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¡Oh! Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

(Lenin Tupac Alfaro) Con la reciente renuncia del jefe de la Misión contra la corrupción en Honduras (MACCIH), Juan Jiménez Mayor y varios de sus colaboradores más cercanos, muchos compatriotas empezaron a sentir lo triste y pesada que se está volviendo cada día nuestra nacionalidad. Prácticamente, los corruptos en nuestro país se han convertido en seres monstruosos que convierten en pesadillas nuestros más elevados sueños y anhelos.

Definitivamente, todo lo que podía haber salido mal en nuestro país salió mal (Ley de Murphy). Los problemas sociales que han ido crecido de manera incontrolable, por políticas desacertadas y por políticos inescrupulosos y deshonestos, en complicidad con las élites corrompidas y del crimen organizado se han vuelto insufribles y ya han hecho migrar a más de un millón de connacionales (diáspora catracha).

«El precio de desatenderse de la política es el ser gobernados por los peores hombres», Platón.

El señalamiento que hiciera hace pocas semanas atrás el presidente gringo Donald Trump, asegurando que nosotros como país no somos amigos del pueblo norteamericano y nos calificó infamemente junto a otras naciones como países shithole, pudiendo en el futuro dicho insulto convertirse en un estigma tan lamentable y desgarrador como lo fue y lo sigue siendo el calificativo de Banana Republic.

Igualmente es infame tener al menos cien años de retraso en materia de educación frente a naciones como Panamá y Costa Rica, según informes de la Unesco, el organismo de la ONU para la educación y la ciencia; es terrible ser designados como el principal país que sirve de tránsito de la droga que sale de Suramérica con destino a EE.UU. Además de lo aterrador que es aparecer en los primerísimos lugares en la lista de los países más violentos del mundo o disputar junto a Haití la medalla a la deshonra de ser los dos Estados más miserables en toda América latina.

Esa sensación que quedó en muchos ciudadanos con la ya citada renuncia del señor Jimenez Mayor, me hace recordar la frase con la cual las víctimas indefensas clamaban ayuda en el famoso programa de la televisión mexicana el Chapulin Colorado: «¡oh! Y ahora, ¿quién podrá defendernos?».

Esa peligrosa idea de que la corrupción y los corruptos no pueden ser derrotados y que mejor le pidamos algún Dios del cielo justicia divina, es precisamente lo que los delincuentes de cuello blanco quieren hacernos creer a todos los que de manera consciente nos oponemos al saqueo de nuestros recursos.

Ante las pruebas de las sinvergüenzadas de la clase política dominante y de su bien estructurada red de corrupción e impunidad, no podemos rendirnos, no podemos, dejar hacer ni dejar pasar. Tenemos la obligación moral e histórica de dar la batalla, de buscar primeramente acercamientos entre nosotros mismos como colectividad , sin importar ideologías o simpatías políticas. Asimismo tocar a la puerta de países amigos y organismos internacionales para solicitar su apoyo, pero sin comprometer nuestra soberanía nacional y así evitar convertirnos en un Estado pirata, y finalmente derrotar al régimen cleptocrático que nos quiere enterrar en el más profundo y asqueroso de los estercoleros.

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