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“¡Mátenla! ¡Mátenla!”

(Por Edmundo Orellana) Así gritaba un hombre que presenciaba cuando las autoridades sanitarias del país asistían, sin seguir protocolo alguno, a una persona supuestamente enferma de coronavirus a su ingreso al país por el aeropuerto de Toncontín, que resultó estar sana. Mientras el energúmeno gritaba, el mundo lo escuchaba por la TV, cuyas cámaras captaban la truculenta escena.

En este hecho se detectan dos cuestiones. La ignorancia de nuestras autoridades sanitarias en el manejo de estos casos, es una; lo que no debe sorprendernos porque es de público conocimiento es que contamos con el sistema de salud más deficiente de nuestra historia, el más saqueado y, por ello, el más caduco. La otra, es el nivel de desprecio por la dignidad y la vida de los demás, al que hemos llegado.

Presenciar por TV cómo era consumido por las llamas el cadáver de un sicario capturado in fraganti, luego de que asesinara a un motorista de un bus del servicio de transporte urbano y a quien la turba le había quitado la vida, es un cuadro que nos impone respuestas ante preguntas tan lacerantes como la siguiente: ¿nos hemos deshumanizado?

Los problemas que abruman al hondureño son tantos como nunca en su historia. No solo eso. Se ha perdido la esperanza de resolverlos, por eso no nos sorprenden las nutridas caravanas que salen de nuestro país, a sabiendas de que no podrán llegar a cumplir su sueño, por las restricciones impuestas por Trump, por las que los gobiernos guatemalteco y mexicano se han convertido en verdugos de los emigrantes hondureños.

Los barrios de las ciudades están tomados por las maras; ya se cuentan en miles las familias desplazadas de sus hogares en las grandes ciudades por estas organizaciones. Los negocios están sometidos a un régimen de extorsión sostenido y cruel, en el que rebelarse implica perder la vida o la de su familia. La droga sigue trasegándose como siempre, según las mismas autoridades gringas, y los laboratorios en donde la producen, cuando no viene del Sur, están ubicados en colonias residenciales; uno de los desmantelados recientemente se encontraba en la misma colonia o en una vecina a la del gobernante.

El fruto de sus actividades ilícitas circula por las arterias financieras del país, convirtiéndose en edificios, locales comerciales, apartamentos, comercios florecientes, particularmente en aquellos de contabilidad caprichosa, como en el transporte, por ejemplo.

Sobre este polvorín se mueve la sociedad hondureña, amenazada permanentemente por la violencia y el crimen, común y organizado. Nadie está seguro en su casa, no digamos en la calle. Todos estamos expuestos a ser asaltados o asesinados.

Esta agresividad se siente en el ambiente, por lo que no es extraño que un conductor mate a otro porque sonó la bocina de su auto para apurarlo a avanzar.

Y todo esto ocurre en el país cuyo régimen político y jurídico es el sueño de los corruptos. Un régimen que protege con el velo del secreto de Estado sus gastos más importantes, que convirtió la excepción en la regla aplicable en los procesos de compras del Estado, que cambia las reglas del juego cuando se le antoja, que somete al productor a humillaciones insoportables, que expulsó a la MACCIH del país, en franco desafío a la cooperación internacional, y que, para rematar, prohíbe al MP investigar a los funcionarios públicos que han malversado fondos públicos y al Poder Judicial juzgarlos, mientras el TSC no decida si el funcionario ha incurrido en delito de corrupción.

Por eso, a nadie sorprende que descubran a policías con patrimonios multimillonarios; lo que sorprende es que los pongan al descubierto. Por cierto, la población está a la espera de los veinte o veintidós requerimientos fiscales que oficialmente anunciaron en contra de policías que no pudieron justificar sus multimillonarios patrimonios.

Un régimen denunciado continuamente por la prensa porque su sistema educativo condena a una gran cantidad de niños a recibir clases a la intemperie y en condiciones de insalubridad, y que sus hospitales carecen hasta de lo elemental. Si no presenta las condiciones mínimas para ofrecer los servicios de educación, de salud y de seguridad personal y familiar, el régimen deshumaniza a su población, porque la coloca en posición de riesgo extremo y la orilla a usar recursos extremos, con consecuencias devastadoras.

Por lo expuesto, solo un ingenuo puede creer que los millones recién aprobados servirán para enfrentar esa pandemia, si ni siquiera adoptó, desde el inicio, las medidas preventivas, como lo hicieron otros países. Se acercan las elecciones y ya no está la MACCIH para evitar que ocurra lo del IHSS y SAG; de ahí, que, ante la inminencia de un contagio general inevitable, hubiera quien, presa de un miedo insuperable, expulsara ese grito terrible, salido de lo más espeso de la jungla en que vivimos. En estas condiciones, solo nos queda esperar que los estragos que cause el coronavirus no sean de proporciones apocalípticas. Por lo que invito al amable lector a que digamos con más fuerza que nunca ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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