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Los abusos del poder

(Por Víctor Meza) El poder, esa droga alucinante, cuando es ejercido de manera absoluta y casi omnipotente, deriva siempre, de manera inevitable, en la práctica del abuso y la arbitrariedad. Está en su esencia, en su contenido y en su forma. La tendencia a ignorar los derechos de los demás y privilegiar el atropello y la grosería, se convierten con facilidad en práctica habitual y consentida. El mandamás que ejerce el poder sin los controles debidos ni la contención necesaria, desemboca irremediablemente en el autoritarismo intolerante y en la conducta dictatorial. No tiene alternativa.

Es como el tuerto en el país de los ciegos, que no tiene más opción que la de ser un verdadero canalla y no el Rey que proclama la mal llamada ‘sabiduría’ popular. El mandamás omnipotente no tolera reglas ni respeta jerarquías. El radio de acción de sus influencias está en permanente proceso de expansión y cada vez abarca más y más espacios y jurisdicciones. La alabada balanza de poderes se altera por el peso excesivo y absorbente del platillo presidencial. El equilibrio de funciones o la complementariedad de las instituciones quedan relegados a un segundo plano, ahí en donde no obstaculicen ni incomoden la voluntad absoluta del tirano.

El régimen de derecho sufre las distorsiones que requiere el presidencialismo expansivo. La institucionalidad entera, ya de por si débil, contaminada y siempre vulnerable, acaba cediendo ante la presión autoritaria y, al final, fracasa y sucumbe. Se evapora lentamente, se esfuma y deja los espacios libres para que crezca, se afiance y consolide la voluntad unilateral y despótica del gobernante. Es el momento en que el Estado se degrada a sí mismo y desciende lenta y peligrosamente hacia la condición de fallido.

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Hago estas reflexiones viendo lo que le sucede actualmente al Partido Anticorrupción (PAC). La grosera intromisión en sus asuntos orgánicos y la descarada manipulación de una real o supuesta disidencia interna, para debilitar al partido y, eventualmente, reducirlo a la impotencia política y electoral, causan y deben causar rechazo y repudio por parte de la ciudadanía decente de nuestro país.

No es posible que se sigan afianzando, como en un reciclaje siniestro, las antiguas prácticas de la política tradicional, tan repugnantes como indeseables. Esa tendencia a controlar la oposición por la vía de la intromisión abusiva en sus estructuras y asuntos internos, patrocinando, con dinero público, la existencia de falsas corrientes o supuestos movimientos de disidencia y rebeldía, es un abierto y manifiesto abuso del poder gubernamental para fraccionar la oposición y neutralizar a sus críticos.

En qué cabeza cabe que una sola persona, sin más liderazgo que el concedido por sus compinches más cercanos, es capaz de crear una decena de ‘movimientos’ políticos para inscribirlos ‘legalmente’ y ponerlos a competir en elecciones internas del partido. Hay que ser un cínico de primera línea o un perfecto idiota para creer ese cuento y no advertir la presencia de una mano oficial que mueve los hilos, financia las actividades y empuja a los ‘contendientes’. Cómo es posible que los organismos encargados de gestionar el proceso electoral se presten a escenificar esta farsa y pretendan, en un evidente y repugnante abuso de autoridad, legalizar y legitimar semejante arbitrariedad.

Claro, reconozco que a veces los liderazgos poco democráticos y excesivamente personalistas al interior de la oposición, facilitan el trabajo del adversario y generan condiciones que el poder oficial aprovecha con prontitud y abundante regocijo. Pero no deben ser excusa para justificar la intromisión ajena, aunque tampoco pueden ser justificables ni tolerables. La mejor forma de proteger la autonomía interna del partido es volviéndolo cada vez más democrático e incluyente, más moderno, más partido y menos club, en definitiva.  Los errores de la democracia, ya se sabe, se corrigen con más democracia.

No se corrigen con autoritarismo intolerante ni con intromisiones indecentes. Lo que le sucede al PAC debe ser una lección para los demás partidos o grupos de la oposición. Entre menos democráticos sean en su funcionamiento interno, más vulnerables serán ante los abusos del poder omnipotente y delirante. Y al revés: a mayor participación democrática, con libertad de ideas y tolerancia en los debates, mayor será su coraza doctrinaria y menores serán las posibilidades del oficialismo de entrometerse y dividirlos. La democracia interna es la mejor garantía de su independencia externa. Es simple, pero es así.

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