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Los cuatro jinetes de la impunidad en Honduras

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La Biblia habla del fin de los tiempos representados en cuatro personajes que traerán guerra, hambre, muerte y victorias, más conocidos como “los cuatro jinetes del apocalipsis”.

Hablan varios pasajes sobre la misión que tendrán cada uno de los personajes –ya sean verdaderos o mitológicos– en los “tiempos venideros”; no tendrán contemplaciones contra aquellos que desobedezcan la autoridad divina e infligirán los peores castigos.

Las guerras y violencia, el hambre y la enfermedad serán los peores azotes que padecerá la humanidad, según la profecía escrita aproximadamente unos mil 900 años después de la ejecución de Jesús en la cruz a manos del imperio romano.

Sólo un jinete será el vencedor, según el texto milenario, pero el costo será muy alto, demasiado alto.

En Honduras –guardando las distancias y respetando las creencias de todos los lectores y seguidores de ConfidencialHN–, hay cuatro jinetes que han profundizado el drama humano y se blindan para seguir por más tiempo en el gobierno para perpetuar la impunidad: el presidente Juan Orlando Hernández; el titular del Parlamento, Mauricio Oliva; el fiscal general Óscar Chinchilla y el fiscal adjunto Rigoberto Cuéllar.

Ninguno de esos jinetes tiene marcado el símbolo de la victoria del bien sobre el mal.

Hernández ha traído más neoliberalismo, pobreza y crimen; Oliva la soberbia, codicia y la intolerancia a la mínima crítica y los fiscales Chinchilla y Cuéllar representan la pesada lápida de la impunidad que padecen más de 8.5 millones de hondureños.

En el caso de Chinchilla, conocido por su buen carácter y sano juicio, es meramente un pusilánime del verdadero poder que encarna el primer jinete, reconocido por su verticalismo y sed irracional de venganza, quien no admite el mínimo error ni la sutil “múrmura”.

Los cuatro coincidieron en la inauguración de la sede del Ministerio Público en San Pedro Sula, norte de Honduras, para entregar el moderno edificio que se construyó con un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y fondos de la cuestionada Tasa de Seguridad.

“Estamos contentos como país, como sociedad, porque hoy se entrega este edificio del Ministerio Público con fondos de un préstamo y de la Tasa de Seguridad”, decía el presidente mientras gesticulaba e inflaba el pecho, a fin de acreditarse la construcción de la moderna obra que inició hace unos ocho años.

A la mesa estaba Cuéllar, con una mirada evasiva, tratando de pasar desapercibido del cuestionamiento de su actuar como número dos del organismo acusador del Estado. El polémico Mauricio Oliva de brazos cruzados y mirando minuciosamente a la concurrencia; su postura sugiere cierto nivel de cinismo y abulia a cualquier señalamiento en su contra, casi en una posición de ataque a cualquier comentario “malsonante”.

El líder incuestionable del orlandismo muestra firmeza y predisposición en su mirada y junta las dos manos, denotando ser una persona segura y listo para cualquier ataque; a la vez, su forma de ver sugiere que su palabra es la única, la última y la válida.

En tanto, el fiscal Óscar Chinchilla procura mantener la serenidad, aun sabiendo que seguir respaldando incondicionalmente al presidente y adláteres señalados por presunta corrupción y narcoactividad podrían costarle el puesto y la libertad, si es que esa ola que recorre Centroamérica que ha mandado a la cárcel a presidentes y altos funcionarios llega de golpe a Honduras.

El jefe de Estado tiene fuertes señalamientos en su contra, entre ellos, de saber de antemano el megafraude contra el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS) y de haber admitido que una parte de los recursos desfalcados fueron a parar a su campaña que lo llevó a convertirse en inquilino temporal de palacio José Cecilio del Valle.

Mauricio Oliva, por su parte, está vinculado a la corrupta trama, pues era el presidente de la comisión de Salud del Parlamento cuando se autorizó el fabuloso contrato para la empresa Dimesa, propiedad de Schucri Kafie quien fue apresado en su momento por la justicia hondureña.

El presidente del Parlamento era en ese tiempo (2010-2014) Juan Orlando Hernández.

En tanto, sobre Cuéllar pesan varias acusaciones relacionadas al descarado robo a las finanzas del IHSS y otras de presunta corrupción. En conversaciones interceptadas en 2015 por la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC), sostiene una plática con el ex subsecretario de Recursos Naturales, Roberto Darío Cardona –preso por autorizar la represa Agua Zarca– de “querer poner la lápida” al periodista David Romero y celebrarlo con Ron Zacapa.

Chinchilla, quien juró el 1 de septiembre de 2013 que haría cumplir la Constitución y las leyes, no ha podido cumplir su mandato y le quedan menos de dos años para dar golpe de timón y tomar acciones enérgicas contra la corrupción e impunidad, como lo han hecho sus colegas de Guatemala y El Salvador, Thelma Aldana y Douglas Meléndez, que han dado fuertes golpes a las mafias enquistadas en el Estado.

Los hondureños deberán soportar, al menos hasta el 27 de enero de 2018, si es que no hay reelección, los jinetes apocalípticos que han profundizado la crisis económica, política y social en una de las regiones más mortíferas del mundo: el Triángulo Norte de Centroamérica.

 

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