Saturday, Aug 24, 2019
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Los repatriados

(Por Víctor Meza) Así, de una manera genérica y global, hablamos de “repatriados” para referirnos a los miles de compatriotas que son retornados, a veces en forma voluntaria, aunque generalmente forzosa, al territorio nacional, una vez que han fracasado en su aventura migratoria, buscando mejores oportunidades de vida para ellos y los suyos.

Son los compatriotas que regresan a la patria que los recibe, pero no los acoge, la tierra que les resulta familiar, pero que saben ajena. Son los retornados, los que regresan. Sobre sus hombros traen una carga de frustración e impotencia, una incómoda sensación de fracaso, el ácido sabor de la derrota. Muchos de ellos solo piensan en volver a intentarlo, regresar de nuevo por la peligrosa ruta migratoria para probar suerte otra vez, intentarlo por segunda, tercera o cuarta ocasión, hasta que la suerte les acompañe y puedan lograr su objetivo principal e inmediato: entrar al territorio de los Estados Unidos.

En las dos últimas décadas del siglo pasado, cuando empezaban a florecer los estudios académicos sobre el fenómeno de la migración regional, era muy común centrar el énfasis en los migrantes nacionales que se iban y, un poco menos, en los migrantes extranjeros que pasaban por nuestros territorios. Casi nadie pensaba o se acordaba de los migrantes que regresaban, los que ahora llamamos “repatriados”.

Ellos estaban ausentes, invisibles, como si no existieran, como si fueran una masa gelatinosa de fantasmas que llegaban a los puntos aduaneros terrestres para luego esfumarse, retornando a sus comunidades de origen o refugiándose en el peligroso e incierto mundo de la marginalidad urbana. En la medida que los flujos migratorios aumentaban, al mismo ritmo que se intensificaba la convulsión política y militar en la región centroamericana, se incrementaba también el número de los repatriados y, por lo mismo, cada vez era más evidente su silenciosa presencia y la urgencia social de convertirlos también en actores claves del drama migratorio.

De esa forma, los repatriados pasaron a convertirse en migrantes retornados, en actores vitales en el escenario de la creciente migración regional hacia el norte. Hoy nadie puede ni debe ignorarlos. Cada día son centenares los compatriotas que llegan a los aeropuertos de San Pedro Sula y Tegucigalpa en calidad de repatriados. Al final del año suman miles, sin olvidar que otros tantos, los que llegan por tierra, no son registrados en las bases de datos con el rigor y profesionalismo que requiere la estadística confiable. Entre más suman los que se van a diario, mayor es el número de los que regresan con el fracaso a cuestas.

Algunos vuelven a sus aldeas y caseríos, a los municipios rurales de donde la mayoría ha salido. Retornan con cierta pena, temerosos de sufrir la burla o el reclamo de los que no se han ido, contentos o apenados al volver a ver a sus seres queridos. Son la imagen del fracaso momentáneo, la estampa del desencanto y la frustración. A pesar de la dimensión del fenómeno, el país carece de una política migratoria adecuada. A lo sumo existen algunos documentos oficiales que se limitan a desaconsejar la migración o a informar sobre los riesgos de la travesía.

Ha habido políticos que, entre sus promesas de gobierno, ofrecían la enseñanza del inglés a los migrantes para que pudieran encontrar mejor y más fácil empleo en tierras norteamericanas. Las élites políticas y empresariales han visto la migración como si fuera una solución y no un problema, una vía de escape de la presión social y una fuente segura de divisas a montones.

Las estadísticas oficiales, siempre ansiosas por maquillar los hechos, celebran una supuesta reducción de la pobreza, sin saber que son los pobres los que se reducen cada vez que se marchan al extranjero. No hay menos pobreza, pero sí hay menos pobres, reconvertidos de pronto en emigrantes.

De alguna manera, la historia de los emigrantes fracasados, reciclados como repatriados involuntarios, reproduce con matices siniestros la historia de la nación entera, una cadena de sueños inconclusos, de reformas a medias, de titánicas empresas nunca terminadas, una espiral invertida de tropiezos y frustraciones. “Es un pino errabundo el emigrado”, escribió una vez el poeta Jacobo Cárcamo mientras sufría en México el desarraigo doloroso del emigrante.

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