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Las entrelíneas de la historia

(Por  Víctor Meza) Un fin de semana reciente, aprovechando la tranquilidad de Valle de Ángeles y haciendo a un lado los excelentes libros que acabo de encontrar en España, dediqué mi tiempo a leer, con minuciosa curiosidad, el libro que ha publicado el general retirado Romeo Vásquez bajo el sugestivo título de ‘Ambiciones peligrosas. Las tentaciones del poder’.

En ese libro, el autor se esfuerza, o se esfuerzan sus asistentes ‘negros’ (así llaman en España a las personas que escriben en el nombre de otros), por transmitir una visión un tanto edulcorada y lastimera de lo que realmente pasó el 28 de junio del año 2009, fecha en la que el entonces general activo, hoy devenido en político minúsculo (‘líder máximo de un partido mínimo’), decidió, al amparo y respaldo de políticos y jueces tan tradicionales como corruptos, dar el zarpazo definitivo y romper de manera grotesca y abrupta el orden constitucional de la débil y vacilante democracia hondureña.

Leí el libro tratando de ser lo más objetivo posible en la valoración de cada página y de su respectivo contenido. Tengo muchas cosas que decir al respecto, en tanto que actor, voluntario o involuntario, de esa tragedia, tanto en sus antecedentes como en su desarrollo y consecuencias. Lamentablemente, no tengo el espacio suficiente en esta columna para decir todo lo que pienso y exponer las conclusiones que he sacado de la lectura. Ya habrá otro tiempo y espacio para ello.

Pero hay algo, especialmente sensible, que me llamó la atención y despertó mi afán crítico. Se trata de lo siguiente: las ‘confesiones’ del antiguo general golpista, exjefe de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, adolecen de demasiadas fallas de precisión y exactitud que, en el fondo y sin quererlo, ponen en duda la supuesta eficacia y veracidad de los informes de inteligencia que le proporcionaban sus agentes.

Para el caso, eso de que el expresidente Porfirio Lobo estudió en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, en la antigua Unión Soviética, es una verdadera falacia, una falsedad del tamaño de una montaña. Yo, que estudié cinco años en esa Universidad, puedo afirmar rotundamente que don Pepe no estudió en sus aulas. No se puede mentir o divulgar información falsa y, además, esperar que nadie te contradiga. No se puede, general. Si sus servicios de inteligencia afirmaban esa mentira, y otras más reflejadas en el texto de su libro, habría que poner en duda la eficiencia o lealtad de tales servicios.

¿No lo cree? Pero hay algo más importante, al margen de la veracidad de los informes de ‘inteligencia’. En las páginas del libro, el lector acucioso descubrirá, además de un reiterado y, a veces, malogrado intento de hacer valer el mea culpa del golpista, una realidad incómoda: el constante ejercicio del espionaje político, la dedicación casi exclusiva de los servicios de inteligencia militar a vigilar a los dirigentes políticos, a los activistas sociales y a todas las personas que, por una razón u otra, tienen algún protagonismo en la vida nacional.

Eso, que en el libro se convierte en una confesión involuntaria, es más serio y peligroso de lo que nuestra mal llamada ‘clase política’ imagina. La inteligencia militar no está para vigilar a los políticos. Tampoco lo debe hacer la inteligencia policial. Por eso mismo, la llamada ‘inteligencia estratégica’ la deben diseñar y manejar los líderes políticos y no los militares ni los policías.

Los criterios básicos para diseñar un sistema de inteligencia moderno deben ser los intereses y objetivos nacionales, los que ya están señalados en la Constitución de la República y, por si no lo saben, en el Libro Blanco de la Política de Defensa Nacional publicado a finales del año 2005 y que, dicho sea de paso, ha sido virtualmente escondido en las bodegas oficiales para que no sea del conocimiento público. De esa manera, el libro del General retirado adquiere un valor testimonial muy útil, no tanto por lo que dice sino por lo que calla. Son las ironías de la historia y las malas jugadas de la lingüística.

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