Monday, Jul 22, 2019
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Movimiento social y solidaridad

(Por Edmundo Orellana)  Los médicos y los docentes iniciaron su lucha en respuesta al ataque del gobierno que pretende reestructurar los sectores de salud y educación – entendiendo por “reestructurar” despedir masivamente los empleados de esos sectores- y privatizar los servicios prestados por estos.

Sus reclamos también favorecen, y directamente, al pueblo, usuario de esos servicios. Irrumpen en un ambiente caldeado por el repudio popular hacia el gobernante; de ahí, que se haya convertido en una lucha del pueblo, que no ha dudado en tomarse calles, carreteras e instalaciones públicas, en todo el país.

No rehúyen dialogar, pero condicionan su asistencia al diálogo gubernamental, porque saben que es estrategia del gobierno, ampliamente conocida, utilizar ese recurso para ganar tiempo, desmovilizar la protesta y siempre salirse con la suya.

No se trata de un movimiento insurreccional, pero podría llegar a serlo si el gobierno comete la torpeza de aplicar sanciones a los médicos y docentes que protestan y a sus respectivos colegios. No solo sería un atentado a las garantías mínimas del trabajador, sentando un precedente peligroso para los demás trabajadores, también sería un atentado a la seguridad económica de sus familias, por las que, sin duda, lucharían hasta las últimas consecuencias. Los médicos y los docentes son de los gremios más numerosos, con presencia necesaria e influyente en todas las comunidades del país, de modo que están en capacidad, de proponérselo, de movilizar esas comunidades, con las que establecen vínculos íntimos e indisolubles por su incidencia en su formación y salud personal.

Que otros gremios, aprovechando esta movilización del pueblo, se movilicen, a su vez, exigiendo sus propias demandas, es normal y hasta necesario, porque el ambiente se presta para lograr los objetivos. Sin embargo, cuando estos grupos no se integran a los ya movilizados, como es el caso de la Plataforma, en lugar de fortalecer el derecho a protestar, lo debilitan. Es cierto que el paro de estos grupos, por su peculiar condición, amenaza seriamente la estabilidad del gobierno, y, justamente por eso, logran rápidamente acuerdos. Sin embargo, lo hacen aprovechándose de un movimiento popular, como el impulsado por médicos y docentes -cuyas exigencias incluyen mejorar la calidad de los servicios de salud y educación-, con el que ni siquiera se solidarizaron.
Esa falta de solidaridad demostrada por los transportistas y policías ha provocado la repulsa popular, constituyéndose en un funesto precedente para sus próximas movilizaciones, puesto que el pueblo, seguramente, les dará la espalda por su actitud egoísta y excluyente.

El lector acucioso habrá notado que el pueblo no se hizo ilusiones con el paro de los policías, ni siquiera cuando, en más de una ocasión, vociferaban que, entre sus motivaciones, estaba el rechazo a la represión popular, porque, como en ocasiones anteriores ha ocurrido con este gremio, aceptados sus reclamos, no dudan en reprimir con más entusiasmo y contundencia. En lo que no han reparado los alzados uniformados es que, en el pasado, y todo indica que ocurrirá de nuevo, superada la emergencia comenzaron los despidos, especialmente de los dirigentes del alzamiento, que, en esta ocasión, lució, no como un movimiento reivindicatorio, sino como una vulgar extorsión.

El paro de los transportistas, obstaculizando el paso en las carreteras, fue celebrado popularmente porque contribuía a intensificar el conflicto ya planteado, pese a que el pueblo es consciente de que esos acuerdos afectan directa y dramáticamente sus bolsillos. En definitiva, los acuerdos a que lleguen policías y transportistas solo a estos favorecerán, en cambio, a los que lleguen médicos y docentes favorecerán también, y directamente, a los usuarios de los servicios de salud y educación; por eso es popular.

Esos acuerdos, arrancados por la emergencia y aprovechándose de la movilización de docentes y médicos, no tienen, recobrada la normalidad, ninguna garantía de cumplimiento, porque el gobierno, es conocido, no honra los compromisos de este tipo.

La falta de solidaridad les pasará factura, porque, contrario a lo que ocurrirá con ellos, el movimiento de los docentes y los médicos goza de apoyo popular y está muy bien organizado, imprimiendo seriedad al proceso de negociación y asegurando el cumplimiento de aquello a lo que se comprometa el gobierno.

En todo caso, el gran perdedor es el gobierno cuyo desgaste es notorio, dando la impresión de encontrarse al borde del precipicio. Un empujoncito más y cae al vacío, ¿quién se anima?

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡basta ya!?

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