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Liberales o frailes

(Por Víctor Meza*) Un viejo dicho español asegura que hay liberales que lo son en la calle, pero que, en la casa, sacan a flote la sangre del fraile que llevan por dentro. “Liberales en la calle, sangre de fraile en la casa”, dice la sabiduría ibérica, en alusión ingeniosa para calificar a aquellos “liberales” que, en realidad, no lo son. Disfrazados con el manto de un liberalismo tan superficial como falso, son en verdad beatos de parroquia provinciana que agotan su tiempo dominical en ceremonias y ritos de corte puramente celestial. Beatos de corbata roja y de cirio en la mano…

El liberalismo, el verdadero, el filosófico, tiene profundas raíces en el llamado siglo de las luces, aquella época del pensamiento humano en donde florecieron tantos y diversos valores y conceptos que hoy dan fuerza y sustento a los principios de la democracia liberal. Esas son las raíces, el origen y el punto de partida del pensamiento libre y democrático. El libre pensamiento, el laicismo, la libertad en todos los sentidos…

Los liberales, los que lo son de verdad, deben saber esto o, al menos, intuirlo. La inconclusa reforma liberal de finales del siglo XIX, con Ramón Rosa, un verdadero ideólogo, y Marco Aurelio Soto, un operador político experimentado, sentó las bases de un proceso democratizador y modernizante en aquella Honduras, casi primitiva y primaria, sobreviviente golpeada de la fracasada reforma morazanista de apenas tres décadas atrás. El carácter inconcluso de esa reforma, como tantas otras en nuestra atormentada historia, produjo, en cierta forma, un liberalismo deforme, intelectualmente limitado y doctrinariamente reducido.

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Ese fue el liberalismo local, doctrina atropellada, inconclusa en sus formulaciones, modesta en sus estrategias, ideológicamente castrada. Los liberales de entonces, con las ya conocidas excepciones, eran pensadores menores, de escasa visión, limitados al acomodo y oportunismo de las ventajas que ofrecía a sus sirvientes políticos la economía de enclave, minero al principio y bananero después. Así fueron las cosas, por desgracia y por destino.

 

 

Se me ocurren estas reflexiones (irreflexibles, a lo mejor, e incómodas lo más seguro) ahora que el Partido Liberal, otrora un partido fuerte y beligerante (decía, con petulancia provinciana, ser el más grande de Centroamérica), está, lamentablemente, convertido en una masa dispersa de ambiciones y aspiraciones, tan pequeñas y ridículas algunas, como patéticas y lamentables las otras. Un partido fuerte que devino, por la fuerza de la historia y la culpa de sus falsos dirigentes, en facción menor dentro del escenario político local. De primera, o segunda fuerza, pasó a ser la tercera agrupación política. De fuente y razón del equilibrio opositor, pasó a ser instrumento y valor cambiario del partido de gobierno. Triste evolución al revés la de un partido que merecía mejor suerte…

Y ¿quiénes son los culpables de esa involución política, quiénes diseñaron la “estrategia” de la derrota, quiénes son los estrategas del fracaso?  Parece mentira, pero son los mismos que ahora pretenden diseñar el plan de la victoria. ¡Vaya contradicción, tan lamentable como patética!

Los fracasados de ayer, quieren ser los victoriosos de hoy. Los estrategas de la derrota,  ahora quieren mostrarse, reciclados y pulidos, como si fueran los portadores de la salvación partidaria.

La proliferación de aspirantes a la nominación presidencial en el Partido Liberal, de cara a las elecciones generales de noviembre de 2017, no es más que la constatación, triste y lamentable por cierto, de la inexistencia de un liderazgo real y consolidado en el seno del partido. Hay muchos lidercillos porque no hay un verdadero líder. Abundan las “propuestas” individuales, porque no hay una “concepción colectiva”, de partido, de organización, de voluntad doctrinaria y coherente. Los liberales, dispersos y errabundos, son votos dispuestos a la cacería ajena, son materia prima para otras opciones. No encuentran asidero lógico dentro de sus propias filas, son liberales errantes en el escenario político local. Son masa de maniobra, conglomerado ideal para que los manipuladores de siempre, los autollamados “operadores políticos”, genios provincianos de la “estrategia”, manipuladores al servicio de embajadas extranjeras, los utilicen y usen como si fueran simples piezas de recambio o peones de un damero primitivo con presuntuosas pretensiones de ser tablero de ajedrez.

* Pensador político, exsecretario de Gobernación y director del Centro de Documentación de Honduras (Cedoh).

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