Tuesday, Aug 20, 2019
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Mis principios son irrenunciables y me juego la vida por Dios

(Por Martha Alegría Reichmann) Había decidido mantenerme en silencio desde hace varios meses, sin escribir artículos ni conceder entrevistas hasta que haya algo nuevo sobre mi caso. Pero sucede que hace pocos días tuve una experiencia muy interesante y que deseo compartir solamente por si acaso hay otras personas que piensen igual.

Resulta que una señora, muy buena por cierto, y muy honorable, con la cual nos hemos tenido mutuo aprecio, me dijo: «Martita, le quiero pedir un favor… aquí en este lugar especial donde estamos le pido que por favor no hable mal del cardenal, yo lo conozco desde niño y es muy respetado en todo el mundo».

Le dije: «Lo lamento señora pero no le puedo prometer algo que no le voy a cumplir. Lo que hago es defenderme y denunciar cosas imposibles de aceptar y tenga la seguridad de que yo estoy con Dios y que Dios está conmigo». Ella me hizo de nuevo la petición agregando que lo hiciera por mi bien porque yo estaba «haciendo el ridículo», que ella me había tenido mucho aprecio pero que ahora no le gustaba lo que estaba haciendo y que yo estaba perdiendo el aprecio de algunas personas.

«Eso no me importa en absoluto», le dije. «Yo estoy con Dios y Dios está conmigo. Eso es lo único que me importa y usted está bastante equivocada, no tiene claras las cosas pero este no es el momento ni el lugar para que le ponga claro todo tal como es. Si quiere lo hago en otra ocasión». Se quedó callada y me despedí.

Agradezco la sinceridad de esta señora que yo sigo apreciando, pero me entristece que se encuentre tan ciega y tan perdida, que se haya quedado en el pasado, pensando que el cardenal Rodríguez sigue siendo respetado en todo el mundo. Ella es de esas personas caritativas, entregadas a la iglesia y nadie la sacará del error en que se encuentra y me parece que es ella quien hace el ridículo porque ignora que el cardenal perdió el respeto en el mundo.

Ignora que al cardenal todo se le dio vuelta al comprobársele actos de corrupción, encubrimientos de aberraciones sexuales, mentiras, maltratos a sacerdotes, injusticias, etcétera… ¿Creerá ella que todo lo que se publica en la prensa internacional es mentira? ¿Creerá ella en las pobres defensas del cardenal diciendo que son calumnias pero que nunca ha ofrecido pruebas reales de su inocencia? Como me he hecho fanática de los proverbios bíblicos, quiero mencionar este porque lo encuentro muy oportuno: Jeremias 23:16 así dice el señor de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan. Ellos os conducen hacia lo vano; os cuentan la visión de su propia fantasía, no de la boca del señor. 

El cardenal al inicio de las denuncias querelló a un periodista hondureño y perdió porque el periodista tenía las pruebas de lo que había denunciado. Ahora su único recurso es tratar de defenderse con ataques y mentiras en vez de asumir con humildad sus responsabilidades. Lo lamento señora, pero no voy a abandonar mi lucha por la verdad y la honestidad. Estoy combatiendo a favor de la verdad. No adoro ídolos de barro ni meto las manos al fuego por ningún hombre. Ya lo hice y me quemé. Mis manos están carbonizadas porque un día pensé que ese hombre era el paladín de la justicia.

Me gustaría saber si usted pensaría lo mismo del cardenal si le hubiera hecho lo que a mí me hizo. He experimentado en carne viva toda su saña y toda su maldad. Nadie me puede quitar el derecho a reaccionar. No me debo a nadie más que a Dios. Él es mi guía, mi sostén, mi luz , mi esperanza y mi salvación. Sin Dios estaría perdida en un mar de oscuridad y desesperación. Mis principios son irrenunciables y hasta me juego la vida por salvar los principios de Dios en una época en que el diablo toma ventaja hasta en lo sagrado y algunos prelados le dan cabida.

¿Qué me importa si un grupito del entorno del cardenal no me aprecia? No me importa nada, absolutamente nada. Me importa si Dios me aprecia o no me aprecia.

Me importaría y me moriría de vergüenza si estuviera acusada de actos de corrupción financiera.

Me moriría de vergüenza si mi nombre apareciera en primer lugar en google en la «lista negra de cardenales».

Me moriría de vergüenza si hubiera traicionado a la viuda de un gran amigo dándole la espalda en un problema en que yo misma la metí.

Moriría de vergüenza si por años hubiera sido respetada y de repente caigo al suelo porque todo comienza a salir a la luz.

Me sentiría avergonzada si antes hubiera sido un orgullo y ahora una vergüenza para mi país y para la iglesia.

Me sentiría avergonzada si mis mismos sacerdotes me denunciaran.

Me sentiría avergonzada si no pudiera demostrar con pruebas y con seriedad sobre las acusaciones que se me hacen.

Me sentiría avergonzada si se publicaran tantos y tantos artículos especialmente en medios internacionales denunciando mis actos.

Me moriría de vergüenza si ante las preguntas serias de periodistas de medios católicos como Edward Pentin, me tendría que quedar callada porque no tengo nada válido con qué defenderme y en vez de eso, solo se me ocurra insultar llamándolo «sicario mediático».

Me sentiría avergonzada si aparezco riendo y cantando cuando tengo a gente sufriendo, víctimas inocentes como al padre Bernardo Font.

No señora, no me siento avergonzada. ¿Por qué piensa usted que hago el ridículo? ¿Será porque soy demasiado insignificante para enfrentarme a un poderoso? Sería bueno que leyera la historia de la lucha entre David y Goliat. Mi fe es de hierro, mi voluntad es indomable y mi corazón es de Cristo. Actúo conforme las enseñanzas de Dios. Al cardenal no lo juzgo. Lo denuncio, que es diferente. Y lo denuncio porque no sólo estoy en mi derecho, sino que es mi deber. Me lo autoriza la Sagrada Biblia y me lo autoriza el canon 212.2 del Derecho Canónico.

Estoy en Paz.

 

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