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(Por Lenin Túpac Alfaro) El asesinato del embajador ruso en Turquía Andréi Kárlov el lunes de la semana anterior, a manos de su escolta Mevlüt Mert Altıntaş, policía turco de fuerzas especiales antidisturbios y de apenas 22 años, en la inauguración de una exposición de fotografía en Ankara, capital turca, ha desatado en el mundo una ola de preocupación y de teorías de conspiración; que por la gravedad del caso y por el escenario en el que se da tal crimen, bien vale la pena referirse al tema.

“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”: René Descartes.

Si bien es cierto que miles de personas mueren a diario, en la guerra sin fin promovida en todos los confines del planeta, por el interés geopolítico imperialista y de la élite económica  transnacional, no menos cierto es que esta muerte, tiene elementos sui géneris de sobra como para no ser tomada a la ligera (evitar el acercamiento entre Turquía y Rusia).

Usted, probablemente como yo y como muchos otros, esté pensando, que hay algo que no huele bien, que hay algo raro en todo esto, que no es lógico que el embajador tuviera un solo escolta y que éste no fuera del servicio de seguridad ruso, que el crimen se perpetró en vivo en directo y a todo color, como para darle oportunidad al pistolero y presunto esclavo Mk Ultra (programa de control mental de la agencia central de inteligencia de los Estados Unidos ) de pronunciar la exclamación de fe musulmán “Alá es grande”.

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Son tantos los detalles que llevan a sospechar de una operación de bandera falsa (maniobras diseñadas con el fin de parecer que fueron llevadas a cabo por el enemigo) que no hace falta ser fanático y experto en la serie de televisión CSI para encontrar en la escena del crimen, las huellas y el sello característico de la agencia de espionaje y terrorismo más grande e impune del mundo: la CIA.

Sin ser apocalíptico o conspiranoíco, un siglo atrás ocurrió un hecho similar: el asesinato en Sarajevo un 28 de junio de 1914 del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del imperio austrohúngaro, desencadenó la primera guerra mundial.

Pero para los voceros asalariados de los medios de comunicación corporativos, que hacen ver a los malos como buenos y a los buenos como malos, el caso está más que resuelto y es el castigo para Rusia y Vladímir Putin por apoyar al régimen de Bashar al Asad en Siria.

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