregrinos de la globalización distorsionada. Los límites geográficos parecen ser de gelatina y los puntos de control cada vez controlan menos.

Y ante una avalancha semejante, ¿qué pueden hacer las mentiras oficiales para negar una realidad tan evidente? Nada, no pueden hacer nada, como no sea agregar una cuota de cinismo a la tragedia humana. El sainete y el drama. Empeñados en falsear los hechos, los voceros gubernamentales se contradicen entre sí y, sin quererlo, se desmienten unos a otros; ni siquiera dan la impresión de haberse puesto de acuerdo para concertar cifras equivalentes, parecidas y creíbles.

A la confusión de los números, hay que sumar ahora la confusión de las argucias utilizadas para explicar supuestamente las causas del fenómeno migratorio. Mientras unos dicen que es la obra diabólica de unos cuantos agitadores de oficio criollos, otros aseguran, sin que se les contraiga un tan solo músculo facial, que el éxodo es el resultado de una conspiración foránea organizada por Venezuela… ¡ Válgame Dios!

¿A quien creen que van a convencer con semejantes patrañas? Es que acaso sus facultades de imaginación y creatividad son tan minúsculas o acaso inexistentes? ¿Creen que la comunidad internacional, especialmente la que coopera con Honduras y cuenta con sobrados representantes en el país, aceptará como válidas y ciertas semejantes explicaciones? Por supuesto que no, no creo que sean tan ingenuos.  Si el Estado hondureño ya ha sido considerado en informes internacionales como uno degradado e institucionalmente disminuido, hay razones para pensar que ahora lo perciben como uno a punto de volverse fallido.

Entre otras consideraciones, un Estado es considerado fallido cuando empieza a convertirse en una amenaza involuntaria para la seguridad regional e internacional, cuando disminuye su capacidad de positivo control sobre la población y se vuelve incapaz de proporcionar los mínimos servicios básicos que la gente necesita. Un Estado fracasa cuando no puede procesar de manera democrática la conflictividad político-electoral, económica y social, cuando carece de la gobernabilidad necesaria para asegurar una gestión normal y democrática en su territorio.

Ya es hora de preguntarnos si seguimos siendo solo un Estado degradado o si estamos a punto de convertirnos en uno de carácter fallido… Respondamos a este interrogante y, al hacerlo, evitemos la mentira porque, como se dijo al inicio, ésta tiene piernas cortas, muy cortas…

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